Las aventuras de Onofre

 


I

Me contaron los del pueblo que cuando nació Onofre, su madre, conocida en el mercado como Actea La Vinagres, aún estaba embarazada y que su padre, al que llamaban Hefesto Malapicha, había muerto sin descendencia, como lo había hecho antes su propio padre y antes el abuelo de éste.
Parece poco probable que ésas y otras historias que se cuentan sobre Onofre sean ciertas. Sin embargo, sí parece verdad que su nacimiento fue muy difícil; algunos niños vienen atravesados, otros con los pies por delante y otros son muy grandotes. Onofre sufría una espectacular erección el día que a su madre le tocó dar a luz. El priapismo del pobre nonato era tal que le impedía salir y se quedó atascado.
Asclepio, el médico de la familia que atendía el parto le pidió a Hefesto que fuera en busca de Afrodita, una bella muchacha que trabajaba la esquina de la calle de El Burro.
- Afrodita, -le dijo Asclepio a la chica cuando aquella entró en la habitación- este niño tiene una erección que no le permite nacer. ¿Podrías hacerle una paja?
- Sí, pero le costará dos mil óbolos.
- Está bien.
- Claro que por cinco mil óbolos puedo hacerle una felación.
- Desde el punto de vista médico no hay inconveniente, pero eso debe decidirlo su padre, ya que el niño es aún menor de edad.
Informado el padre de la cuestión que se debatía se decidieron finalmente por la felación, considerando que el día del nacimiento es una fecha especial y que no valía la pena andarse con chapuzas. Además, Afrodita tenía una bien ganada fama de trabajadora fina y la reputación de sus mamadas la precedía allá donde iba. Sin embargo, y pese a los múltiples esfuerzos realizados, la chica no consiguió meter la cabeza por la vagina de la parturienta ni aún quitándose la diadema del pelo, por lo que hubo de recurrir a la masturbación.
Nueve meses después del accidentado nacimiento, Actea daba a luz a Taumante, por lo que, en el carasol del mentidero, se corrió el rumor de que Onofre había dejado embarazada a su propia madre antes de nacer.
Bien es cierto que Onofre y Taumante se parecían mucho, pero también se parecían a Anfímaco, el pescadero que regentaba la pescadería que había en el mercado junto al puesto de berenjenas de Actea.
Anfímaco, al que llamaban El Lubino, había muerto muchos años antes de que se construyera el mercado, según me cuentan atragantado con una espina de lubina, por lo que debemos dudar de los rumores que le conceden la paternidad de los dos muchachos.
Anfímaco fue realmente el único del pueblo que conoció bien a Afrodita ya que, además de primos, eran hermanos y más tarde amantes y esposos.
Contrajeron matrimonio el primer domingo de Pentecostés y, aunque Anfímaco había prometido que ella dejaría aquel agotador trabajo cuando se casaran, la joven pareja se compró una propiedad unifamiliar y, como la pescadería no daba suficiente para pagar las letras, Afrodita continuó durante muchos siglos sacando brillo a la esquina de la calle de El burro.
Afrodita era especial en muchos sentidos y aunque no era una mujer ciertamente bella, tenía esa expresión etérea e inescrutable de los que han nacido antes que sus madres.
Ceres, la madre de Afrodita, se quedó embarazada al mes y dos días de ser ella misma concebida, según se dice por obra de su tío abuelo Asclepio Cuernos, más conocido como Asclepio el de los Cochinos, de tal suerte que, al ser Afrodita siete mesinos, cuando nació Ceres su hija ya llevaba varias semanas en la incubadora.
La madre de Ceres, Aglaya Dos Hermanos, compartía el lecho con Eaco Cuernos los días pares y los impares se lo hacía con Asclepio. Ceres era hija de Eaco, mientras que Afrodita lo era de Asclepio. Lo de Asclepio con Aglaya fue un accidente de tráfico que explico a continuación para mejor comprensión de la historia.

II

Como todo el mundo sabe, Asclepio era estéril psíquico, por lo que siempre utilizaba preservativo cuando hacía el amor con su prima Aglaya por miedo, según él, a transmitirle su esterilidad.
Un verano que Eaco fue llamado a filas por Aquiles, Aglaya y Asclepio aprovecharon para irse unos días de vacaciones a Benidorm, que en aquella época era una isla.
El Sol del Mediterráneo y las playas de fina arena blanca, pobladas de impresionantes hordas de nibelungas en top less, facilitaron que Asclepio recuperara la potencia sexual y reproductora que nunca había tenido. Los amantes salían por las mañanas a tomar el Sol a la Playa de Poniente y, cuando regresaban al hotel al mediodía, se encerraban en su habitación e iniciaban una maratoniana sesión de salvaje sexo que duraba hasta altas horas de la madrugada.
En aquellos lejanos días, el látex era un material muy raro y, por ende, los preservativos eran objetos carísimos. Los insaciables amantes se habían impuesto un ritmo tal que, en cada sesión, caía una caja de condones. Esto les llevó a la ruina financiera.
Asclepio, sabedor de la destreza de Aglaya con las agujas de ganchillo, le propuso a ésta que confeccionara ella misma los condones. Dos semanas más tarde, el precio de las acciones de las corporaciones laneras se disparaba en el parquet de Tokio y el Nikkey rompía la barrera psicológica de los diez millones de puntos. No quedaba una sola oveja con lana en todo el continente asiático.
Aterrados por la posibilidad de que la burbuja ovina reventara, llevando a la miseria a todos los especuladores de la cuenca mediterránea, Troya declaró la guerra a Benidorm y sometió a la populosa ciudad de las mil y una discotecas a un severo bloqueo comercial. El precio de la lana superó al del látex y la gente tuvo que volver a fabricarse las prendas de abrigo con hojas de parra.
La pareja, acosada por el FBI, la Policía Montada, los Hombres de Harrison, el Interpol, Alí Baba y los Cuarenta Ladrones, Dinamita pa los Pollos, los Ángeles de Chaley, Save the Children, Green Pace, Los Lunnis, Izquierda Unida, la Uefa, la OTI y la Plataforma Madrid 2012, tuvo que abandonar precipitadamente el hotel, algo que los gerentes del mismo intentaron aprovechar en su propio beneficio; le presentaron a Asclepio una factura desaforada.
- ¡Esto es carísimo! –Protestó Asclepio- En la agencia de viajes nos habían dado un precio mucho más económico.
- Son los extras del hotel, señor –contestó el gerente con cierto aire de despreocupación.
- ¡Tres mil óbolos por la piscina! Pero si ni la hemos visto.
- Ya, bueno, pero ahí estaba por si querían utilizarla.
- ¡Cinco mil óbolos por uso del gimnasio¡ Pero si ni sabíamos que había un gimnasio en el hotel.
- Pues lo hay. Y ahí estaba para su disfrute –respondió el gerente y añadió después con evidente sorna-; claro que ustedes ya tenían su propia gimnasia.
- Muy gracioso, pues sepa que sólo voy a pagarle la mitad de lo que figura en esta factura.
- ¿Y eso? –El gerente empezaba a alarmarse
- La otra mitad es lo que yo cobro por haberles dejado a ustedes que se tiren a mi pareja.
- ¡Oiga, que aquí nadie ha tocado a esa mujer!
- Pues habrá sido porque no han querido, porque ella ha estado ahí todo este tiempo.
Asclepio y Aglaya salieron del hotel antes de que el gerente, perplejo ante el argumento de su cliente, pudiera reaccionar.
Se encontraban de nuevo encendidos de pasión, pero ya no tenían dinero para comprar preservativos ni para adquirir lana con que confeccionarlos ellos mismos. Cualquier solución les parecía aceptable con tal de que pudieran calmar su sed de sexo. Así que tomaron la decisión de visitar a un herrero y pedirle que fabricara un diafragma para Aglaya.
El maestro artesano tumbó a Aglaya sobre la fragua, le abrió al máximo las piernas y se las ató, ligeramente elevadas, sobre dos martillo pilones. Valiéndose de un metro, un compás y un profundímetro, tomó las medidas necesarias. Para hallar las proporciones del pene de Asclepio utilizó una regla y un calibre. Partiendo de un alambre de acero inoxidable y piel de cabra, el herrero fabricó un impresionante e indestructible diafragma que colocó en el útero de Aglaya valiéndose de un calzador para ejes de carro.
Amor libérrimo y sin complejos. La pareja se dio gusto entre las barcas de la playa, en los bancos de los parques, en los probadores de los grandes almacenes y, por las noches, en el coche, como la mayoría de los Íberos de aquella y esta época.
Fue precisamente en el coche donde Ceres fue concebida. Se encontraban Asclepio y Aglaya en una de aquellas memorables sesiones de sexo, retorcidos el uno sobre la otra, en el mínimo espacio de las plazas traseras del Mini de Asclepio. Era algo más de media noche y el parking de la hamburguesería estaba casi desierto. En esto que llegó a aparcar el descerebrado de Eaco, que volvía victorioso de la guerra. Llevaba dos días buscando a Aglaya por todo Benidorm y había entrado en el parking de la hamburguesería para tomar un bocado y reponer fuerzas.
La cuadriga de Eaco golpeó el cochecito de Asclepio con tan extraña fortuna que el diafragma se descolocó dentro de la retorcida Aglaya derramando en el útero de la mujer todo su contenido y dejando férreamente pillado el pene de Asclepio entre el aro metálico, la piel de cabra y los músculos de la vagina de Aglaya. Se oyó un grito terrible en el interior del automóvil y los cristales del Búrguer saltaron hechos añicos.
Con terribles esfuerzos y saltando de forma casi milagrosa sobre los asientos delanteros, salió del coche Aglaya llevando a horcajadas sobre sus caderas a Asclepio.
- ¡Amor mío! –le dijo Eaco- ¿Qué haces aquí desnuda y cargando con el cafre de mi hermano?
- Acércate, Eaco, amor mío, que te lo voy a explicar todo.
Cuando Eaco se acercó a Aglaya ésta le propinó tal bofetada que dos muelas salieron disparadas hacia la atmósfera, rompiendo la barrera del sonido, y la humanidad escuchó la primera explosión sónica.

El Caso del Pene de Asclepio fue el más conocido caso médico de la época y ocupó las portadas de las revistas especializadas durante varias semanas. Para separar a esta inaudita pareja, sin realizar cortes drásticos en partes que no se regeneran, el ser humano se vio obligado a inventar el bisturí láser, la sonda endoscópica, el escáner de ultrasonidos, descubrir los rayos X, confeccionar la fórmula de la aspirina, desarrollar el Colacao y patentar la tabla de surft y la compresa con alas. La medicina avanzó tanto en esas pocas semanas que las funerarias quebraron y los cementerios se transformaron en campos de fútbol.
El inverosímil accidente de tráfico dejó embarazada a Aglaya de Ceres. Eaco esperó pacientemente a que Asclepio se recuperara de las muchas intervenciones a que fue sometido y cuando lo encontró completamente sano le asestó un golpe fatal con la quijada de un burro. Asclepio murió de inmediato y Eaco se lanzó sobre Aglaya como una fiera en celo. Su semilla encontró refugio en Ceres, concebida seis semanas antes, dejándola embarazada de Afrodita. Fue así como Afrodita, siete mesinos, nació antes que su propia madre, Ceres. También podría decirse de Afrodita que nació dos veces; una vez saliendo de su madre y, poco después, saliendo de su abuela.
Cuando Asclepio falleció le dejó en herencia los cochinos a Actea, la madre de Onofre, que, asqueada de la vida, se fue a vivir a una cueva. Los cochinos de Actea vagaban en libertad por las vegas y se comían las raíces de las patatas y de las zanahorias, por lo que en el pueblo siempre le estaban diciendo, Actea, ata la puerca. Con el tiempo aquel lugar fue conocido con el nombre de Atapuerca y aún descansan allí los restos de Eaco y los de Asclepio.

III

El pueblo donde nació Onofre era anterior a la aparición de la especie humana y no tenía nombre. Era poco menos que una aldea de pescadores. Al no haber en el mundo otros pueblos con los que comerciar, la aldea no era próspera, aunque era la más próspera del mundo. La calle principal del pueblo se llama Avenida del Séptimo Alcalde, en honor al séptimo alcalde que tuvo el pueblo y que es, después del Onofre, el personaje más notorio de la localidad. Ocurre, no obstante, que tanto ese reconocimiento como el nombre de la calle sucedió muchos años después de la muerte del personaje y ya nadie recordaba su nombre, por lo que hay que referirse a él como el alcalde séptimo, el séptimo alcalde, o como dicen ahora los progres intelectuales del pueblo, el alcalde que sucedió al sexto alcalde.
Se le atribuye a este personaje la iniciativa de salar y almacenar el pescado sobrante para negociar en el futuro con los pueblos que fueran apareciendo en el mundo.
Llegaron a tener tanto pescado almacenado que el eje del planeta se inclinó varios grados dando lugar con ello a la deriva de los continentes.
Una mañana, cuando se despertaron, el pueblo estaba en medio de un páramo y el mar había retrocedido cuatrocientos kilómetros hacia el sur.
Tardaron veintidós mil años en comerse todo el pescado y aun hoy día, nacen en el pueblo mujeres que cuando se quedan embarazadas en vez de dar a luz un niño desovan huevos del tamaño de pelotas de pin pon sobre una piedra.
La fundación del pueblo se le atribuye al Gran Blow, primer personaje de la historia del mundo que construyó una casa. Los que vivían esparcidos a su alrededor se preguntaban asombrados: ¿quién es ese que no se moja cuando llueve y caga escondido?, a lo que otros respondían: “pues es Blow”. Como aquellas gentes salvajes eran un tanto primitivas de léxico, la respuesta sonaba como “pu´e Blo” y de ahí el nombre de pueblo.

IV

Onofre se escapó de casa por primera vez cuando tenía seis meses. Soñaba con regresar a los lugares donde nunca había estado, pero como era muy pequeño y aún no andaba, sólo pudo llegar hasta el otro extremo de la cuna. Allí fue recogido por un individuo que paseaba buscando níscalos y al que llamaban El Caminante. Cuando volvió Actea a casa se encontró con que Onofre no estaba en su cuna. Salió a buscarlo al patio y descubrió a un hombre subido en la higuera. Actea se plantó a la sombra del gran árbol y alzando la mano lo cogió de los huevos.
- ¿Quién eres? – Preguntó, más nadie respondía. Estrujó los huevos y dio media vuelta a la mano.
- ¿Quién eres? - Volvió a preguntar. Como nadie respondía, dio media vuelta más a la mano.
- ¿Quién eres? - Preguntó de nuevo. Entonces se oyó una voz ronca y ahogada.
- Soy el mudo, soy el mudo.
- ¿Por acaso no tendrás tú a Onofre?
- Sí – sonó como una especie de graznido atormentado.
- ¡Ah! pues bájalo de inmediato que tiene que comer.
En el pueblo se considera este hecho como un milagro y es llamado el Milagro de la Higuera.
Como todos los milagros es irrepetible.
Después de aquello, miles de mudos llegaron en peregrinación hasta la casa Actea para que ésta les retorciera los huevos. Ninguno consiguió hablar. Tan sólo en una ocasión se obtuvo un bramido agudo de uno de ellos, pero se constató que no era un mudo sino un sordo que no había entendido bien el contenido del milagro.

Onofre fue el que le puso nombre a las cosas. Para diferenciar a las gaviotas de los alcatraces llamó, a las primeras, alcatraces y a los segundos gaviotas. Para diferenciar a unas gaviotas de otras, a la primera gaviota que vio la llamo alcatraz número uno, a la segunda alcatraz número dos y así sucesivamente. Como en aquellos años había en el mundo muchas gaviotas, cuando se le acabaron los números desarrolló el sistema alfanumérico que ha llegado hasta nuestros días y que hoy utilizamos en las matrículas de los coches. Fue precisamente el alcatraz número 767-AB la gaviota que salvó a Onofre de una muerte segura cuando se escapó de casa por segunda vez.
Tenía a la sazón seis meses, dos horas y cuatro minutos y acababa de comer.
El caminante había llenado una palangana con agua salada y había metido en ella los huevos mientras Actea, con un cuchillo jamonero, se sacaba de las uñas los pedacitos de piel que el mudo había perdido en el suceso. Actea dejó el cuchillo jamonero junto a la cuna mientras le untaba al caminante en los huevos un ungüento a base de extracto de mandrágora que picaba de mil demonios.
Onofre pensó que para su nueva aventura ese cuchillo podría resultarle útil y fue a cogerlo, pero como aún era muy pequeño resbaló precipitándose sobre la impresionante herramienta.
En ese momento entró por la ventana de la habitación la gaviota alcatraz número 767-AB lanzándose en picado sobre la palangana.
En su voraz apetito, la gaviota había confundido el pene del caminante con un pescadito.
El mudo, que hasta ese momento solo había pronunciado siete palabras, al sentir el espantoso picotazo soltó todo un rosario de improperios. De un salto hacia atrás se dio media vuelta, cogió el cuchillo por el extremo afilado y le lanzó a la cabeza de la gaviota un golpe seco con el mango. Pero la gaviota ya había soltado su presa, por lo que el mango del cuchillo fue a dar contra el prepucio del pene.
El alarido se escuchó en el tercer planeta del sistema de Sirio, donde fue tomado por una advertencia de amenaza.
Dos meses después llegaba a La Tierra la primera oleada de ovnis y los extraterrestres invadieron la baja Mesopotamia, fundando la civilización siria que durante tantos siglos domino las tierras entre los ríos Tigris y Eúfrates
Fue así como Onofre salvó por primera vez su vida.

V

A medida que iba pasando el tiempo, Onofre se hacía cada vez más joven.
A la edad de seis años era prácticamente un niño. Era tan feo que en el pueblo empezaron a llamarle Oh-No-Que-Feo. Menos mal que su aspecto empeoró con los años y aquella etapa difícil se perdió en la noche de los tiempos.
A los ocho años Onofre inventó el colegio y a los ocho años y una semana los niños del pueblo casi lo matan de una paliza.
Onofre acababa de cumplir diez años cuando vivió sus primeras navidades. Todo el pueblo apareció cubierto de blanco. Onofre pensó que era azúcar. Llenó un gran saco y se lo llevó a casa. Actea, convencida por las explicaciones de su hijo, echó aquel mineral blanco en el café. La infusión no se endulzó en absoluto pero acababa de nacer el café helado que después sería conocido en todo occidente como café granizado o café con hielo.
Como aún faltaban muchos siglos para que naciera Jesucristo, en la plaza del pueblo pusieron un Portal de Belén con la Virgen María embarazada y San José construyendo una cuna. Este modelo de Belén se mantuvo hasta que nació el Niño Jesús.
El día de año nuevo, cenaron todos en casa de Actea. La familia de Onofre estaba emparentada con la familia de Asclepio por parte de padre y con la de Eaco por la rama de Actea. Como ya hemos dejado entrever, Asclepio y Eaco eran hermanos, descendientes de la sufrida estirpe de los Cuernos. Pero además, Eaco era primo de Actea, abuelo de Afrodita, tío de Onofre y padre de Ceres. Ésta era a la vez madre de Afrodita, tía de Onofre y de Taumante. Afrodita y Onofre eran por tanto primos.
Anfímaco sólo estuvo unas horas con ellos, ya que al llevar muchos años muerto rápidamente le entraba melancolía y se ponía triste y pesado; según se cuenta, había encontrado novia en un plano diferente de existencia y aquella noche entrañable cenó con sus suegros.

Debemos de entender que en aquellos primeros años el mundo aún estaba a medio hacer. Los hombres y los dioses vagaban confundidos y los muertos aún no tenían un lugar fijo asignado.
A la cena fue invitado Madeo y su hija Ariadna, la primera maestra de escuela que tuvo el pueblo.
Ariadna fue elegida por sufragio universal entre los habitantes de la aldea para impartir las disciplinas de geografía e historia. En la votación se tuvo en cuenta que Ariadna fue raptada de pequeña por un lobo que la sacó de la aldea.
Tardó cincuenta años en volver al pueblo y dijo haber llegado más allá de donde se acaban los árboles y haber conocido humanos salvajes que hacían agujeros en el suelo y se follaban la tierra para germinarla. Los niños que nacían de ese modo tenían que ser regados dos veces al día y en vez de huevos debajo del pene les crecían dos kiwis que podían cortarse cuando estaban maduros y volvían a crecer al año siguiente.
A Onofre se le salían los ojos de las órbitas escuchando aquellas historias y sólo pensaba en el modo de escapar de casa y viajar hasta donde están las cataratas que bordean el mundo; el sitio donde el mar se precipita sobre el universo y apaga con su agua salada la luz de las estrellas al nacer el día.

VI

Onofre supo que había llegado la hora de hacerse mayor y marcharse del pueblo para vivir sus propias aventuras el día que dio por concluida su obra cumbre: el reloj del campanario de la casa consistorial, que por aquellos días tenía como inquilino a Madeo. Fue este alcalde el que le encargó el trabajo después de tener que anular dos juntas municipales porque cada uno de los cincuenta vocales del ayuntamiento llegó a una hora distinta y todos estaban convencidos de haber sido puntuales.
En aquellos años los días constaban de ocho grupos de seis horas cada uno a partir del momento en el que el gallo cantaba tres veces. Entre cada grupo de seis horas había un receso atemporal que se dilataba hasta el momento en el que la mitad más uno de los vecinos del pueblo se encontraba en la calle.
La maquinaria que tuvo que construir Onofre para crear un reloj capaz de medir con precisión aquel complejo sistema horario fue colosal. Constaba de tres billones y medio de piezas y podía distinguirse con claridad desde Saturno.
Se invirtió en aquello tanto material metálico que el pueblo volvió a la edad de piedra.
La estructura para sostener el reloj se realizó en granito y mármol blanco. Cuando se acabó la obra la cantera abrazaba la esfera terrestre en un arco de 180 grados de longitud este-oeste. Con el tiempo la cantera se inundó dando lugar al océano pacífico que hoy conocemos.

Todo el pueblo salió a despedir a Onofre el día de su marcha. Le llevaron huevos, pan y carne salada para el viaje.
La banda municipal, compuesta por un único músico, interpretaba al arpa una irreconocible versión de “Cuando un Amigo se va”. Onofre prometió que en cuanto naciera el Niño Jesús y la cristiandad se impusiera en el mundo, desarrollaría un trineo volador para que Noel, el de la juguetería, pudiera exportar sus fabricados a todo el mundo cuando las tierras del hemisferio norte se cubren de azúcar helada. Prometió volver antes de que el reloj atrasara un segundo y contar historias como las que conocía Ariadna.

VII

Salió Onofre a la mar en una pequeña barca de una sola vela, con el casco construido en forma de panal de abeja. En cada hueco octogonal llevaba un barril de una bebida diferente y bajo ellos almacenaba la comida. En el mascarón de popa Onofre había construido una grúa de funcionamiento eólico que utilizaba para izar los barriles y extraer la comida que había bajo ellos.
Onofre se llevaba muy bien con él mismo por lo que la soledad de la travesía apenas mermó su ilusión por el viaje. Es cierto que, en ocasiones, echaba en de menos aquellas cosas que nunca tuvo y que, en parte, eran el motivo de sus ansias de aventura.
Las gaviotas lo acompañaron durante varias millas mar adentro.
Al cabo de tres días se encontraba ya completamente solo y aturdido por la inmensidad del océano.
La noche del séptimo día Onofre oyó el cantar de las sirenas y estuvo hasta bien entrada la madrugada buscándolas en largos y nerviosos paseos de babor a estribor. Había oído en el puerto del pueblo historias sobre pescadores náufragos que salvaron su vida gracias a aquellos hermosos seres. Tras tres días de búsqueda, y frustrado por lo inútil de su empeño, Onofre montó en cólera.
Decidido a encontrar una sirena como fuera, decidió pescarla y pedirle después disculpas por su rapto.
Echó al mar pedacitos de pan mientras que con su mano izquierda (Onofre era zurdo) blandía una estaca, esperando darle con ella a la primera sirena que sacase la cabeza del agua para comerse el pan. Pero sólo acudieron peces a la cita. Pensó que tal vez a las sirenas les resultaría irresistible una merienda a base de pastas de harina con licor de manzana. Al fin y al cabo, eran medio mujeres y por tanto deberían ser, como mínimo, medio golosas por naturaleza.
Se puso rápidamente manos a la obra. Abrió una caja de pastas y las fue emborrachando de licor de manzana. Según las iba terminando las echaba a un cubo. Después una a una las fue echando al mar.
Al cabo de poco rato emergió de las profundidades una cabeza calva y brillante, con un color como de oro. Onofre agarró con fuerza la estaca y le lanzó un golpe certero. El impacto produjo un sonido metálico y el buzo se hundió como plomo.
- ¡Eh! ¿Hay alguien ahí? - Preguntaba Onofre- Ha sido sin querer. Salga del agua que se va a mojar mucho y no está el tiempo como para andar jugando con la salud. Suba a mi barca que yo le salvaré del mar.
Segundos más tarde el buzo emergía de nuevo a la superficie sin conocimiento. Onofre nunca había visto un buzo, por lo que pensó que se trataba de alguna variedad de sirena condenada a la calvicie por un pecado terrible.
Utilizando la grúa sacó al buzo del agua y lo tendió en cubierta. Pudo comprobar que tenía una segunda cabeza dentro de la cabeza metálica y que en su espalda se alzaba una joroba. Decidió que se trataba de algún animal marino emparentado con los camellos, así que abrió un saco de hierba buena, que llevaba abordo para aderezar los daikiris, y le puso un montoncito al lado de la cabeza para que tuviera algo que comer cuando despertara. En el pueblo, pensó, no se lo van a creer cuando lo cuente.
Cuando el buzo recuperó el conocimiento, Onofre estaba sentado a su lado tanteándolo con un palo y escrutando atentamente sus reacciones.
El buzo se llevó las manos a la cabeza y se desenroscó la escafandra. Onofre quedo atónito y paralizado por el horror. Una segunda cabeza de pelo negro y rizado emergió de la primera.
- ¿Donde estoy? –Preguntó el buzo
- Señor camello, está usted en la barca de Onofre. Se golpeó con la quilla y yo lo he salvado de ser engullido por la mar.
- Yo no soy un camello, pedazo de cafre, y esta cáscara de nuez no tiene quilla. Lo vi perfectamente antes del golpe.
- Pues se habrá golpeado contra un remo, señor hombre.
- ¿Qué esta diciendo? Esta embarcación tampoco lleva remos.
- Usted lo que quiere es discutir. Como siga poniéndose pesado lo tiro de nuevo al mar.
- Bueno, hombre, no se enfade. ¿Podría echarme de nuevo al mar? Tengo mucho trabajo que hacer hoy.
- Ahora no quiero. Me ha puesto usted de mal humor y en estas circunstancias no soy capaz de tirar a nadie al agua.
El buzo se incorporó, se quito su traje y quedándose en bañador se sentó junto a Onofre.
-Está bien. Usted gana. Además me vendrá de perlas descansar un ratito. Siento un mareo terrible.
- Será por el golpe que se ha dado.
- Que va. Es por unas esponjas marinas con sabor a manzana que me he comido.
- Pues yo no se nada del mar, así que no puedo ayudarle – se disculpó Onofre mientras escondía tras de sí el cubo de las pastas.
- ¿Que son ese montón de hierbas que hay en cubierta? - Preguntó el buzo
- Son su comida -respondió Onofre con cierto gesto de desconcierto.
- ¿Acaso cree usted que soy una cabra?
- No. Creía que era un camello.
- ¿Un camello en el mar?
- No. Un camellito de mar.
- ¿Ha visto usted alguna vez un camello?
- No, pero Ariadna me contó que tienen joroba, como la que tenía usted cuando lo subí abordo. Por eso pensé que podría ser usted algún tipo de camello.
- Ya. Y Ariadna es... ¿Su novia?
- No, ni mucho menos. Es la maestra de mi pueblo.
- ¡Ah! Tiene usted un pueblo.
- En realidad no es mío. Es de todos los que allí vivimos.
- ¿Entonces por qué dice “mi pueblo”?
- Porque también es mío.
- Debería haber dicho “nuestro pueblo”.
- No, porque eso significaría que también es suyo. Y a usted nunca lo he visto por allí.
- Es que últimamente no salgo mucho.
- ¿Trabaja usted en el mar?
- Sí, llevo años trabajando en el mar. Soy capataz de un equipo de trabajo. Sí señor, un buen equipo – el buzo parecía satisfecho de cómo le rodaba la vida.
- ¿Y que hacen allí?
- Estamos solando el mar y haciéndolo estanco.
- ¿Y cobra usted mucho?
- ¿Por qué lo pregunta; acaso le interesaría a usted trabajar construyendo el mar?
- No. Soy alérgico al agua; me impide respirar.
- Trabajamos a destajo y cobramos por metro cuadrado de mar solado. El sueldo es una porquería pero los del sindicato ya han amenazado con que si no cambian las cosas, para la próxima primavera convocarán una huelga general.
El mar empezaba a picarse y la barca se mecía de un lado a otro como el péndulo de un reloj de pared. El cielo se cubrió rápidamente de negros nubarrones y la brisa se convirtió en un viento trémulo que dio paso después a un viento huracanado. Se levantó un oleaje tan desaforado que lo peces picaban en las estrellas.
- ¿Ha visto usted por ahí abajo sirenas? -Preguntó Onofre gritando para hacerse oír en medio de la tempestad.
- Claro que sí; tenemos muchas.
- ¿También trabajan construyendo el mar?
- Bueno, podría decirse que sí - cada vez tenían que gritar más porque el estruendo del mar era ya casi insoportable.
- ¿Es cierto que la parte inferior de las sirenas es como la de un pescado?
- No. Eso no es así; la parte inferior de las sirenas es metálica y va roscada a la pared.
- Que barbaridad más inhumana. ¿Y por qué no las sueltan?
- Porque el mar se las llevaría lejos y entonces no sabríamos cuando ha llegado la hora de comer.
Una ola gigantesca elevó la barca varios cientos de kilómetros sobre la superficie y bajo ella se abrió un abismal agujero negro. Mientras la barca caía de nuevo al mar, Onofre se metió en un barril de agua potable casi vacío. El buzo se metió en el de licor de manzana que estaba aún abierto y en el que quedaban un par de cuartas de líquido.
- Ya se a qué se dedica usted- le dijo el buzo gritando desde dentro del barril.
- Ah, sí. ¿Y a qué me dedico?
- A la recolección de esponjas marinas con sabor a manzana. Lo sé porque está aquí el barril donde las guarda.
- Se equivoca. Ese barril apareció un buen día ahí, sin que nunca haya sabido yo como ha llegado abordo.
La embarcación golpeó violentamente contra el mar y se hizo añicos, dispersándose los barriles sobre la superficie cubierta de espuma. Un relámpago rasgó el cielo seguido de un ensordecedor trueno similar al eructo de un dios henchido de cerveza. Rompió a llover como si nunca hubiera llovido y la tormenta se mantuvo durante cuarenta días y cuarenta noches.

VIII

Los barriles dieron varias vueltas al mundo y Onofre, que había adquirido gran presteza en pescar a mano, vio por fin las cataratas donde se acaba el mar. Según los libros de historia que muchos años después escribieron los sabios de la primera humanidad y que, lamentablemente se perdieron para siempre en el gran incendio de la biblioteca de Alejandría, Onofre fue el primer hombre que constató que la tierra era, no sólo redonda sino, además, hueca. Las cataratas del fin del mundo se encontraban en los polos y era el lugar donde se producía el intercambio de aguas entre los océanos exteriores y los mares del interior de la tierra.
Como todo el mundo sabe, algunos de estos libros fueron salvados del incendio por una sociedad secreta (la hermandad Onofre) y, muchos años después, cayeron en manos del Tercer Reich De ahí el empeño de Hitler por enviar una expedición submarina cuya misión no era otra que encontrar la entrada al interior de la tierra; un lugar fantástico que se suponía rico en inmensos tesoros.
Dos años y siete meses estuvieron los barriles dando vueltas al planeta siguiendo las caprichosas corrientes marinas. Al cabo de ese tiempo fueron rescatados por un arca en el que viajaba un tratante de ganado al que llamaban Noe. Onofre lo vio desde el fondo de su barril acercarse a ellos como una silueta negra recortada sobre el fondo dorado del amanecer.
- ¡Eh!. El del barco. ¿Puede echarnos un cabo? -Gritó el náufrago
- No lo sé. ¿Puedo...? - Respondieron desde el barco
- Sí que puede.
- Es que no sé si llevo cabos abordo. Llevo ovejas, gallinas, gorrinos, pero cabos... No me suena.
- Bueno, pues échenos una cuerda.
- ¿Cuántos son ustedes?
- Uno por barril.
- No sé si a estas horas tan tempranas eso será aconsejable.
- O nos echa una cuerda o le abordamos el barco y después aténgase a las consecuencias – Onofre empezaba a perder la paciencia.
Seguían discutiendo cuando, del cobertizo que hacía de cabina, salió una hermosa joven y les echó una gruesa maroma de seda.
- ¿Que haces? -Le preguntó el padre- No te das cuenta de que son unos extraños.
- Sí, pero parecen tan vulnerables y abandonados.
- Esta noche te castigaré sin postre por ser tan respondona.
La joven se metió de nuevo en la cabina y rompió a llorar. A duras penas, Noe subió a los náufragos al barco. De pasar tanto tiempo de cuclillas, los huesos se les habían engarrotado y no se les pudo cambiar de posición. El patriarca les dio de comer carne seca, pan de centeno y vino. Cuando estuvieron satisfechos comenzaron las presentaciones.
- Mi nombre es Noe -dijo Noe-. Viajo con mi familia y mis animales en busca de la tierra prometida.
- Yo soy Onofre y no recuerdo haberle prometido nada. Viajo con el buzo en busca de cualquier tierra capaz de soportar nuestro peso sin abrirse.
- Ya no queda nada de tierra. Todo ha sido inundado. ¿Usted debe ser el buzo? -Preguntó dirigiéndose al buzo
- No. Mi nombre es Nemo. Soy capataz y trabajo en el mar.
- ¡Ah! Es usted pescador
- No, trabajo en el ladrillo.
- Esta es mi familia -continúo Noé señalando a tres jóvenes y dos mujeres que estaban sentados frente a ellos-. Mis hijos Set, Cam y Jafet. Mi mujer y mi hija adoptiva Sara.
En aquella remota época, muchas mujeres aún no se habían ganado el derecho a tener nombre. Noe nunca supo el nombre de su mujer ni se preocupó por otorgarle algún otro. Cuando estaba de un humor aceptable, que eran las menos de las veces, simplemente la llamaba “Mujer”. En su estado natural de iracundo insoportable solía emplear pronombres calificativos compuestos como: ven aquí “Hembra del Infierno”; aléjate de mi lado “Dolor de Muelas”; ¿qué has hecho de mis pantalones, “Diarrea Galopante”? A la mujer todo esto no sólo no le molestaba, sino que incluso le divertía y atizaba el fuego del enfado de su marido con inocentes salidas de tono del estilo: “¿Como pretendes que follemos ahora con el pedazo erección que tienes?”.
En cuanto a Sara, había ingresado en la familia hacía apenas unas semanas. Su padre, Jeremías el Hebreo, la había mandado a pasar el verano a casa de su hermano Noe, después de haber superado con éxito los exámenes de acceso a la universidad en el colegio mayor más pijo de Babilonia. La sorprendió allí el Diluvio Universal y Noe la echó al arca con todo lo demás. Sara era con mucho lo más hermoso que Onofre había visto jamás. No tenía bigote, como Ariadna, ni verrugas como Actea. Su cabello era dorado y sus pezones puntiagudos amenazaban con rasgar la seda de su túnica blanca. Onofre, desde su posición de cuclillas, no pudo evitar que se le montara la tienda de campaña. Noé, percatándose del suceso le dijo a Sara.
- Vete abajo
- Pero papa. Osea, ¿Por qué?
- No discutas y mañana quedas castigada sin postre.
- Osea, no eh... - replicó entre sollozos Sara y se fue escaleras abajo gimiendo.
- Es usted muy duro con la muchacha -intervino el buzo -. Por cierto; ¿Qué hay de postre?
- Aquí no comemos nunca postre. Este es un hogar respetable - sentenció Noé y añadió dirigiéndose a Onofre. ¿Tiene usted mujer esperándole en algún sitio?
- No, no tengo mujer.
- ¿Novia, tal vez?
- Tampoco
- ¿Acaso es usted gay?
- No lo sé. Hubo un tiempo en que estuve enamorado de Afrodita: mi prima. Ella es puta, ¿sabe?
- Bueno, pues siendo puta debe serle bastante fácil a usted acceder a sus placeres.
- No lo crea. Desde que murió Anfímaco sólo acepta clientes negros. Dice que es para guardar el luto.
Aquella noche los náufragos durmieron como lirones. Onofre, en sus sueños, veía aquella túnica blanca flotar sobre las aguas tranquilas de un estanque y emerger de entre los nenúfares una muchacha desnuda que con los brazos abiertos le decía “ven a mí”.

El primero de los náufragos en despertar fue el capataz Nemo. El aire fresco de la mañana traía aromas de tocino asado y café. La mar estaba tranquila. Devoró el desayuno en compañía de Set, quien le contó que su padre era nieto de Mahoma y que Sara, su hermana adoptiva, estaba prometida a un tal Moises, un hombre muy viejo que se dedicaba a la confección de tablillas de arcilla.
Poco a poco se fueron incorporando al desayuno que preparaba Noe los demás miembros de la familia, y también Onofre, que aún no había conseguido desmontar la tienda de campaña. Onofre se sentó junto a Sara, bien pegadito a la mesa para que no se le notara la erección. El buzo contaba cómo se convirtió en hombre de las profundidades del mar.
- Fue durante un viaje de vacaciones a Iberia que hice con mi mujer, dos semanas después de habernos casado - contaba el buzo -. Yo era ingeniero de barcos en el puerto de Marsella y ella una estudiante belga, de la aldea de Amberes para más señas, que se encontraba en el mediodía francés por un intercambio de estudiantes.
- ¿Y que tal mujer era aquella belga en la cama? -Preguntó Josef suplicando más detalles, pues llevaba ya varios días contando los minutos que faltaban para arribar al puerto de Sodoma y, en su calenturienta imaginación, ya había planeado organizar una orgía que hiciese época.
- Bestia -Le reprochó su padre- Mañana ...
- Sí, ya lo sé Papa -le cortó el hijo-: mañana estoy castigado sin postre.
A todo esto, Onofre, por debajo de la mesa le metía mano a Sara, que se hacía la remolona como si no lo notara, aunque dos círculos rojos aparecieron claramente en sus mejillas y los ojos empezaron a brillarle como bañados por un claro de luna.
- Pues la verdad -continuó el buzo- es que no llegué ni a tocarla.
- ¿Pues que pasó? -Solicitó Cam intrigado.
- Se me perdió
- ¿He oído bien; dices que se te perdió? -Exclamó Josef perplejo- Pero hombre, se pierde un reloj, la memoria, un calcetín; pero una mujer ...
- Y sin catarla aún -añadió Set-. Anda que se me iba a perder a mí una mujer en esas circunstancias.
Onofre, que había empezado el magreo poniendo su mano en la rodilla de Sara, ya había llegado hasta las ingles por debajo de la túnica. La respiración de la muchacha se hacía dificultosa, entrecortada por algún suspiro. Sara evitaba mirar a los demás y mucho menos aún a Onofre. Se concentraba en otear el horizonte marino, el cielo, que aquella mañana estaba de un cian insultante, y el techado cañizo de la cabina. Onofre pensaba para sus adentros: ¿es posible que no se esté dando cuenta?
- Cuéntanos cómo perdiste a tu mujer -ordenó Noe.
- Pues como iba diciendo, fue durante un viaje de vacaciones en un resort de Torremolinos. Cansados ya de la playa y de las clases de sevillanas que impartían en la piscina del hotel, me la llevé a la habitación y le rogué que consumáramos nuestro matrimonio. Ella aceptó encantada; “creí que no me lo ibas a pedir nunca”, me dijo. Era una mujer inteligente e inquietante. Para darle mayor emoción me propuso un juego; el escondite. Ella se escondería desnuda y cuando yo la encontrara fingiría oponer resistencia; “quiero que me poseas salvajemente”, me rogó.
- Y en ese momento un ladrón entró en la habitación y la raptó -improvisó Josef.
- No - respondió el buzo.
- Se la llevaron unos bandoleros para pedirte el rescate - intervino Set
- ¡Que no, carajo! Que no la raptó nadie - concluyó el buzo.
A todo esto, la mano de Onofre había encontrado ya la cueva de las humedades de Sara y su dedo entraba y salía del paraíso como el percutor de un M16 en una prueba de tiro al blanco en modalidad de ráfaga. Sara apenas podía ya mantener el equilibrio sobre su asiento y su cuerpo se balanceaba acompasado por el vaivén de la mar. De sus ojos, abiertos y redondos como platos de ensalada, escaparon dos densos lagrimones.
- ¿Por lloras, hija? - Preguntó la mujer de Noé.
- La historia del buzo. Osea, me ha emocionado.
El buzo, que estaba sentado a su izquierda (Onofre lo estaba a la derecha) sintió la mirada abrasadora de Sara y le puso la mano en la rodilla por debajo de la mesa. Sara lo miró horrorizada y éste retiró la mano de inmediato.
- Como iba diciendo -continuó el Buzo su historia-, me tumbé boca abajo en la cama, con la cabeza apoyada sobre un brazo para no ver dónde se escondía mi amada. Conté hasta diez y me levanté dispuesto a ejercer mi legítimo derecho conyugal –Nemo se quedó en silencio, abstraído con el recuerdo de aquella tarde.
- ¿Y? – Cam le invitaba a continuar.
- ¡Maldita sea! No conseguí encontrarla.
Onofre había reanudado las manipulaciones y Sara intentaba disimular sus acaloramientos jugueteando con una tajada de tocino que había cogido del plato de los desayunos. Le sobrevino en ese instante un orgasmo tan feroz como juvenil y al intentar concentrar sus fuerzas en la mano con que tenía asido el tocino, tanto lo apretó, que éste se escurrió como un pez, salió disparado de la mano y le pegó a Noé en un ojo. El pecho de la muchacha subía y bajaba a cortos intervalos, mientras su lengua trataba de humedecer unos labios que a cada golpe de respiración se volvían más secos. Colorada como un tomate y con la frente sudorosa se levantó tambaleándose. La pierna derecha le hacia la moto sobre una tabla mal rasada de la cubierta. Miro a su padre adoptivo y dijo:
- Osea, lo..., lo siento, jo.
- Si no sabes comportarte como una persona es que eres aún un animal, así que coge tu desayuno y vete a la cuadra de proa a terminarlo -ordenó Noé.
- Osea, jo. Ha sido sin querer.
- ¡Estaría bueno que hubiera sido a propósito! Vete con los animales y no discutas.
Sara cogió el tazón de café y se deslizó tambaleándose hacia las escaleras. Antes de salir le dedicó a Onofre una maliciosa mirada.
- ¡Voto a Brios, Buzo! Concluye tu historia de una vez -instó el patriarca al narrador mientras se despegaba la tajada de tocino del ojo.
- No hay mucho más que contar. La busqué por toda la habitación, que era ciertamente pequeña, durante más de semana. Al final me di por vencido y regresé a mi casa. Fue allí, en un bistró del puerto de Marsella, entre botella y botella de Chateau Lafite Rothschild del cuarenta y cinco, donde me percaté de que no había mirado en el armario.
- ¡Por todos los piratas de los mares del sur, Buzo! Tu comportamiento al abandonar así a la mujer no tiene redención - exclamó Noe.
- Lo sé, por eso me eché a la mar; al fondo de la mar.
- ¿No volviste a buscarla? -Preguntó Josef.
- Sí, pero el hotel había renovado su mobiliario. Los muebles viejos se los regalaron a un trapero.
Onofre se levantó a duras penas de la mesa, pues aún duraba su agarrotamiento en las rodillas y la erección persistía. Apoyó la bandeja de su desayuno en el pene y tapándose con la servilleta se disculpó.
- ¿Me perdonan? Voy a estirar un poco las piernas.
- Pero ¿Cómo?, ¿No vas a escuchar el final de la historia? - Interrogó Set.
- El capataz Nemo me la contará otro día -replicó Onofre.
- Está bien. Déjale que se vaya. Por favor, Buzo, continúa con tu narración -suplicó Jasef.
- A duras penas, y tras varios sobornos, conseguí que el gerente del hotel me facilitara el número de teléfono del trapero. Le llamé y no pareció sorprendido cuando le pregunté por mi mujer. El muy caradura lo único que dijo fue: “Santa Rita Rita, lo que se da no se quita”.
- ¿Y qué fue lo que hiciste entonces, maldito truhán? – Interrogó Noe
Onofre, en cuanto salió de la cabina arrojó los cacharros del desayuno por la borda y se dirigió disparado a las cuadras. Encontró en ellas, como esperaba, a Sara. Ésta, al verle entrar, se hizo la distraída, pero Onofre la abordó por detrás y agachándola sobre el abrevadero de las bestias la penetró salvajemente. Cuando notó que le sobrevenía la eyaculación sacó el pene del interior de la muchacha, pues había prometido también, como su padre, su abuelo y el abuelo de éste, morir sin descendencia, y apuntó el chorro de esperma hacia el suelo. La eyaculación salió con tanta fuerza que atravesó el casco de la nave produciendo una importante vía de agua. Cuando Onofre se dio cuenta del destrozo desvió el chorro hacia el techo de las cuadras, que fue atravesado con la misma facilidad con la que una varilla incandescente atraviesa un papel de fumar. La polución escapó de la atracción terrestre penetrando en el universo profundo y fue a parar al tercer planeta del sistema de Sirio. Allí fue tomada por un ataque terrestre con armas biológicas. A los dos meses llegaba a la tierra la segunda oleada de ovnis y extinguía a los dinosaurios, a los que por su tamaño y dominio en el planeta tomaron por responsables del suceso.
- No pude hacer nada -continuó El Buzo-. Destrozado por los acontecimientos volví a Francia. Era yo presa de grandes vergüenzas y remordimientos y no encontraba un sitio en el que ocultar mis penas. Decidí echarme a la mar: donde nadie me viera, después de un suceso que me ocurrió en una taberna del puerto.
La vía de agua empezaba ya a escorar la nave. Onofre, dando rienda suelta a su pasión, olvidó su promesa y se lanzó de nuevo sobre Sara.
- ¿Qué fue lo que te pasó en el puerto? - Inquirió Set al Buzo.
- Pues estaba yo en la taberna admirando una extraordinaria cornamenta que había en la pared, cuando llegó a atenderme el tabernero. Gazpacho, le pedí. Y el me preguntó: “¿Con tropezones?” Sí con tropezones, respondí y añadí después: magnífica cornamenta la que adorna la pared ¿Pertenece tal vez a algún cérvido fabuloso de esos que pueblan la tierras de Lemurgia? “No hay ninguna cornamenta en la pared, señor –me contestó-: eso es un espejo. Me temo que las astas son suyas”. Ni que decir tiene que aquello me quitó el apetito.
- Fue entonces cuando decidiste echarte a la mar -intervino Noe.
- Si, pero la mar no era lugar lo suficientemente anónimo para mis vergüenzas. Así que decidí unir dos barcas por la borda, una boca arriba y otra boca abajo. Las sellé con brea y me sumergí en las profundidades negras del desconocido abismo marino. Con los años llegué a crear una ciudad bajo el mar y, uniéndome a unos bandoleros que hallé en las islas de los mares del sur, nos dedicamos largo tiempo al pirateo, abordando con nuestro sumergible a barcos que nos tomaban por ballenas asesinas.
- Pero ahora trabajas en la construcción... -recalcó Noe.
- Todos asentamos alguna vez la cabeza -reconoció el Buzo.- Supe por un amigo que el Gobierno Divino estaba concediendo trabajos de subcontratación a empresas con iniciativa. Me enteré de los requisitos y a los pocos meses, con el mundo recién pintado, me puse a solar el mar.
Onofre había dejado a Sara abatida sobre la paja y siguiendo el mismo modelo de los delincuentes en serie se fue cepillando, uno a uno, a todos los animales de la cuadra. La vía de agua era ya tal que la nave escoraba treinta grados a estribor.
- ¡El arca escora! - Grito Noé, y todos salieron corriendo a cubierta.
- ¡Tierra a la vista! - Avisó Jasef.
- No puede ser -aseguró asombrado Noé-. Todo ha sido inundado.
- Sí que puede ser -repuso el Buzo-. El mar aún no es estanco, por lo que el agua se cuela hacia las entrañas de la tierra. Eso que se ve a babor debe ser un monte que emerge de la mar.
- Cierto -ratificó Cam, que estaba consultando una carta marina-. Y por la latitud y longitud que llevamos, esas coordenadas indican que debe tratarse del Monte Ararat. Conseguiremos llegar antes de que el arca se hunda. Voy a avisar corriendo a Sara.
Cuando Cam entró en las cuadras, Onofre satisfacía su pasión en brazos de un oso hormiguero. Con los ojos inyectados en sangre miró sobresaltado al recién llegado, lo agarró por el cuello y le puso una chapa.

El arca de Noe embarrancó sobre las laderas del monte Ararat. Allí pasaron un par de semanas más. La situación era muy incómoda pues las laderas del monte estaban muy inclinadas y no se podían poner en pié ni aún a riesgo de caer al mar. El buzo construyó un pequeño bote con parte de la madera de la popa del arca y se lo concedió a Onofre. Para sí mismo se fabricó un nuevo sumergible, utilizando para ello las cajas de los abrevaderos de las bestias.
Onofre y el capataz Nemo se despidieron afectuosamente el uno del otro. Prometiendo escribirse en cuanto hubiera ocasión. Se despidieron igualmente de la familia Noé y, cada uno por su lado, se perdieron en el horizonte de un mar menguante y cristalino que iba tomando las formas de lo que hoy conocemos en nuestra geografía y aprenden los niños en el colegio.

IX

Por si el lector no ha caído aún en la cuenta, los años a los que se refiere esta historia pertenecen al amanecer del mundo y de los espacios. Algunas cosas funcionaban bastante bien; por ejemplo, amanecía casi todos los días, el aire era respirable en casi todos sitios y la lluvia caía del cielo cuando las condiciones atmosféricas lo propiciaban. En cambio otras, como el emparejamiento de las especies animales y vegetales, la linealidad del tiempo y del devenir histórico, así como los fenómenos físicos complejos, sólo funcionaban a medias y precisaban aún de muchos ajustes.
También había aspectos de la naturaleza que no funcionaban en absoluto, casi todos ellos relacionados con comportamientos interiores y sofisticados de las personas, los animales y las cosas. Nociones tan arraigadas hoy entre nosotros como la moral, la fe, la lealtad, la fidelidad, la electricidad, el agua potable o la factura del gas, eran en aquel entonces apenas esbozos.
El mundo aún no era del todo redondo y la geografía mudaba constantemente, sumergiendo unas tierras y emergiendo otras.
La mayor extensión de tierra era, por aquel entonces, el continente de Lemurgia, situado entre lo que hoy conocemos como la isla de Madagascar y Malasia. Fue allí donde los ingenieros de la vida montaron el primer laboratorio biológico y donde las primeras especies, tanto animales como vegetales, conocieron la existencia.
La otra gran extensión de tierra emergida era la Atlántida, situada entre lo que es actualmente la costa oeste de Estados Unidos y el norte de la costa este africana. La gran falla del Atlántico, producida por un error de cálculo de un geólogo de Lemurgia que colaboraba en la construcción de una gigantesca piscifactoría, partió el continente en dos. Las aguas socavaron el sustrato y toda la estructura del continente de la Atlántida se hundió bajo el mar.
Muchos rumores corrieron por aquellos años acerca de la intencionalidad de la catástrofe, pues era conocida la gran rivalidad que existía entre los tecnócratas de la Atlántida y los empíricos de Lemurgia.
Parte de los pobladores supervivientes de la Atlántida se refugiaron en las tierras que quedaron emergidas, existiendo hasta bien entrado el siglo XV de nuestra era. Son los conocidos guanches que poblaron las Islas Afortunadas hasta que los godos los extinguieron.
Algunos ejemplares que estaban en proceso de ser revisados buscaron tierras altas más al oeste. Tenían un RH distinto, nacían con una xapela en la cabeza y fundaron Bilbao.
La aristocracia atlántica emigró hacia las tierras emergidas al sur de lo que había sido el continente hundido. Fundaron allí Nueva Atlántida tomando posesión del reino de los acorianos, a los que subyugaron a su tecnocracia. No pudieron, sin embargo, hacerse con el gobierno de una pequeña isla situada frente a sus costas, a pesar de mantener con ellos una guerra que duró cientos de miles de millones de años y a pesar de su abrumadora superioridad, tanto técnica como numérica.
Llamábase aquella isla Utopía y estaba regida por un rey que lo era además, y en virtud de una antigua alianza, de los acorianos. La razón por la que los atlantes de Nueva Atlántida no consiguieron nunca conquistar Utopía es que ése era el lugar elegido por el Gobierno Celestial para desterrar a los dioses que cometían fechorías en el Olimpo.
Pasaron allí un tiempo, entre otros seres de la divinidad, Mercurio y Apolo, también conocidos como Hermes (Mercurio), llamado así por su hermetismo a la hora de revelar donde escondía las cosas que robaba (llegó a robarle el cetro del poder a su propio padre, Zeus) y Febo (Apolo), nombre que recibía por haber nacido en Febe, uno de los satélites del planeta Saturno.
Así, los atlantes mandaban una y otra vez sus tropas y navíos contra la pequeña Utopía, pero una y otra vez los mares se encabritaban, las tierras se habrían y del cielo caían cascotes del tamaño de un televisor de veintiocho pulgadas. Utopía terminó por derrotar a los atlantes y liberar Corintia.

En esas intrigas se movía la historia cuando llegó Onofre con su barca hasta las playas de fina arena blanca, flanqueadas de palmeras que llegaban hasta el mar, de la isla de Utopía. Vio nuestro protagonista a unos pescadores que limpiaban y reparaban una gran red extendida en la arena.
- Saludos, buena gente. ¿Me podrían decir qué tierra es esta y dónde hallar puedo descanso y restauración para mis huesos, pues llevo ya muchos meses en la mar y añoro las comodidades que los dioses pusieron sobre la tierra firme? - Preguntó el entonces barbudo Onofre, al que, por efecto de tanto tiempo en el mar, el suelo se le movía bajo los pies.
- Saludos. Está usted en la isla de Utopía. No hay aquí posadas, ni mesones, ni nada que se le parezca - respondió el más viejo de los pescadores-. Pero puede usted acercarse al castillo de Salem; Allí le proporcionarán asilo y comida.
Le dieron de beber zumo de coco de un odre fabricado con corteza del mismo fruto y le indicaron el camino del castillo. Llevaba media jornada andada cuando fue alcanzado por una caravana que se dirigía al mismo destino. Estaba formada por cuatro jinetes espléndidamente vestidos que precedían a un coche tirado por ocho caballos, cuatro blancos y cuatro negros, colocados como los escaques de un tablero de ajedrez. Detrás del coche, otros seis jinetes formaban una escolta en formación de a dos. Tras éstos, viajaban gentes en sus bestias, pajes, trovadores, campesinos, pescadores y algunos carros tirados por mulas que transportaban familias y damas de compañía.
Quedó Onofre perplejo ante la procesión, no sólo por las gentes, sino también por sus ropajes, sus canciones y sus aperos. Al llegar a su altura, el carro de los ocho corceles se detuvo, se descorrió una cortinilla y una dama, joven y hermosa, apareció tras la ventanilla.
- ¿Hacia dónde se dirige, buen hombre? - Preguntó la dama con una voz que era un hilito
- Voy al castillo, señora - respondió Onofre.
- Puede acompañarnos, si le place. Llevamos el mismo camino.
- Nunca viajo con desconocidos.
- Yo tampoco le conozco a usted –respondió la dama un tanto ofendida por el comentario del barbudo vagabundo-. No lo he visto nunca por estas tierras. Jamás se me podría olvidar una cara tan fea.
- Gracias por vuestra franqueza, señora. Pero he de advertiros que desnudo gano mucho.
- Insolente -respondió ella-. En Utopía siempre decimos lo que pensamos y siempre decimos la verdad. De todos los delitos que pueda usted imaginar, el único que se castiga con la muerte es la mentira.
Onofre quedó perplejo ante el acceso de ira de aquella mujer. La dama hizo que se detuviera la caravana y mandó a dos de sus capitanes que la escoltaran mientras descendía del carro.
- Este hombre me ha hecho diana de una afirmación que pongo en duda. Voy a exigirle que demuestre la veracidad de lo que asegura. Si no estoy satisfecha, matadlo - ordenó la dama a sus capitanes con un hilito de voz que era, a la vez, dulce y perverso.
Onofre temió por su vida. Y no porque hubiera dicho una mentira, sino que, conocedor como era de la soberbia humana, imaginó que bien podría negar la dama, por orgullo femenino, lo que, sin duda, a sus ojos resultaría evidente.
- Permitidme, al menos, bella señora, que rasure mis barbas y adecente mis cabellos, pues llego de un largo viaje y mi apariencia no refleja mis verdaderas formas.
- Permiso concedido. Pararemos a comer y a descansar en este lugar. Dos horas después del mediodía se celebrará la vista; tres damas de mi confianza y yo misma evaluaremos la autenticidad de lo que decís o ejerceremos justicia sobre el engaño de que me habéis hecho víctima -miró hacia los hombres de su escolta y añadió-: Mis capitanes os vigilarán durante este tiempo.
- Gracias, adorable señora, pero en verdad os digo que no hacen falta tantas molestias. Estos hombretones parecen cansados y es seguro que bien agradecerán una restauradora vianda y una buena siesta.
- ¿Es así? -Preguntó la dama a sus esbirros.
- Es como dice el barbudo.
- Pues mi deseo es muy otro que veros descansar. Vigilaréis al fanfarrón; ya dormiréis cuanto queráis y más cuando hayáis muerto.
- Así se hará, Condesa.
Mientras los demás montaban el campamento, Onofre y sus dos guardianes bajaron hasta el río. El agua corría clara y transparente. Onofre se zambulló en el arrollo y comenzó a asearse con jabón de aceite que le habían proporcionado. Los dos capitanes se habían sentado junto a unos manglares, a unos cinco metros de donde se bañaba Onofre, y hablaban, como no, de mujeres y de batallas, de caballos y de castillos. Joh, era el de más edad; un tipo alto y desgarbado con una apariencia que distaba mucho de la que se espera de un militar. El otro, Dër, era bajito, bisojo, cabezón y paticorto.
- De joven yo era un romántico -decía Joh-. Un amoroso de esos que siempre van suspirando y que pasan las horas oyendo canciones que hablan de amores imposibles. Por eso me busqué una mujer romántica y soñadora.
- ¿Y te casaste con ella? -Preguntó Dër, que intentaba con una vara apartar las moscas de su cara.
- Sí, pero lo nuestro no duró mucho. Aquella mujer siempre estaba en la luna, se deprimía a menudo y me preguntaba constantemente: “Amor mío, si tanto me quieres, ¿por qué nuestro amor no puede ser imposible como el que cuentan las leyendas sobre esos grandes amantes épicos?”. Al final la abandoné. Y sé que la hice feliz con ello, pues tuvo así un gran amor imposible por el que justificar sus melancolías.
Onofre había terminado de asearse y utilizando un gran cuchillo de jamonero se disponía a rasurar sus barbas. Hizo una pequeña presa, en la orilla del arrollo, donde atrapar el agua y liberarla de su movimiento. Después se asomó al espejo del río y casi da un grito de terror al contemplar su propio rostro. ¿Quién es ese tipo tan feo? Se preguntó. “Recórcholis, si soy yo”. Hacía meses que no se miraba a un espejo y nunca antes se había visto con barbas. Además, tantos años expuesto al salitre del mar, al Sol, a los envites de las olas y a una rigurosa dieta de pescado crudo, le habían curtido la cara y oscurecido la piel.
- ¿Volviste a casarte? -Preguntó Dër
- Sí, pero esta vez me busqué una mujer dinámica, implicada, activa. Me casé con la directora de un banco. Una ejecutiva agresiva y ninfómana.
- ¿Y qué tal fue?
- Al principio muy bien. Nos fuimos de viaje de novios a una paradisíaca isla del Caribe, casi desierta, con playas inmensas, vírgenes y blancas -la mirada de Joh se perdía en la lejanía al tiempo que su cuerpo se empapaba con los recuerdos de aquellas épocas-. Fue maravilloso, pero mi mujer se cansó pronto de tanto coco y tanta palmera. Echaba de menos su hábitat de acero y cemento; la vida ajetreada de la gran ciudad, las emociones urbanas, los atascos. Incluso me aseguró que el aire tan puro de la isla la producía sensación de asfixia. Así que nos volvimos a las dos semanas. Una vez en la ciudad su comportamiento se metamorfeó. Se convirtió en la hembra hiperactiva que siempre había sido. Al mes de estar viviendo en nuestra nueva casa ya era la presidenta de la comunidad de vecinos, la portavoz de la asociación cultural del barrio, la editora de una revista cultural para marginados y la entrenadora del equipo de fútbol de un polideportivo que había en la esquina. Siempre estábamos de un lado para otro. Aquella mujer era insaciable y tenía una imaginación perversa y lasciva. A veces me llamaba al cuartel a media mañana. “Ven inmediatamente, me ordenaba”. Yo tenía que salir corriendo e ir a buscarla al banco. Al cabo de unos minutos de esperarla sentado junto a las ventanillas de caja, ella bajaba a atenderme fingiendo que yo era un cliente importante. La veía acercarse a mí con su moreno cabello deshilachado ondeando al viento, su traje gris de chaqueta y falda y su blusa blanca de seda, sobre la que asomaba un pañuelo rojo como el carmín de sus reventones labios. Me conducía a su despacho y sobre la mesa llena de papeles me exprimía como a un limón. Otras veces me llamaba desde el móvil, “estoy en el súper: ven inmediatamente”.
- ¿Y lo hacíais allí mismo?
- Sí, le encantaba el peligro. La excitaba follar en sitios públicos, donde alguien podía sorprendernos. Sentía debilidad por cohabitar en los ascensores, en los probadores, en los vagones del metro de madrugada, en el parking de los grandes almacenes. Cada día se abría ante mis ojos una nueva aventura, un salto al más difícil todavía. Perdí casi diez kilos en los seis primeros meses de matrimonio.
Después de afeitarse, Onofre comenzó a urdir un plan para escapar de aquella situación. Los soldados, imbuidos en sus cosas no le prestaban caso. De la orilla arrancó un junco seco, se lo metió en la boca y se sumergió debajo del agua. Como el arrollo tenía muy poca altura comenzó a deslizarse corriente arriba, arrastrándose y respirando a través del junco. El agua estaba muy fría y los músculos pronto se le entumecieron. Las piernas le dolían como si le estuvieran clavando agujas por cada poro de la piel.
- Así que la dejaste por ser perniciosa para tu salud -insinuó Dër arqueando las cejas en señal de admiración.
- No, nada de eso -continuó Joh-. Fue ella la que me dejó, aunque a fe que se lo agradecí.
- Las mujeres son demasiado posesivas...
- Bobadas. Aquella fiera de mujer me dejó por bruto.
- No acierto a comprender.
- Se empeñó en que me hiciera socio del club de Machos de Machupichu.
- No conozco ese club.
- Pues es el más exigente que existe. Para entrar a formar parte de él debes pasar un sinfín de pruebas, hasta demostrar que eres cien por cien macho y que nada te espanta.
- ¿Y tú no pasaste las pruebas?
- Bueno, podría decirse así. El caso es que llegué sin mayores problemas hasta las tres últimas. Incluso el instructor, un tal Macho Camacho, me felicitó por mi destreza y valentía.
- ¿Qué fue lo que falló?
- Me dijeron que si superaba las últimas tres pruebas podía considerarme miembro del club. Éstas eran las siguientes: beber cinco botellas de mamajuana, ganar a un pulso a un melenudo ídolo local al que llamaban Sansón y echarle cinco polvos a la tatarabuela de Adolf Hitler.
Onofre había recorrido más de veinte metros río arriba, arrastrándose por el empedrado fondo, cuando su pajita de junco tropezó con algo y se atascó. Durante unos instantes se quedo quieto, inmóvil como un langostino ultracongelado. El cuerpo empezó a temblarle. Sentía estertores que parecía que fueran a quebrarle la espina dorsal. Cuando las últimas moléculas de oxígeno fueron quemadas en sus venas reaccionó y de un impulso sacó la cabeza del agua.
El junco, que Onofre aún sujetaba con la boca, se introdujo de golpe en el objeto contra el que había topado. Abrió lo ojos y vio que dos piernas le abrazaban la cabeza entorno a un culo de mujer dorado por el Sol. Junto a la boca tenía una mata de vello, también dorada, con una hendidura en el centro por la que se había introducido el junco. Las piernas se estiraron y, desde su posición de horizontalidad, observó el majestuoso contrapicado de la desnudez de la condesa. Abrió la boca para gritar, pero nada salió de sus pulmones. El junco cayó hacia un lado de su cara y la corriente lo devolvió río abajo.
Tomando un poco de aire susurró: “La he cagado”. En el cielo una nube se abrió y surgió de ella una voz que sólo Onofre oyó: “Aún no; discúlpate, inventa cualquier excusa y regresa junto a los soldados”.
- ¡Pero qué tenemos aquí! -Exclamó sorprendida la condesa que había bajado al río a refrescarse sus partes íntimas.
- Lo siento alteza -gimió Onofre-. Me caí al agua mientras me lavaba los sobaquillos y la corriente me ha arrastrado hasta este lugar.
- ¿Río arriba? Eres un mentiroso empedernido. Agotaste mi paciencia y serás castigado.
El cielo volvió a abrirse y Onofre escuchó de nuevo aquella voz: “Ahora sí que la has cagado”.
- Me condujeron a una sala triangular en la que desembocaban tres habitaciones. En realidad la sala era una especie de repartidor tridimensional, a la que también se accedía desde el techo y desde el suelo, estos dos últimos cubiertos de espejos con lentes que deformaban las imágenes. Al momento de estar allí, la sala empezó a moverse de tal manera que tan pronto me encontraba sobre el techo como sobre una de las paredes o el suelo. Finalmente conseguí asirme a la puerta marcada con el letrero “Prueba Número Uno”. La abrí y apareció ante mí una vitrina en cuyo interior se habían colocado cinco hermosas botellas de mamajuana, cada una de ellas de litro y medio.
La mamajuana es ron macerado con unas raíces de poderoso efecto afrodisíaco. Cuando acabé con la segunda botella tenía ya tal erección que podía hacer equilibrio sobre el pene sin esfuerzo alguno. Las dos siguientes también me entraron bastante bien, pero con la última pasé muchas dificultades, pues de lo ebrio que estaba no era capaz de acertar a ponérmela en la boca y una buena parte del contenido me lo introduje por una oreja.
Salí de la habitación dejando las cinco botellas vacías y cantando “Asturias, Patria Querida”. Me introduje en la habitación marcada con el rótulo “Prueba Número Dos”. Un tipo de proporciones gigantescas se me echó encima, maldiciéndome en hebreo como si yo le hubiera hecho algo. Me lanzó desafiante su mano, tan grande que conté no menos de mil quinientos dedos, cada uno de ellos con varias decenas de uñas. Esquivé aquella mano feroz gracias a mi famoso swing de cintura y me revolví loco de furor. Con mi mano derecha agarré su enorme brazo, se lo retorcí hasta que cayó de bruces contra el suelo y poniendo mi antebrazo izquierdo sobre la base de su nuca lo inmovilicé. Sentí sobre mi pelvis su musculoso culo. Me baje los calzones y le eché cinco polvos. Cuando abandoné la habitación, Sansón me dedicó una lánguida mirada y se quedó allí solo, en un rincón, fumándose un cigarro.
Me dirigía a la habitación marcada con el rótulo “Prueba Número Tres”, para medir mi fuerza, en un pulso sin par, con la desdentada tatarabuela, cuando unos tipos me agarraron por los brazos. Allí mismo me pegaron una soberbia paliza y después me tiraron en un callejón al tiempo que me insultaban y me decían “joputa, que nos has amariconaó al Sansón”.
- Por eso no te admitieron en el club de machos. Y a la mujer, ¿Volviste a verla?
- No, nunca más supe de ella. Pero Sansón aún me llama algunas noches.

X

La isla de Utopía se había mantenido como una monarquía durante las últimas quince generaciones, severamente gobernada por el clan de los Euronotos, una tribu llegada a esas tierras desde el delta del río que les prestó el nombre. Euronoto I fue un buen monarca. Consiguió unir las aldeas desperdigadas a lo largo de la costa occidental de la isla y creó la primera Ciudad Estado, conocida como la Ciudad de los Espejos. Casó a su hijo, Euronoto II “El Breve”, con una princesa de una tribu caníbal de la selva interior de Utopía, buscando con ese enlace una alianza que le garantizará el paso seguro de las caravanas de comercio que hacían el camino desde la Ciudad de los Espejos hacia la parte oriental de la isla.
Durante el viaje de novios la feliz pareja fue a visitar a los padres de ella y tanto gustó el novio en la aldea que se lo comieron cocido con puerros.
Euronoto I mandó una misión para rescatar a los novios, pero también se los comieron. Finalmente formó un ejército y extinguió a los caníbales. Secuestró y encarceló a la joven princesa. Cuando ésta cumplió sus quince primaveras la violó. Nació de aquel acto Euronoto III “El Cabezón”, que reinó durante cuarenta años. Se cuenta que sobre su cabeza nunca se ponía el Sol. Como la tenía hueca, en el interior se creo un microclima donde floreció una espontánea biodiversidad y donde las especies evolucionaron hasta alcanzar formas inteligentes. Los euronitos representaron el colofón de aquella evolución natural, alcanzando la tecnología nuclear y los viajes intercabezonales.
La primera nave tripulada que consiguió salir de la cabeza de Euonoto III fue el Apelo XI que, atravesando el pabellón auricular, salió por la oreja derecha y se posó en el lóbulo. Uno de los tres tripulantes de la nave se apeó de la misma y dando unos pasos cortitos y temerosos sobre la nueva superficie dijo, en su salvaje dialecto: “This is a little step for a euronito, but a gigantic jump for the euronito race”, que traducido al idioma de los dioses es algo parecido a: “Es un pequeño paso para un euronito, pero un gran paso para al raza euronita”. Colocó una bandera sobre el lóbulo de Euronoto III y se hizo unas fotos que inmortalizaron la ocasión y aparecieron en los libros de historia. Después hubo otros lobunizajes y comenzaron en aquel lugar las pruebas nucleares y los experimentos radiactivos.
Todo esto le producía a Euronoto III grandes dolores de cabeza y pronto cayó enfermo. Los ensayos y vertidos atómicos favorecieron la aparición de mutaciones entre los euronitos y nació así el personaje de “El Ajo”; un euronito que poseía poderes naturales para manipular con facilidad la voluntad de los de su especie y forzarlos a hacer aquello que él quería.
El Ajo, llamado así porque era todo cabeza, accedió al poder cuando aún no había cumplido los cinco años. Tenía la cabeza tan grande y tan llena de radiación que por las noches le brillaba como fuego fatuo, alumbrando con su luz pálida las ciudades cercanas. La radiación empezó a girar dentro de la cabeza de El Ajo hasta que se formó un denso núcleo en el centro. En un momento dado, este núcleo acaparó tanto calor y tanta densidad que se volvió inestable. Explotó lanzando su materia en todas direcciones. Con el tiempo esta materia se enfrió convirtiéndose en polvo interestelar y dando lugar a un sinfín de cuerpos celestes.
En el microuniverso de la cabeza de El Ajo algunos planetas alcanzaron el nivel de sociedades tecnológicas. La lucha por el dominio de los espacios interestelares llevó a estas sociedades a una guerra atroz y despiadada conocida como La Guerra de los Ajitos, donde las fuerzas del bien y el Ajo Tenebroso guerrearon hasta producir su propia autodestrucción. Esto ocurrió en el cuadrante de Tramtor, planeta base de la Confederación.
Las fuerzas del mal habían construido una enorme estación de guerra a la que llamaban El Ajo de la Muerte. La utilizaron contra Tramtor. La explosión del planeta, habitado en aquel entonces por tres trillones de ajitos, fue tal que el universo se plegó sobre sí mismo, se torsionó hasta deformar el espacio tiempo y, finalmente, explotó con gran violencia.
El Ajo estaba en aquel momento dando un mitin en la Plaza de la Raza Euronita cuando su cabeza reventó lanzando pedazos de cráneo y cuero cabelludo en todas direcciones. Algunas de estas partículas de cuero cabelludo escaparon al universo profundo y se estrellaron contra el interior de la cabeza de Euronoto III, agarrando sobre el hueso y echando raíces. Así, Euronoto III fue el primer hombre en tener pelo por dentro y por fuera de la cabeza.
A la espectacular muerte de El Ajo siguió una sangrienta carrera por el poder entre facciones extremistas de izquierdas y moderados conservadores de derechas. Estos últimos se aliaron con fuerzas de la extrema derecha y alcanzaron el poder con la ayuda del ejército y de la iglesia. Sin embargo, los extremistas, con la ayuda de grupos progresistas consiguieron forzar unas elecciones democráticas tras ciento una huelgas generales. Una vez alcanzada la victoria en las urnas, se desató una guerra interna en la coalición de izquierdas que dejó el imperio a merced de los ricos reinos autonómicos de rancia historia independentista.
La derecha, temerosa y sabedora del riesgo que corría la unidad nacional intentó varios golpes de estado, el último de los cuales concluyó con un ataque militar al Palacio de la Moneda, donde se habían refugiado los líderes progresistas. Éstos fueron asesinados junto con algunos mandatarios independentistas y sus cadáveres expuestos durante tres días en el Arco de la Amistad, monumento levantado por el Ajo y que presidía la entrada a la Plaza de la Concordia.
Las posiciones de los grupos nacionalistas se extremaron y comenzaron a atentar contra políticos y fuerzas del orden público del joven régimen dictatorial. En uno de estos atentados, a uno de los grupos terroristas se le fue la mano: colocaron un trasatlántico de trescientos metros de eslora cargado con tres trillones de toneladas de TNT junto al domicilio de un cartero a punto de jubilarse (según la dirección del grupo terrorista, el objetivo pertenecía al régimen ya que cobraba del estado).
El agujero que hizo en el suelo la explosión taladró el planeta de un lado a otro, provocando una reacción en cadena que convirtió todo el universo de los ajitos en un enorme agujero negro. Estaba en aquel momento Euronoto III dando un mitin en la Plaza de los Deseos, en el centro justo de la Ciudad de los Espejos, cuando su enorme cabeza empezó a plegarse sobre sí misma hasta que desapareció completamente.
Como Euronoto III no tenía en la cabeza ningún órgano fundamental no murió inmediatamente. Pero por las tardes se le veía pasear por los jardines de palacio con las manos en los bolsillos, cada día más triste y más alejado del mundo que lo rodeaba.
Su esposa, una princesa llegada de los reinos de oriente, le dio tres hijos y tres hijas. El mayor de los barones, Euronoto IV fue el monarca que consiguió la unificación de todo el territorio de Utopía bajo su reinado. Fue éste un personaje con la cabeza muy pequeña y los ojos muy grandes; tan grandes que apenas cabían otras cosas en la cara. Por esta razón pasó a la historia como Euronoto IV El Bifaro.

La historia de Utopía se convulsionó y entró en crisis con la llegada de los dos hijos de Euronoto IV. Éstos eran gemelos y nacieron al mismo tiempo, agarrados el uno al otro; nunca se supo cuál de los dos era el heredero natural de la corona: Euronoto V y Euronoto V se pasaron la vida guerreando entre ellos. Ambos tuvieron numerosos hijos e hijas, tanto naturales como bastardos, pues ya se sabe que las cosas de la guerra fortalecen el espíritu y aumentan los deseos de la carne.
La guerra entre los seguidores de Euronoto V, llamados los quintos, y Euronoto V, llamados también los quintos, duró trescientos años. Todo volvió a la normalidad con Euronoto XI, padre del actual monarca Euronoto XII e hijo de Euronoto X, el rey que salió victorioso tras la Guerra de las Seis Palmeras. En esta postrera batalla murió Euronoto V, y su hermano, Euronoto V, se lo comió pasando inmediatamente a proclamarse Euronoto X, emperador de toda la isla conocida.

XI

Onofre fue encadenado a una higuera junto a los dos guardias que le habían estado custodiando, los capitanes Joh y Dër. Les trataron con rudeza pero de forma correcta: les y dieron agua y les llevaron mango y chirimoyas para la cena. Dos horas después de ponerse el Sol, la condesa y sus damas de honor se reunieron a debatir la suerte de los prisioneros. Onofre las vio surgir de la oscuridad y acercarse a ellos tibiamente iluminadas por la luz de la hoguera.
- Me habéis servido mal -reprochó la condesa a los soldados y añadió-: Seréis desposeídos de todos vuestros bienes y enseñas y condenados a vagar por los montes hasta que recuperéis el orgullo y el sentido del deber y lo demostréis con alguna acción que os honre.
- Sentimos profundamente lo ocurrido, virtuosa señora -replicó Joh-, pero no olvide vuestra merced que somos capitanes del rey y que sólo él puede desterrarnos. Estos son tiempos difíciles...
-Dejaos de tonterías. Si el rey se entera de este suceso os cortará las pelotas. Os estoy haciendo un favor.
- Permítanos señora que nosotros mismos enmendemos nuestro fracaso -intervino Dër-. Déjenos unos momentos a solas con el prisionero y verá cómo se le quitan para siempre las ganas de escapar.
-¿Qué tienes que decir a eso, prisionero? -Preguntó la dama.
- Yo he cumplido con mi papel. Por azares del destino que aún no he conseguido desentrañar soy vuestro prisionero -contestó Onofre y, tras una breve pausa continúo-. Está escrito que es inherente a la naturaleza del preso su deseo por escapar. Y no hubiere sido un buen preso si pudiendo escapar no lo hubiere intentado. ¿Acaso se puede reprochar al ave enjaulada que desee volar libre?
- Pero me mentisteis al decirme que habías caído al agua por accidente.
- Ese es otro tema que sólo a vos y mi mismo incumbe y que gustoso discutiré con voz cuando la ocasión y vuestro parecer lo consideren oportunos.
- No os falta razón, pero ved que estos dos pagarán por vuestras culpas.
- No. Pagarán por sus propios errores. Y la pena les hará más fuertes. En realidad les estoy haciendo un favor.
- Es justo cuanto decís -sentenció la condesa y acto seguido gritó a su escolta-: Desposeed a los capitanes de cuanto tienen y entregadlos a los bosques. Mañana, al despuntar el alba, continuaremos camino al castillo. Que los capitanes lleguen a él desnudos y con los pies ensangrentados. De esta forma fortalecerán su cuerpo y agudizarán su instinto, sin duda adormecido de tantos años de buena vida.
Los capitanes agradecieron el castigo, mucho más leve de lo que se habían imaginado. Una vez liberados de sus cadenas, tomaron el camino que conducía a los palmerales. Tras andar unos pasos se detuvieron un instante, volvieron la vista atrás y le dedicaron a Onofre una mirada llena de rencor y maldad.
- En cuanto a ti -continuó la condesa dirigiéndose a Onofre-, te llevaré al castillo de mi tío, donde mi buen amigo el inquisidor Tortasquemadas te hará unas cuantas preguntas.
- ¡Esto es un atropello! -se quejó Onofre-. No encuentro ningún motivo que justifique vuestro comportamiento.
- Pues lo hay: aún no estoy segura de que desnudo ganéis respecto a vestido.
- ¡Pues es de gran evidencia! –Exclamó Onofre contemplándose a sí mismo con teatralidad.
- A mí no me parece tan grande.
- Vuestro orgullo os ciega.
- El vuestro os engaña.
- Exijo una segunda opinión.
- Mi opinión es la que cuenta, ya que es a mí a quien retasteis.
- Nunca dije que desnudo fuera a pareceros más bello a vos, sino más bello en términos objetivos. Se hace preciso, por tanto, otra opinión distinta de la vuestra, que el ser parte es, necesariamente, interesada.
Después de reflexionar un momento la condesa terminó por ceder en la controversia. Estaban ya muy cerca del castillo, el viaje había sido muy largo y muy duro, se sentía cansada y las ganas de discutir la habían abandonado.
- Está bien. Admitiré, aún con reservas, que ganáis desnudo.
- Pues vos no.
- !Maldito seáis¡ Os haré quemar por eso que habéis dicho.
- Nunca se ha quemado a nadie por decir la verdad, aún.
- Si es necesario, esta será la primera vez.
- Los dioses os castigarán por ello.
- Al cuerno con los dioses. Me habéis insultado.
- No. Os insultáis vos misma.
- Buscáis confundirme de nuevo.
- Erra vuestra merced. A la luz de esa llama temblorosa me parecéis lo más bello que jamás he visto. Dado que ahora estáis vestida y que en otra ocasión os contemplé desnuda, allá en el río, no puedo decir que entonces me parecierais más bella de lo que me parecéis ahora. Luego, ni miento ni es mi intención insultaros.
- La ocasión es bien distinta y las circunstancias no se ajustan a comparaciones
- Desnudaos pues y saldremos de dudas.
- Eso es una propuesta deshonesta.
- Es la misma que vos me hicisteis esta mañana.
- Acaso habéis olvidado que soy una dama. ¿Cómo osáis compararme con vos? Mi alcurnia y nobleza...
- Desnuda me parecisteis menos altiva- le interrumpió Onofre-. Acaso disfrazan o disimulan vuestros ropajes la perecedera materia de que estáis compuesta. Acaso pensáis que sois una diosa. ¡Soltadme, por Belcebú! Vuestro juego infantil y caprichoso ya empieza a cansarme.
La condesa se volvió hacia su séquito y ordenó a una de sus doncellas que se acercara. Cuando la tuvo cerca le susurró al oído: “me retiro a mi aposento. Mañana, antes de que el Sol salga, matad al prisionero. Cortadle la lengua, el pene y los genitales. Y en cuanto lleguemos al castillo quiero que me los hagas disecar; tardará muchos años en aparecer por estas tierras otro individuo semejante”.
- Tenéis la virtud de hacerme perder la paciencia -le reprochó la condesa a Onofre-. Mas, como bien decís, el juego se ha acabado. Haced las paces con los dioses que mañana entregaréis vuestro cuerpo a las alimañas.
- Que ellas sean con vos –replicó Onofre a modo de despedida cuando la condesa ya se retiraba.
- Es usted un paranoico, un maniático de la última palabra –le reprochó la condesa dándose la vuelta furiosa.
- Yo también te quiero –respondió Onofre lanzándole un beso.
La condesa se retiró echando humo por las orejas y con ella el resto de su cohorte, cada cual buscando el mejor sitio sonde descansar los huesos. Quedó Onofre solo, desnudo y encadenado de pies y manos a la higuera. Sus movimientos estaban muy limitados; únicamente podía girar de espaldas en torno al árbol, mantenerse en pie o agacharse hasta la posición de cuclillas. Deseaba dormir, pero la incomodidad se lo impedía.
Bajo la luz de la luna tropical, en aquella noche serena de palmeras y luciérnagas, Onofre recordó su pueblo de calles blancas y empinadas. La sencillez de la vida entre las pequeñas barquitas de pesca y la tarde de los domingos comiendo palomitas en el cine del pueblo. Le venían ahora a la memoria los consejos que solía darle su padre sobre que las personas y las cosas, en la mayoría de las ocasiones, no son lo que parecen.
Hefesto, el padre de Onofre, trabajó durante algunos meses como acomodador del cine de su pueblo. Una tarde, durante la proyección de Alicia y los Siete Mendruguitos, se encontró con un individuo tumbado a la bartola sobre varias butacas. Se le acercó y con tono irónico le pregunto:
- ¿Está usted cómodo, desea que le traiga un cafelito?
- Por favor, llame usted a una ambulancia. Me he caído del palco –le contestó el pobre hombre.
A ese respecto también recordaba Onofre una tarde que estuvo junto a su madre en la tienda de berenjenas del mercado. Pasó por delante del mostrador un joven ataviado con una túnica naranja, la cabeza rapada y unas sandalias de esparto.
- ¡Hay que joderse! Cómo está la juventud hoy día -le comentó Actea a uno de los clientes que tenía en la tienda-. Mire a ese que va por ahí con la pandereta. No sabría decirle si es un hombre o una mujer.
- Pues es una chica - le contestó el cliente.
- ¿Y cómo lo sabe usted? –Preguntó Actea.
- Porque es mi hija -respondió el cliente malhumorado.
- Perdón, no pensé que usted pudiera ser su padre... -Empezó a disculparse Actea.
- No lo soy. Soy su madre -le espetó el cliente al tiempo que se daba la vuelta con brusquedad y abandonaba el establecimiento.
En esos recuerdos se encontraba sumido Onofre cuando oyó sonidos de pisadas a su alrededor y bultos confusos que se movían entre las zarzas como sombras espectrales. Son almas en pena, pensó; espíritus arrojados del limbo, fantasmas que vienen a cobrarse antiguas deudas.
- ¡Fantasmas! -Gritó Onofre
- Calla, miserable -surgió de una voz a su espalda. Después una mano que le tapaba la boca. Luchó desesperadamente por desasirse. Finalmente oyó un golpe seco en el interior de su cabeza y la voluntad le abandonó.
Cuando Onofre recobró el sentido ya era de día. La cabeza parecía que iba a estallarle; con cada latido de su corazón, con cada respiración, una punzada de dolor golpeaba en el cerebro como un ariete. Seguía encadenado a la higuera y desde su posición podía ver y escuchar perfectamente todo lo que sucedía en la explanada donde se había montado el campamento.
Un grupo de hombres pobremente vestidos, cuyo número rondaría los veinte, habían atacado el campamento, haciendo prisioneros a todos los de la caravana. En el suelo yacían los cuerpos de algunos soldados de la escolta de la condesa que habían sido asesinados durante la noche. Los guardias que aún vivían habían sido atados con cadenas a los carros. La condesa y sus damas de compañía habían sido encadenadas en grupo, espalda con espalda, y ocupaban el centro de la explanada, cerca de la hoguera.
De momento, las mofas, los insultos y las torturas sólo iban dirigidos a los guardias. Los invasores se lo estaban pasando en grande con ellos; les tiraban piedras, les quemaban con brasas de la hoguera y les introducían hormigas rojas por la nariz y por las orejas. A uno de ellos le habían untado con alcohol en los genitales y le habían prendido fuego. Atado a una palmera yacía un cuerpo decapitado; a pocos metros un grupo de hombres jugaban al fútbol con la cabeza.
De una de las tiendas salió un hombre alto, rubio y con el pelo muy enmarañado. Su mirada era orgullosa y sus facciones ligeramente afeminadas. Su porte delataba que había recibido una sólida formación militar. Sin duda era el jefe de la banda.
- Ya basta -gritó-. Sois una jauría de salvajes. Recoged todo lo que podáis y encadenad a las carretas a los prisioneros que puedan moverse. A los heridos y a los paisanos dejadlos en libertad. Antes del mediodía tenemos que estar de vuelta.
- No tengas tanta prisa Agamenón -le respondió uno de los bandoleros al que sus compañeros llamaban Arcade el Cicatrices, tal vez porque tenía todo el cuerpo cruzado de grandes marcas en la piel, huellas de pasadas luchas-. Queremos nuestro botín y lo queremos ahora.
- Ahora recogeremos todo esto y regresaremos a nuestro campamento -le contestó Agamenón-. Más tarde arreglaremos cuentas.
- Tal vez es que no nos hemos entendido -insistió el Cicatrices-. Yo quiero cobrar mi botín ahora.
Con un movimiento rápido Agamenón sacó un cuchillo que llevaba escondido en la parte trasera de sus pantalones y, antes incluso de que Arcade pudiera pestañear, el frío metal de la hoja del arma se alojó en su cerebro, después de atravesarle el ojo izquierdo.
Arcade quedó un momento de pie, tambaleándose. Su boca expresaba una rara mueca de