Leo era dueño de un periódico que, bajo la cabecera
de “Marginados”, vendían a la puerta del metro
y por las calles del centro de Madrid gentes desesperadas: indigentes,
drogadictos, inmigrantes. Era un buen negocio, aunque últimamente,
con la llegada de nueva competencia, las ventas habían disminuido
mucho; y es que la bondad, como todo, también conoce límites.
Aquellas gentes pagaban por adelantado los ejemplares que se llevaba.
El problema era que se gastaban el dinero -el poco que conseguían-
y no tenían después para adquirir nuevos ejemplares.
Por esta razón se decidió nombrar una serie de “vendedores
oficiales”, que recibían un trato y unas condiciones
mejores. Leo era el típico individuo hecho a sí mismo;
alto, pesado y con poco pelo, tenía un olfato especial para
todo lo que oliera a dinero. Empezó con la publicación
de fascines de barrio explotando el negocio de los módulos
de publicidad de los comercios. Pasar de aquello a los periódicos
para marginados fue sólo un pequeño salto. Últimamente
se había vuelto conservador, algo racista e incluso reaccionario:
el trato diario con la gente que vive en la calle desgasta mucho.
Conocí a Leo a través de una amiga común,
Yolanda, un jueves por la noche en el Café Mercado. Me propuso
enseguida colaborar con el periódico escribiendo artículos
y ayudando en la maquetación. En esa época yo estaba
en paro y la idea me gustó. En realidad no tenía muchas
oportunidades laborales: expresidiario, sin familia, sin experiencia,
no puede decirse que me sobraran las ofertas de trabajo. Fue una
época gris y la basura me salpicó en muchas ocasiones.
Al nivel de las cloacas, las miserias humanas se ven amplificadas
por la lente de la desesperación. Todo es como mucho más
extremo: las envidias, los odios, las pasiones y, sobretodo, los
guetos, las familias; una especie de gelatinoso coorporativismo
mafioso lo envuelve todo. Los domingos se convierten en martes en
blanco y negro, siempre es demasiado tarde para empezar de nuevo,
una vez dentro no sabes como salir.
Hacía algo más de medio año que no sabía
nada de Leyla: las cosas entre ella y yo siempre habían sido
de la misma y extraña manera. Nos separamos una tarde de
febrero. La lluvia barría furiosa la plaza Dos de Mayo en
la que unos jóvenes se intercambiaban papelinas y jugaban
a ser dioses. Cuando llegué a la cita ella ya me estaba esperando.
Cruzamos la plaza en dirección a Tribunal y nos metimos en
pub de Malasaña que tenía nombre de animal prehistórico.
Estábamos empapados. El cabello moreno de Leyla se apelmazaba
mojado sobre los estrechos hombros de su cazadora vaquera. Tenía
los labios ligeramente pálidos y una luz ultravioleta, que
se desprendía de unos pequeños focos instalados en
el techo, tornaba sus ojos de un color extrañamente blanco.
Cogiéndola de la mano la acerqué a mi lado y al besarla
comprobé que el agua de la lluvia era tan fría en
ella como en mí.
Estábamos separados por una máquina electrónica:
un video-juego horizontal que prometía la gloria de las grandes
tardes de fútbol. Nos buscamos la mirada sobre el reflejo
verde de aquella fantasía animada, con los codos apoyados
sobre el cristal. En un determinado instante, ella levantó
la cabeza y halló en mis ojos el reflejo de los suyos. Había
algo definitivo en su mirada, por naturaleza siempre inaccesible.
Rodeó la máquina sin separar las caderas de los bordes
y al penetrar en mi espacio vital me devolvió el beso que
minutos antes le había dado. Ahora sus labios estaban calientes,
pero sus manos, que abarcaban mi cara, seguían heladas.
- No va a ser para siempre -me dijo, con su boca tan cerca de la
mía que sólo respiré su aliento.
- Te estaré esperando.
- No prometas algo que luego no puedas cumplir.
- Prometo que, ahora mismo, creo que te esperaré siempre.
- Eso está mejor.
Arranqué la parte superior de mi paquete de Marlboro y apunté
en ella el número del móvil.
- Sé que odias los móviles pero quédate con
mi número. Llámame cuando quieras, a cualquier hora.
Cogió el pedacito de cartón y lo guardó en
el bolsillo de su blusa. Se separó de mí, se echó
por encima la cazadora vaquera y atravesando la puerta se perdió
en la lluvia.
En el interior el ambiente era espeso, sonaba desgarradora una
canción de los Dire Straits, “Romeo and Juliet”
y un diminuto muñeco de la máquina electrónica
se había vuelto loco. Se movía frenéticamente,
sin control alguno, chocando una y otra vez contra las bandas que
delimitaban la zona de juego. Recordaba la desesperación
de un gorrión atrapado en una habitación de cristal.
De repente, la imagen se quedó congelada y el diminuto muñeco
fue aplastado por el culo de mi vaso. Por un instante percibí
una expresión de agradecimiento en aquella proyección
liberada. Luego la máquina se quedó dormida y pude
ver como el Pampero derramado se mezclaba con la sangre que, desde
distintos puntos de mi mano, caía sobre lo que quedaba de
pantalla. Mi mente encontró una explicación lógica
para todo esto: el pequeño muñeco electrónico,
en su afán por escapar, se había reventado contra
el cristal.
Levanté la cabeza y vi caras perplejas que me miraban ávidas
de curiosidad. De un tirón arranqué el reloj que se
había quedado enganchado en el marco de lo que, hasta entonces,
había sido el cristal de defensa de la pantalla. Vi, como
a cámara lenta, que la gente empezaba a moverse hacia mí.
El reloj recorría, muy despacio, la distancia que separaba
mi mano del suelo. Me encontraba a poco más de un metro de
la puerta. Dí un salto hacia atrás y me encontré
en la calle.
La lluvia ya no me parecía fría. Corrí en dirección
a la Plaza de San Ildefonso y recuerdo haber tropezado varias veces
en el camino. Cuando llegué a mi casa estaba hecho un desastre.
El bolsillo donde llevaba la mano herida era un pantano de sangre.
Me quité la ropa, pues estaba calado, y me tumbé completamente
desnudo sobre el sofá. Después me serví una
copa, encendí un cigarrillo y, por fin, pude pensar en ella.
Sabía que nunca más volvería a verla.
Durante el último año de carrera alterné mi
labor en el periódico con un trabajo temporal y a media jornada
en el gabinete de un arquitecto, pasando planos de chalets adosados
a rotring. Aunque no puede decirse que fuera un potentado económicamente,
la verdad es que me buscaba bastante bien la vida. Había
conseguido algunos trabajos que hacía en casa relacionados
con la maquetación de revistas y corrección de estilo.
De cualquier forma, seguía siendo el periódico lo
que más tiempo me ocupaba.
- La policía le ha puesto cerco a Los Poblados para evitar
que se venda droga. Se le puede sacar a eso mucho jugo. Ir allí
Rafael y tú, y a ver que averiguáis -la voz de Leo
se dejaba oír en toda la redacción.
- ¿Qué averiguamos acerca de qué; de lo mal
que lo están pasando los drogadictos que no pueden pillar
su dosis diaria, de las papelinas de metadona que reparte la policía,
del precio desaforado que está alcanzando el gramo de coca?
¡Joder! Leo, eso ya ha pasado otras veces.
- Eso es noticia, Elías.
- Este periódico no es el New York Times.
- Pero tenemos que denunciar ese tipo de cosas.
- ¿Denunciar. Nosotros. De verdad crees que nos lee alguien?
- Claro que sí, hombre.
- Está bien, iremos -acepté de mala gana.
Yo tenía mis razones para no querer ir a un sitio tan miserable
y dramático como Los Poblados. Había pasado dos años
en la carcel de Soto del Real y aquella experiencia ya era más
que suficiente. Me había jurado a mi mismo que jamás
volvería a pisar una prisión ni a tener relación
con gente como la que tuve la desgracia de frecuentar durante mi
periodo de confinamiento. Antes muerto que volver a prisión.
Sin embargo, la vida es retorcida e irónica.
Rafael era, por decirlo de alguna forma, el fotógrafo del
periódico. Estaba terminando periodismo y soñaba con
trabajar en el As llevando el Atletico de Madrid. Fuimos en el coche
de Yolanda ya que ni Rafael ni yo teníamos transporte propio.
Por otro lado, no era posible ir en taxi: aún consiguiendo
que lo llevarán a uno hasta aquella antesala del infierno
sembrada de jeringuillas, el taxi no pasaba de la entrada y había
que hacer el resto del peligroso recorrido a pie. Después,
había que regresar andando, pues los taxis no entran allí
a recoger a nadie.
Yolanda era una especie de “chica todo terreno”. Igual
escribía que hacia de secretaria, cobraba facturas, hacía
el café, trataba con la filmadora, con la imprenta, encargaba
el papel. En fin, era el noventa por ciento de la empresa. Tenía
el pelo moreno y los ojos de un color indefinido: a la luz del día,
recordaban el cielo tormentoso de una tarde de verano, tímidamente
azulada, por la noche se volvían pardos. Tenía un
tren inferior impresionante y una mirada afilada que era un jeroglífico.
Estabamos atravesando aquel año uno de esos ciclos de inviernos
lluviosos y la mitad de las chabolas se habían inundado.
En los cajones prefabricados vivían tres y hasta cuatro familias
juntas. Los Poblados era la perfecta escenificación de una
agobiante pesadilla, un lugar de ficción envuelto en una
realidad de huellas de deportivos baratos hundidos en el barro,
de cielos grises y viscosos, de aire que olía a podredumbre,
a miseria, a desesperación, a muerte.
No estaban los Mercedes, ni los makoquis de rizadas melenas y trajes
de seda. La policía le había puesto sitio al poblado.
Se interponían entre los que iban a buscar y los que ofrecían
lo buscado. En los alrededores, infectados de jeriguillas usadas,
deambulaban unos seres rebajados a la categoría de subpersonas;
temblorosos y de mirada vidriosa bajo el doloroso sindrome de abstenencia.
En una ambulancia, a medio camino entre el poblado y el cerco policial,
se administraba metadona a los drogodependientes.
Algunos de ellos muchachos se acercaban hasta ese lugar acompañados
de sus padres; gentes sencillas, con las manos abiertas de colocar
ladrillos, de golpear tubos, de abrazar el volante del camión.
Gentes con la piel curtida bajo el sol de los andamios que una vez
dejaron sus blancos pueblos del Sur para buscar ElDorado de la gran
ciudad. Gentes con la mirada eternamente encharcada de lágrinas
que asistían impotentes a la degradación sidosa de
sus hijos. Familias arruinadas por la presión de la droga
que albergaban en sus casas a un tipo de treinta años que
antes era un hijo y la heroina había convetido en un extraño
que les robaba lo poco que tenían, que les amenazaba con
pegarles y que los mantenía sumidos en un estado de permanente
terror.
Nos miramos los tres antes de salir del coche.
- No entenderé jamás el por qué de estas acciones
poliaciales: llegan, le ponen sitio a este basurero, están
un par de días y luego se van y se olvidan del tema durante
dos o tres años. No lo entiendo - se quejaba Rafael mientras
salía del coche.
- Tendrán que justificar algo, supongo - le contesté.
Nos acercamos hasta un agentel de policía que estaba allí,
más a su pesar que nosotros mismos, y nos presentamos.
- Soy Elías Tomé -le dije, y añadí-
del periódico “Marginados”. Ellos son Yolanda
Ríos y nuestro fotógrafo Rafael Ayala.
- Aquí no hacemos declaraciones.
- Eso ya es una declaración. ¿Por qué están
aquí?
- En estos poblados se vende droga, o es que estáis ciegos.
- También se vendía droga el año pasado y se
seguirá vendiendo el año que viene. ¿Existe
hoy alguna razón especial?
Hizo un ademán despreciativo con la mano y se alejó.
Rafael estaba tirando unas fotos y Yolanda se encaminaba, barranco
abajo, hacia las chabolas.
- Rafael, ¿Adónde se cree Yolanda que va?
- No tengo ni idea -me respondió rafael encogiendo los hombros.
- Será mejor que la acompañemos: no sabe dónde
se está metiendo.
Salimos detrás de ella y la alcanzamos cuando estaba llamando
a una de las puertas, si es que a aquello se le podía llamar
puerta.
- ¿Estás loca? - Le pregunte
- No pasa nada, tranquilo.
- ¿Tranquilo? Esta gente está desesperada...
Una mujer obesa que llevaba el pelo recogido en coleta y un delantal
de cuadros, sospechozamente marrones, descorrió el tablón
que hacia de puerta.
- ¿Qué quieren ustedes? -Preguntó con una
voz sorprendentemente clara.
- Queremos que nos cuente cómo viven aquí. ¿Por
qué ...? - Me adelanté a preguntar, pero la mujer
no me dejó añadir más explicaciones
- Aquí vivimos muy mal -fue su respuesta.
- ¿Por qué ...? -Yo insistía para coger el
control de a situación.
- El agua se mete por todos sitios -me cortó de nuevo-. ¿Son
ustedes de la tele? - Estaba claro que mis intereses y mis preguntas
a ella le importaban muy poco.
- Uhnn... Sí. Bueno, no exactamente. Somos de un periódico.
Queremos ayudarles -se adelantó Yolanda que tenía
en la ingenuidad el peor de sus pocos defectos. La lluvía
caía de forma lenta pero pesada. Era una lluvía de
gotas muy gordas. Bajo nosotros se había formado un barrizal.
- ¿Nos invita a pasar? - Pregunté.
- Tengo a los críos enfermos. El invierno está siendo
muy largo -aquello sonó como una explicación, más
que como una excusa.
- ¿Está su marido en casa? - Yolanda quería
romper el hielo como fuera.
- Está con la furgoneta
- Bueno, no la molestamos más. Nos vamos -intervine, loco
por salir de allí.
- Espere. Pasen ustedes dentro para que puedan contar en qué
condiciones estamos aquí.
El interior de penumbras de la chabola era aún más
indescriptible que el exterior. El suelo estaba formado por plásticos,
cartones y pedazos de moqueta. A través del plástico
se veía el barro. El aire olía a podredumbre, hacía
frío y la humedad lo empapaba todo. Sobre un colchon viejo
tendido en el suelo descansaban dos niños de corta edad.
Me acerqué a uno de ellos que parecía dormir.
- ¿Están enfermos? -pregunté
- Ese esta muerto. Murió anoche -en la voz de la mujer no
había angustia ni desesperación, sólo cansancio,
desánimo, decepción..
Dí un salto hacia atrás y la relidad pareció
caerme encima como una pesada losa. Sentí un frío
que me calaba hasta los huesos.
- Vamos a llevar ahora mismo al otro al hospital -oí decir
a Yolanda.
- ¿Tiene usted más hijos? -Pregunté.
- Tengo trece más.
- ¡Por Dios! ¿Y dónde están?
- Cuatro de ellos están con la furgoneta. Los demás
están por la calle.
- ¿Vivís todos aquí?
- No. Aquí sólo vivimos el marido, los tres mayores,
estos dos pequeños y yo. Los demás viven con mi cuñada.
- ¿Tiene algo donde envolver al niño para que no se
moje hasta que lleguemos al coche? - Preguntó Yolanda
- ¿Lo van a llevar ustedes a un hospital? Él no querrá
estar allí solo. Mi marido se enfadará mucho cuando
llegue: él dice que si se ha de curar se curará.
Me quité la gabardina y se la ofrecí a Yolanda. Rafael
estaba pálido. Hasta ese momento yo no había notado
cómo nos afectaba aquella penunbra y el espeso olor que había
allí dentro. Empecé a ponerme malo. Yolanda era la
única de nosotros tres que se mantenía entera, aunque
visiblemente afectada, tal vez de indignación. Nerviosamente
cogió al crío y lo envolvió en mi gabardina
sin hacer caso de las protestas de la mujer, que la empujaba e intentaba
detenerla. Salimos de la chabola y el primer soplo de aire me devolvió
la vida. Corrimos barranco arriba. Yolanda tropezo y cayó
varias veces de rodillas en el barro; llevaba al crío entre
los brazos, al cual la cabeza se le movía para los lados
como el péndulo de un reloj de pared. Fuimos hasta la ambulancia.
Dos enfermeros suministraban metadona a varios jóvenes en
el interior.
- ¿Dónde van ustedes? Aquí no se puede pasar
- nos gritaba un policía.
- ¡Es una urgencia! -gritaba a su vez Yolanda.
Los drogadictos nos miraban alucinados. Por fin entramos en la
ambulancia y conseguimos que uno de los enfermeros nos hiciera caso.
Dejamos al crío sobre una de las camillas; no se movía.
Nos habíamos llevado al muerto. Yolanda rompió a llorar
y yo me sentí impotente para consolarla. Sólo quería
irme de allí. Rafael se había quedado mudo hacía
casi una hora.
Ninguno de los tres volvimos a aparecer nunca más por el
periódico. Unos meses después apuñalaron a
Leo en un intento de robo que nunca se aclaró. Yolanda, Rafael
y yo quedamos una tarde para ir a visitarlo. Acababan de sacarlo
de la Unidad de Vigilancia Intensiva para llevarlo a una habitación
desolada de blancas paredes. El cirujano que lo atendió,
en el quirófano número dos del 12 de Octubre, nos
hizo un significativo gesto apretando los labios y moviendo negativamante
la cabeza.
Fue la última vez que vi con vida a Leo. Me dijo que presentía
su muerte y que nos había echado mucho de menos; lloró
y no pude hacer nada por ayudarlo. Olía a medicamentos y
su piel estaba parduzca y arrugada. Por la comisura de los labios,
cuarteados y pálidos, se le escapaban dos hilitos de saliba.
“No te preocupes Leo -le dije-: saldrás de esta”.
Intentó reír pero su boca formó una mueca desesperada
y fatal. La lengua intentaba en vano humedecer unos labios que eran
ya de madera.
A las siete de la tarde lo abandonamos allí postrado esperando
la muerte, sus pupilas perdidas, sin brillo, nos siguieron como
los ojos de un viajero que ve escaparse el último tren en
una estación remota y olvidada por la que sabe que jamás
volverá a pasar otro tren.
Rafael dejó el periodismo y se fue a Kosovo con una ONG.
Hace años que no lo veo. Tampoco volví a ver nunca
más a Leyla. Yolanda y yo nos casamos y ahora mira por encima
de mi hombro como le pongo punto final a esta historia de la que
nunca hemos vuelto a hablar, pero que siempre está presente
en nuestros silencios.