María

 

Abraza en su regazo una pequeña cajita de música. Una bailarina vestida de princesa se incorpora al levantar la tapa. Tiene los pies juntitos y los brazos alzados en torno a la cabeza. Da vueltas sobre sí misma al compás de unas notas acristaladas, como de encuentro de copas finas, dulces pero melancólicas. Un pequeño espejo, adherido al interior de la tapa, refleja su monótono movimiento. Lleva décadas bailando sola. Ha sido condenada a bailar eternamente sola.
María lo sabe, por eso la mira con abatimiento y comprensión. La ve girar en la soledad de su cajita de música. Siempre con la misma sonrisa de resignación, con los ojos muy abiertos como si fuera la primera vez que se asoma al mundo. La muñequita es como ella; siempre esperando y siempre bailando sola en el batir de unas campanitas de vidrio.
La caja contiene un gran vacío púrpura de terciopelo lustroso que huele a océanos de desengaño. Sin embargo, a penas caben en ella más recuerdos: la imagen de aquel príncipe soñado que jamás apareció, el aroma inventado de las flores que nunca le regalaron y las notas de un hermoso vals que nunca bailó. La misma música que ahora escapa de ese cosmos de nostalgias llenando la habitación de vapor de lágrimas.
Un vestido. Sí, también hay el recuerdo de un vestido: blanco, con tirantes y vuelo. Y con unas imprecisas florecillas azules, o tal vez verdes, que una primavera, hace ya muchas primaveras, le hicieron sentir la ilusión de ser mujer. Fue un despertar que nadie percibió. Ni las amigas que nunca tuvo ni los chicos que siempre la ignoraron. Incluso para sus padres siempre fue una niña. Una niña silenciosa. Una niña que habitaba un país que los demás no veían. Una niña etérea que flotaba por encima de las cosas.
Más de medio siglo comprimido en un espacio en el que apuradamente cabe un paquete de pañuelos. Tan denso y tan cuajado, tan opresivo que sangra pájaros de alas quemadas, golondrinas ciegas. El tren de la vida no se detuvo en aquella estación; pasó veloz e indiferente. Pasó como pasan las cosas más deseadas, los momentos más esperados, siempre un instante antes de que podamos asirlos, con esa premura de atardecer de enero que deja carcajadas de bromuro en el cielo del paladar y carámbanos en los labios sorprendidos.
María se quedó a vivir en el andén, atrapada entre dos mundos; uno que se marchó sin despedirse y otro que nunca llegó. Su cara de domingo por la tarde se fue marchitando en el transcurrir de las lentas horas que marcaba el lunar reloj de su estación de los sueños. Y así pasaron días, meses, años. Años y más años. Hasta que cada fecha fue una fecha maldita y ardieron los calendarios y el tiempo se detuvo y la vida entró en suspenso y la muchacha declinó sin existir, quiescente crisálida en una especie de hibernación consciente más atroz que la decrepitud, más ultrajante que la decadencia de la insobornable vejez.
Hoy sus últimas lágrimas disuelven la nostalgia de un pasado que atropella el presente. En definitiva, todos morimos enfermos de ayeres. María lo sabe, pero vive fingiendo que lo ignora. Anoche, mientras dormía, escuchó de nuevo como su alma y su corazón discutían en el fondo de su pecho. Ya no vale la pena seguir con esto, se dice. Pero algo en su interior se rebela (maldito instinto de conservación que no me permite morir a tiempo). Una voz ya casi apagada la anima a seguir viviendo; lucha, tienes que seguir luchando. No tengo fuerzas, se queja María, ya no quiero luchar más.
Introduce de nuevo sus dedos en el fondo de la caja. Espera, tal vez, poder acariciar lo que en ella jamás hubo. Nada va a cambiar. Aquí no hay nada para mí. Nunca lo ha habido. ¿Adónde fueron mis abriles, quién me ha robado mi primer beso, mi primer baile? Qué boba he sido. Tarde comprende María su desgraciada existencia. Ya no queda tiempo para enmendar nada. No se puede nacer dos veces.
El espejo del interior de la cajita es una foto en movimiento. Yo no soy esa. ¿Por qué me mira? Parece tan triste y cansada. La niña que antes reflejaba ese espejo ya está muerta. Se marchitó en el devenir de un otoño eterno, en la cornucopia de un suceder de días grises que eran unos la repetición de otros. Nunca supo cómo hacerse mayor.

María levanta la cabeza y sus ojos encharcados de lágrimas acarician los perfiles de los muebles semianónimos en la penumbra de la medianoche avanzada. Hay un charco de luz junto a la puerta. En el otro extremo, un raquítico sol artificial ilumina débilmente unos techos ocre que en algún pasado remoto debieron ser blancos. Hay polvo en los rincones y debajo de la cama, ropa sucia amontonada en los cajones. El viento tararea un bolero en la ventana e invita a las cortinas a bailar sus compases.
La noche del sábado se agita en el delirio de mil neones compulsivos. Contrasta el bullicio de la calle con la asfixiante soledad y tristeza de este cuarto. Tristeza adherida a las paredes, a los muebles, a la ropa. Tristeza en cada fotografía (con el tiempo, todas los son), en cada pensamiento, en cada recuerdo. Ceniza en los labios, ceniza en los pechos, en los pezones vírgenes, en los pétalos de la roza clausurada. Resulta difícil entender que, entre ambas situaciones, tan sólo haya unos metros de distancia. Parecen planetas distintos. Escenas separadas en el tiempo por cientos de interminables años.
Sobre el destartalado aparador de carcomidos relieves se asoman unos seres de otro tiempo: ella de cabellos plateados, él de tez morena, ambos de mirada dulce y facciones sencillas. Hay un resquicio acogedor en esos sepias apagados. Como una situación transitoria, como un atisbo de esperanza nueva. La emoción por comenzar un viaje largo, lejos, muy lejos. Allá donde sus fantasmas puedan tocarla, los seres queridos de su huerto de azucenas, mudos camaradas que la oyen sin escucharla, que toleran sus versos sin poesía. Versos que llenan baúles de cuadernos, versos que soportan el peso de cincuenta años de indiferencia y aislamiento.
¿A quién quiere más mi niña? Penetran en su cerebro cacofonías fantasmagóricas que la transportan a aquellos años en los que las cosas aún tenían colores: verde la verja y los árboles del colegio, los ojos de su padre y el envoltorio de los polos que comía en el verano. Azul, ¿cómo no? El cielo. Y sobretodo su pedacito de cielo. Ese sitio donde va la gente que ha sido buena.
Nunca llueve en el cielo, piensa María, porque el cielo no tiene cielo y, en consecuencia, no se pueden sujetar las nubes. Hay un señor que anda por los caminos del cielo que trazan dibujos de tierra en los prados verdes donde juegan los niños, que en el cielo son, como ella misma, eternamente niños. Es un señor de largas barbas blancas y mirada bondadosa que no ríe nunca, pero tampoco parece preocupado. En el cielo no hay ciudades ni grandes edificios ni coches ni metro. Hay vaquitas y otros animales, pero no se comen. En el cielo nadie come ni trabaja. Tampoco se muere la gente ni nacen niños. Al cielo se va porque se merece o no se va. A María le gusta esta sencillez tan lejana y contrapuesta a la realidad del mundo que le ha tocado vivir. Eso lo entiende. Esto no lo entiende. Siempre he sido una niña buena, se dice; seguro que en el cielo la gente me quiere.

Sobre la mesa tiene un cuaderno y un bolígrafo. Toma éste con la mano izquierda y apoya la punta redondeada sobre el inmaculado papel cuadriculado. Siente un dolor agudo en el cuello; el profesor le ha dado un golpe seco con la regla. ¡Te he dicho que se escribe y se come con la mano derecha! Y no saques la lengua mientras trabajas.
Don Cosme es un maestro inflexible. Siempre la está regañando por algo. La pone en ridículo delante de todos. Todos ríen mientras ella se deshace en llantos. María quiere ser como todos, pero siempre se equivoca, las cosas no le salen bien y todos se burlan de sus desatinos, la empujan y le tiran pelotitas de papel. María siempre vuelve llorando del colegio. Su madre la consuela. No les hagas caso, le dice, ya se cansarán. Tú no les hagas caso. Pero es tan difícil hacer oídos sordos al mundo. La incomprensión y el desdén son una carga fatigosa. Es tan difícil sobreponerse a ella.
Con el tiempo, María aprendió a ser invisible, aprendió a fingir que era como los demás, cuando en realidad era mejor que todos nosotros. Se refugió en un lugar tan profundo que nadie volvió a verla. Nadie volvió a saber de ella. María se convirtió en una especie de fantasma, no sólo porque se volviera transparente al interés de sus vecinos, sino porque formaba parte de algo que no estaba a nuestro alcance, algo que no podíamos tocar ni sentir, pero que María identificaba como real. María siempre estuvo más allá. María estaba en otro sitio.
Regresa al presente y nota que ha apretado tanto el bolígrafo que la mancha de tinta cala ya en varias hojas. Comienza a escribir con suavidad, con una lentitud de pereza casi enfermiza, dibujando cuidadosamente cada letra, redonditas las oes, derechitas las íes, todas cogidas de la manita como el trenecito que formaban cada mañana para entrar a clase. Quiere que el texto quede bonito, porque le importa mucho lo que los demás piensen de ella.
¿Quiénes son los demás? Si prácticamente no conoces a nadie. ¿Qué más te da que la letra sea bonita o fea? Pero ella vuelve a dibujar con mimo cada letra. Se para. Duda. Arranca la hoja y empieza de nuevo. ¿Cómo explicarle a un ciego lo distinto que es el rojo del azul?

A quien interese:

Todo lo que tengo está en esta habitación.
Me gustaría poder acostarme y soñar y nunca más volver a levantarme.
No quiero ver amanecer un día más.
La chica del libro se quedó al final con el bueno.
Ya es noviembre y ha vuelto a llover.
Hay hojas en el suelo de la calle y vuelan con el aire.
¿Adónde de van? ¿Quién las espera? Mañana estaré allí, con ellas.
A mí no me espera nadie. Será una sorpresa.
La habitación no está muy limpia, pero no es que yo sea vaga, sólo es que me siento muy cansada y como llueve cada poco rato me quedo dormida.
No tengo nada que agradeceros ¡Joder! No me habéis dado nada.
No os debo nada.
Nunca supe cómo hacer que la cosas cambiaran.
Me he pasado la vida esperando que pase algo.
Lo único que ha pasado en mi vida es el tiempo.
Pero esta noche es diferente.
Sé que la gente se mofa de mí. Que hablan y se ríen cuando paso.
Porque el estampado de mi blusa siempre es demasiado rojo o demasiado amarillo, porque mi sombrero siempre es demasiado grande o demasiado pequeño,
porque no me arreglo o porque me arreglo demasiado…
La gente siempre encuentra algún motivo para reírse de mí…
Cuando llueve, el agua me moja, como a todo el mundo.
No soy diferente.
Tengo que irme.
Me he ganado el derecho a irme sin pediros permiso.
Sé que no os importa.
Sé que me perdonaréis por ello, porque os da lo mismo que me quede o que me vaya.
Mis padres me esperan.
Qué ganas tengo de abrazarlos. Cuánto les he echado de menos.

Al pie de la carta figuraba una fecha, un tembloroso poema ilegible y un garabato febril que decía “María”.

A la mañana siguiente el sol no salió. Tampoco se esperaba que lo hiciera. El cielo escondía sus vergüenzas dominicales tras un manto de nubes plomizas. Los solteros dormían la trasnochada fiesta del fin de semana. Los casados marchaban en chándal en busca del periódico. Los ancianos hacían cola en la churrería. Las ancianas entraban en misa. Era una mañana de domingo como otra cualquiera.
El cuerpo sin vida de María lo descubrió una muchacha ecuatoriana de la contrata de limpieza. Ya era lunes y el sol del mediodía calentaba tibiamente. María había dejado la puerta de su casa entreabierta. No quería pudrirse en el olvido. No quería que la encontraran ajada y repulsiva.
Un agua teñida de rojo empapaba las mangas de su bata más nueva. De rodillas, sobre la bañera, parecía rezar. Abiertos, pero sin brillo, los ojos esmeralda. Los purpúreos labios en una mueca tardía de beso o de susurro. Pálida como una dama del gótico. Parecía mucho más joven. En su rostro había paz. Estaba más guapa que nunca. Tan guapa como aquella niña pequeña que soñaba con princesas. Tan guapa como el día de su primera comunión. Tan guapa como el día que le regalaron aquel vestido blanco con tirantes y vuelo y con unas florecillas azules o verdes que anunciaban la primavera de su vida. La primavera que tanto había esperado. La primavera que nunca llegó.
Antes de quitarse la vida se cambió de ropa interior, se puso una medias oscuras que aún no había estrenado y un camisón limpio. Le horrorizaba la idea de que alguien manipulara su cuerpo, aunque estuviera muerto, y pensara que había sido una mujer indecorosa, una de esas fulanas sucias que salían en los programas de televisión. Sabía que unos ojos de mirada desconocida se posarían en su cuerpo, evaluándola, juzgándola, violando su intimidad tantos años escondida. Sabía que la desnudarían, que la tocarían. Se sonrojaba con aquellos pensamientos que a ella le parecían libidinosos, casi lascivos. El pensamiento no delinque pero, a menudo, sufre de pesares por culpa de la imaginación. En estos tiempos de duda, quién podría decir, si somos el producto de un sueño o el capricho de un deseo.
Para esa cita a ciegas, la primera de su vida, María se arregló con esmero y se lavó los dientes y se peinó y se colgó del cuello aquel cristo de plata que había sido de su padre. Al final, frente al espejo del lavabo, tuvo la sensación de haber vivido cincuenta años sin haber llegado a existir nunca.
Nadie la echó de menos. Nadie preguntó por ella. Sólo las palomas del parque, cada día, a eso de las seis y media, añoran sus pedacitos de pan.


FIN


Máximo Herrera