
Lucía
I
Hoy
todo el mundo me felicita y me dedican sus sonrisas de plastilina y
me obsequian con cosas inservibles que olvido en los estantes un minuto
después de haberlas recibido. Es mi trigésimo noveno cumpleaños
y todos intentan arrancarme las orejas y saltan y ríen a mi alrededor
como poseídos por un encantamiento burlón o intoxicados
por una pócima chamánica del recetario de don Juan. Pero
la luz de estos techos mate no es menos pálida ni los pasillos
blancos son más cortos, ni los barrotes de las ventanas se muestran
menos rígidos ni las batas de los celadores son menos verdes,
ni han quitado todavía el acolchado y las correas de las paredes
de mi cuarto. Dicen que es un día especial y que debo por ello
sentirme contento, pero yo no veo que haya cambiado nada y me encuentro
tan perdido o más que de costumbre.
Permítanme que me presente debidamente antes de iniciar el fantástico
relato de los acontecimientos que me han traído hasta este edificio
de locos. Mi nombre es Leonardo Sintés, pero todos me llaman
Leo; hasta mi padre me llamaba Leo y eso que era un hombre de lo más
serio y austero que no gustaba nada de dar confianzas a la gente. El
pobre hombre murió ensartado en el manillar de una bicicleta,
después de volar veinte metros desde un andamio. Y Lucía,
ese ser tan especial con el que me reúno cada noche, jamás
me ha llamado de otra forma, aunque en su voz mi nombre suena muy distinto,
como si lo estuviera cantando un ángel o como si lo hubiesen
untado con mermelada de frambuesa.
El
pedacito de cielo que me muestra la ventana está embadurnado
de nubes grises y amenazadoras. Un horizonte de ceniza se cierne sobre
los álamos aún desnudos del patio, inmunes a la intemperie
de mis pensamientos y de mis recuerdos, vanidosos de su naturaleza inmóvil
que los hace libres hasta en los espacios más cerrados, fieles
a mi mirada, leales y silenciosos, tan habituales que en ocasiones hasta
los ignoro y tengo que volver a mirar por la ventana para asegurarme
de que aún están ahí. Nada o casi nada cambia en
este escenario donde todo ocurre muy despacio, donde todo es artificialmente
agradable, donde siempre hay una palabra o una teoría para explicar
por qué uno se encuentra tan jodidamente mal, por qué
respirar cuesta tanto, por qué las noches son tan largas y tan
oscuras, por qué nunca amanece en el espacio cúbico de
estos pasillos interminables.
Aquí ya no corre el tiempo, no distingo unos días de otros,
siempre parece martes, el invierno de mis horas nunca claudica ante
la llegada de una primavera. Por eso escucho a todos aunque no entienda
lo que me dicen, aunque no sepa de qué me hablan; la vida se
acaba definitivamente cuando todos te ignoran y yo no quiero desaparecer,
aún no he sido derrotado del todo, aún hay una brasa encendida
en mi interior, aún tengo una guerra de batallas nocturnas que
he de ganar.
Sé
que me vigilan, que toman notas de mi comportamiento, que me tienen
etiquetado, que me estudian. No es una obsesión, no estoy tan
loco como para eso. Hay cámaras de televisión en todos
los rincones, me asegura Jerónimo cada vez que nos encontramos
y yo lo miro con atención y finjo que creo y me interesa lo que
me cuenta. Esos hombres de las batas blancas no son enfermeros, me dice,
son agentes del Departamento de Inteligencia y los de las batas verdes,
esos son los peores, esos trabajan para el Ministerio del Interior,
hacen el trabajo sucio, quitan de en medio a la gente molesta, ya me
entiendes. Asiento con la cabeza e intento protestar temiendo lo que
ocurrirá si insiste en eso, porque ya ha pasado otras veces,
pero él continúa con su desvarío. Yo no estoy aquí
por ninguna enfermedad, me asegura, me han encerrado porque sé
demasiado; antes trabajaba para el Servicio Secreto, agente especial
Jerónimo del Toro, me infiltré como espía en un
comando de ETA en Madrid, tenía carta blanca, licencia para matar
como el Boom. Me mira y ve en mi cara el reflejo de la incredulidad
y frunce el ceño y el tono de su voz se endurece. Crees que miento,
añade arrastrando las palabras, crees que te cuento todo esto
sólo por presumir. Se está enfadando y me salpica saliva
tibia a la cara cada vez que pronuncia una ese o una erre. Me disculpo
y le digo que tengo que ir al baño, pero el continúa hablando
mientras me levanto. Me alejo de él y cuando vuelvo la cabeza
lo veo aún contando su historia al vacío que he dejado
a su lado, como si no me hubiese movido del sitio. Su soliloquio acalorado
me llega incluso desde el otro lado del salón: me vigilan, grita,
me persiguen, sé demasiadas cosas por eso no me pueden dejar
salir. Hace aspavientos con las manos y el tono de su voz es cada vez
más desesperado, más iracundo. Se ha puesto de pie encima
de una silla y salta sobre ella como botando en un colchón elástico.
Los hombres de las batas verdes ya lo tienen cogido de los pantalones,
pero él les lanza patadas y los insulta: soltadme, esbirros,
sois todos unos maricones. La boca se le ha llenado de espuma y está
casi morado. Llora mientras los celadores lo conducen por el pasillo,
con las piernas como muertas arrastrando por el suelo. Ha perdido una
zapatilla y veo sus calcetines con agujeros, tomates que diría
mi madre, y siento gran pena por él. Está paranoico, lo
sé, pero es un ser humano, una persona que cree que es o ha sido
otra muy distinta, tal vez cree ser alguien que siempre quiso ser, alguien
importante y respetado, alguien útil.
Mañana no se acordará de nada y volverá a sus historias
de espías y agentes secretos. Jerónimo desvaría,
es cierto. Su mente capta jirones de la realidad y los tergiversa, los
mezcla con otras historias que dan vueltas en su cabeza de loco y termina
formando un mundo disparatado e inservible. Es cierto que nos vigilan,
que toman notas, que nos estudian. Disimulan que no lo hacen, se comportan
como si vivieran aquí con nosotros, como si todo fuera muy normal,
pero algunos sabemos que no es así; vienen cada día porque
es su trabajo y cuando acaban se van a sus casas. No son como los árboles
del patio, que siempre están ahí. Los hombres de las batas
verdes vienen y se van, he conocido a muchos durante estos últimos
diez años. Algunos nunca vuelven y otros, como Dora, pasan con
nosotros más tiempo del que deberían y no disimulan cuando
se enfadan y nos regañan cuando tienen que hacerlo.
II
Cada
noche, cuando las luces se apagan y llega la hora de la visita de los
muertos, la dama vestida de negro se cuela en mi habitación dispuesta
a arrebatarme lo poco que me queda, desnudarme de voluntad hasta dejarme
abúlico y poseerme salvajemente después. Me ha perseguido
durante años, manipulando mi vida, jugando desvergonzada e impune
con mi destino. Hoy lo sé bien, aunque nadie me cree.
Todos tenemos nuestros fantasmas, me dice Goyo desde su altura de jirafa
y añade sonriendo, si yo te contara la de cosas que he visto
en los treinta años que llevo paseando por estos pasillos. Su
voz me llega como a través del agua entre el murmullo compacto
del salón asalmonado de los juegos. Lo miro oblicuo y lo veo
como ensoñando un pasado remoto, tan escuálido y famélico
que apenas se le ve de perfil otra cosa que la nariz, con el pijama
de rayas manchado de yogurt y bailándole por todo el cuerpo.
Goyo es un tipo culto y educado, pero me aburre porque siempre cuenta
las mismas historias y siempre lo hace con las mismas palabras. Los
fantasmas viven con nosotros, añade bajando mucho la voz como
si me acabara de revelar un misterio abrumador y terrible. Los que escuchan
se acercan más para oírle mejor y sus cabezas chocan y
entonces saltan profiriendo gritos endiablados y dando botes por todo
el salón. También yo los he conocido, pero entonces las
cosas eran muy distintas; me tenían encerrado en la habitación
esa que está al final del pasillo que os da tanto miedo. Estuve
allí mucho tiempo, tanto que olvidé de qué color
es el cielo. Goyo no termina de entender lo que le digo, no comprende
cómo he podido estar aquí varios meses sin que él
me haya visto.
- Estas mintiendo -me reprocha y noto con desagrado como se le frunce
el ceño-; en esa habitación no se encierran personas sólo
fantasmas.
- Yo era un fantasma cuando llegué aquí por primera vez:
no hablaba ni veía ni comía, sólo luchaba.
- ¿Contra quién luchabas?
- Contra otros fantasmas de mi pasado, contra mí mismo.
- No te ví llegar.
- No, nadie me vio. Era de noche y llovía. Me ataban a la cama
para dormir -me levanto las mangas del pijama y le muestro las señales
que aquellas correas dejaron en mi piel-. Pero os oía danzar
por el salón cada mañana, a la hora de los desayunos,
y os veía pasar desde el fondo del pasillo a través de
la mirilla de la puerta de mi habitación.
Goyo acerca su mano y la pasa por mis heridas ya cicatrizadas. Me pregunta
qué he hecho, qué pecado he cometido para recibir un castigo
tan terrible. Los demás están asombrados y estiran sus
brazos para tocar los míos.
- No sé
lo que he hecho -le respondo-; ya no puedo recordarlo. Las medicinas
me han borrado la memoria. -No es cierto lo que digo, por supuesto,
pero es lo que les hago creer a todos.
El
psiquiatra, que me visita dos veces por semana, me pregunta por Lucía
y quiere que le cuente cosas de mi infancia, de mi familia, de mis amigos.
Es un tipo alto y de mirada escrutadora que tiene un algo que me irrita
profundamente. Se llama Víctor Losada y a mi me recuerda a Tomy
Lee Jones. Viene a verme todos los lunes y los miércoles, casi
a mediodía, poco antes de comer. Cuando habla conmigo se coloca
sobre la nariz unas gafas de pequeños cristales engarzados en
una montura dorada. Mi mira por encima de las gafas y anota cosas en
una libreta blanca. Escarba en mi memoria revolviéndolo todo,
arañándome las paredes del interior de la cabeza con su
rastrillo de arrancar recuerdos. Yo sé lo que busca dentro de
mí, sé por qué me tortura e insiste tantas veces
en lo mismo. Pero no tengo nada que decirle; ya no. Él no puede
hacer nada por mí y creo que lo sabe o empieza a sospecharlo.
- Relájate Leo -me dice- y deja de arrancarte las uñas.
Cuéntame como fue la última noche que pasaste con Lucía.
- Vino ayer a verme, era ya tarde y por eso no pudo quedarse mucho rato,
todos lo saben, seguro que sí, seguro que también la vieron.
Quería ser la primera en felicitarme por mi cumpleaños.
Me trajo una cajita azul que aún no he abierto y me dio un beso.
- No, Leo. Lucía no vino anoche a verte ni te trajo esa cajita
azul que tienes sobre la mesilla de noche.
- ¿Cómo puede saberlo? Usted no estaba aquí.
- Lo sé, y tú también lo sabes pero te convences
de lo contrario. Sólo crees lo que quieres creer -parece que
se está enfadando, pero no es así, sólo es su forma
de ser. Él no entiende nada.
- ¿Eres
feliz aquí, Leo? –Me pregunta
- ¿Acaso lo es alguien, lo es usted en su casa?
- Quiero saber si tú lo eres, quiero que me cuentes que sientes
para ayudarte.
- Siento nostalgia, remordimientos.
- ¿Te gustaría salir de aquí?
- Sí, mucho.
- ¿Adónde irías?
- Al parque del Retiro, al cine, al mar...
- ¿Sabes por qué estás aquí internado?
- Sí.
- ¿Por qué crees tú que estás aquí?
- Porque todo se rompe cuando lo toco.
Ya
hemos cenado y los ojos se me cierran de sueño y aburriendo mientras
los demás miran ensimismadamente en la televisión una
película abyecta y absurda de Austin Power que se titula no se
qué de una espía. De cuando en cuando todos gritan con
escándalo, al mismo tiempo, como réprobos circenses y
se lanzan los almohadones a la cabeza y se revuelcan por el suelo desternillándose
de risa. Alguien apaga la luz y por la puerta aparece una mujer inmensa
con una tarta de chocolate y piñones que lleva pinchadas velas
rojas que titilan en la oscuridad como luciérnagas sobre un lago
en una noche de verano. Es Dora, la asistente del turno de tarde. Me
quiere mucho y me deja jugar con ese gatito blanco que siempre anda
restregándose por sus piernas y que tiene un ojo de cada color.
Dora sabe que no me gusta la televisión y por eso me lee por
las tardes un libro muy gordo, de pastas de cuero azul, que habla de
un hombre que persigue un rayo de luna: “Yo no sé si esto
es una historia que parece un cuento o un cuento que parece una historia”;
sí, así comienza el libro. Me lo lee cada tarde, pero
hoy no me lo ha leído porque es mi cumpleaños y han preparado
una fiesta y traen una tarta con velas que he de soplar. Las risas y
los gritos se transforman en una canción arrastrada y deprimente
que me hunde en una miseria de nostalgias extraviadas en el tiempo:
”Cumpleaños feliz/que lo pases muy bien/te deseamos todos
...”. Dora se acerca a mi mesa y me ordena con entusiasmo que
apague las velas y después me dice, con su acento tan del sur,
que me recuerda tanto al acento de mi madre, feliz cumpleaños,
Leo.
III
Feliz
cumpleaños, Leo. Y el metal blanco de su voz tiene un algo de
acogedor que me da la vida, una textura de terciopelo que me acaricia
los oídos. La miro desde la cama, envuelta aún en el vaho
espeso de la ducha, y le agradezco esas palabras tan dulces y me dice
que me ha dejado un regalo en el cajón de la mesilla de noche:
una cajita azul que jamás he abierto. Recorro con la mirada el
modesto mobiliario de la habitación buscando, entre los objetos
desordenados por el deseo torpe y atropellado de una horas antes, la
cajetilla de los cigarros y algo con que iniciar su combustión.
Exhalo una bocanada ligera de humo dulzón y espeso y lo expulso
después por la boca formando una nube gris azulada que parece
contener en su inconsistencia formas indecisas de caras cuyos rasgos
me son familiares, pero que no consigo identificar.
Tendido sobre la cama apuro los últimos instantes de una felicidad
muy cercana a la satisfacción o la invulnerabilidad, instalado
en esa especie de pereza feliz que justifican las sensaciones vividas
al límite de uno mismo. Sigo con atención, sin moverme
de la cama, la evolución ceremonial de gestos que Lucía
ejecuta frente al espejo del cuarto de baño, cuya luz ilumina
con debilidad lechosa los rincones inciertos de la habitación.
Parece esmerarse en ocultar las huellas que el amor ha dejado en su
piel para que al salir a la calle, al entrar en el restaurante, al darle
las entradas al acomodador del cine, al mezclarse con la gente, nadie
pueda descubrir ni sospechar la causa íntima de su felicidad.
Lucía se mueve ante el espejo con gestos femeninos y experimentados
y pienso que nunca me cansaría de mirarla. Lleva puesto un albornoz
casi blanco que le queda muy grande, anudado a su breve cintura, con
cuadrados bolsillos de parche cosidos a sus flancos y que se abre, de
vez en cuando, mostrando a mis ojos de vuogeor enamorado partes íntimas
de su cuerpo; las piernas cuando maniobra frente al lavabo, la curva
de sus pechos cuando se inclina para recogerse el pelo. Apago el cigarro
restregándolo contra el cristal casi opaco del cenicero y veo
como expiran sus volutas de humo gris azulado disueltas en la atmósfera
cargada de la habitación que huele a pasión y a sudor,
a fluidos corporales que escapan de las sábanas y de la almohada.
Retorno la mirada al foco de luz en cuyo centro Lucía termina
de arreglarse dando forma a sus largas pestañas negras y color
a sus labios de fresa. Sabe que me gusta presumir de ella, que soy un
exhibicionista, que me encanta cuando entramos en algún sitio
y todas las miradas se vuelven hacia ella como magnetizadas por una
fuerza irresistible y sé que piensan y se preguntan qué
hace una mujer de bandera con un tipo tan mediocre como ese.
Qué
hermosa me pareció esta tarde cuando la vi inclinada sobre la
barandilla de piedra del lago del Retiro, cuando me recoció y
vino hacia mí con felicidad y urgencia, sonriendo como si el
mundo acabaran de pintarlo y amueblarlo para ella, despertando en todos
los hombres con los que se cruzaba la esperanza de ser ellos el objetivo
de esa carrera. Cómo me apremiaba el deseo de poseerla, de tumbarme
a su lado y fundir mi piel en su piel. Me hablaba mientras paseábamos
y me contaba cosas de su trabajo y de sus fotografías en blanco
y negro, pero yo sólo estaba pendiente de sus caderas, del roce
casual de su cuerpo con el mío, del sitio exacto donde se quedaban
mis manos cuando la tomaba por la cintura para traerla a mi lado y decirle
alguna tontería al oído, de cada milímetro de su
pantalón vaquero que pasaba por debajo de las yemas de mis dedos,
tan ajustado a sus muslos que daba vértigo mirar sus piernas
interminables.
Me incorporo de la cama entre una ovación de muelles que escapa
del colchón o del somier y me acerco a su lado como guiado por
la claridad que me llega desde el cuarto de baño, como esos insectos
que no pueden reprimir su deseo de penetrar en la luz y explotan adheridos
a las láminas de ultravioletas que cuelgan del techo de los bares.
Me recibe con una sonrisa y cierra los ojos cuando la tomo por la cintura
y le beso el cuello. Veo nuestras caras flotar como entre nubes cálidas
de algodón en el espejo empañado del lavabo y su belleza
se me muestra ahora distinta; más angulosa, los rasgos de la
cara más perfilados bajo la toalla enroscada alrededor de su
cabello mojado, como un turbante que le confiriera un aspecto más
felino, más intencionado. Sus pómulos se levantan y afilan
como cuchillos de pasión que hirieran la oscuridad de la noche.
Ladea la cabeza ofreciéndome el cuello como la víctima
rendida de un vampiro y su boca entreabierta es una fruta rosada e irresistible
que invita a la perversión. Recorro con mis labios su largo cuello
y mis manos alcanzan sus pechos a través de la tela un tanto
áspera del albornoz.
Me queman los celos de otros hombres que hayan podido poseerla antes
que yo, de otros momentos felices y románticos que haya podido
vivir lejos de mi compañía, de otras noches de amor anteriores
a aquella noche de carnaval en que nos conocimos. Lucía, le digo
al oído y las vocales abiertas y rotundas de su nombre reverberan
en mi paladar creando ecos huérfanos de sonido que me cosquillean
la lengua, y un te quiero casi asoma por mis labios pero se queda en
una insinuación muda; vayámonos lejos, le propongo sin
mucha fe, donde nadie nos conozca, donde todo sea nuevo y empezar no
lleve la carga de nuestro pasado, desertemos de esta ciudad poblada
de fantasmas, de estas calles en las que siempre llueve sobre mojado
y en las que espera un borde en cada esquina y en cada callejón
se esconde una emboscada. Huyamos de esos edificios de cristal con alma
de acero que ya no reflejan nuestras caras y de esos neones que mienten
como relámpagos compulsivos. Vente conmigo al Sur, perdámonos
en la ladera boscosa de una montaña asomada al mar, déjame
que te enseñe los caminos de espuma rosada que cruzan las marismas
del Guadalquivir. Lucía me sonríe con complicidad y paciencia
y hace ese gesto con la comisura de la boca que tanto me gusta, se da
la vuelta y sus manos cálidas recorren mi pecho desnudo y noto
como se balancean sus caderas cuando cambia el peso de una pierna a
otra. Nos iremos donde tú quieras, me concede, empezaremos de
nuevo lejos de todo esto si eso es lo que deseas, pero alegra esa cara,
me regaña, que hoy es tu cumpleaños y debes sentirte contento
por ello.
La brisa aún helada de la noche de marzo mueve las pesadas cortinas
de la ventana y el viento silva entre los cristales temblorosos un bolero
abolido por los aullidos feroces de los motores de los automóviles,
por las luces de neones de una ciudad enloquecida bajo el embrujo del
fin de semana, por la fachada herrumbrosa y decadente de este hotel
anónimo y sórdido. Siento el calor de su pecho estremecer
mi cuerpo y el deseo resucita en mí y me tamborilea en las sienes.
Su piel huele a jabón de glicerina y a champú de huevo,
toda ella desprende un intenso aroma a deseo. No has abierto aún
tu regalo, me dice y le respondo que lo abriré cuando esté
solo, tal vez mañana después de dejarte en la parada del
bus y antes de que me entre esa depresión de caballo que me aniquila
cada vez que nos separamos. Eso será mañana, me tranquiliza,
pero ahora estamos juntos y quiero que me abraces, que no nos consuma
la madrugada, que tu piel sea el forro de mi abrigo.
Se ha quedado completamente desnuda con la toalla liada alrededor de
su cabeza de donde escapa un mechón de pelo mojado y negro que
parece insinuarme que es poseedor de un secreto maravilloso y prohibido.
También lleva ese colgante que ha comprado esta misma tarde en
un puestecillo de El Retiro y que tiene una piedra casi azul, como sus
ojos, engarzada a una fina cadenita de plata que brilla sobre su piel
con una textura inconsistente de metálica quimera. Me araña
el alma la simpleza con que se ilusiona con esas pequeñas cosas
y quisiera conquistar el mundo para ella y estar siempre donde pudiera
protegerla.
Me abraza y siento que la eternidad ha encontrado por fin su forma precisa
en el molde de este momento sin mesura. Está descalza sobre el
charco de agua que ella misma ha formado y me parece más frágil,
más vulnerable, algo más baja que la primera que la vi,
hace ya tantos años que la bruma del tiempo casi ha borrado ese
recuerdo.
IV
Aquella
tarde, Lucía, llevaba una boina roja calada al estilo del Che
y su sonrisa iluminaba todo el parque del Retiro. Apoyada sobre la barandilla
del estanque echaba migas de pan a los peces y sus caderas inflamaban
la tarde y un Sol de caramelo ardía en el horizonte. Me vio llegar
desde lejos y corrió hacia mí cortando la respiración
a todos los hombres con los que se cruzaba. Yo corrí hacia ella
y nos fundimos en un abrazo de esos que salen en los anuncios de colonia.
Cogidos de la mano y rebosantes de vida bajamos por la avenida del Estanque
deteniéndonos en todos los puestecillos de adornos étnicos,
en los que unos hombres de piel negra como un barranco marino nos ofrecían
amuletos de la suerte fabricados con huesos de animales exóticos.
Lucía compró un colgante con una piedra casi azul, como
sus ojos. Yo eché unas monedas sobre la funda de la guitarra
de un tipo que cantaba The Boxer. Dando un largo paseo llegamos hasta
la plaza de Puerta de Toledo y cogimos una habitación con vistas
al Paraíso. Nos hicimos el amor sobre una cama con música
de muelles; el colgante de Lucía saltaba entre sus pechos brillantes
de sudor, el cabello se le pegaba a la cara y los ojos se le iluminaban
deslumbrantes y acogedores.
En muchas ocasiones quise decirle a Lucía lo que sentía
por ella, la obsesión que me causaba su mirada. Pero nunca lo
hice, siempre di por supuesto que ella lo sabía. Jamás
le obsequié con un te quiero ni le susurré al oído
frases de esa tan románticas como las que se escuchan en las
películas de Leonardo Di Caprio y que aparecen en las novelas
de Rosamunde Pilcher.
Lucía
se arreglaba el pelo frente a un espejo que enloquecía ante su
belleza. Yo la contemplaba desde la cama y me parecía casi irreal
inmersa en el vaho denso de la ducha. Feliz cumpleaños, Leo,
me dijo, te he dejado un regalo en el cajón de la mesita de noche,
y yo me incorporé de la cama y la abracé por detrás
y la besé en el cuello. Ella se volvió y llevándose
las manos a los hombros se soltó el albornoz, que se deslizó
suavemente acariciándole la piel aún mojada del agua de
la ducha. Su piel olía a jabón de glicerina y su pelo
a champú de huevo. Tomándola de la cintura la traje hacia
mí pero su cuerpo se me escapó como un pez asustado. Resbaló
sobre el agua que escurría de sus propias piernas y cayó
hacia atrás. Intentó asirse a mi pecho y sus uñas
dejaron sobre mi piel seis hilos rojos de desesperación. La dama
negra de mi destino interpuso en su caída una esquina de la encimera
del lavabo. Oí un golpe seco, su colgante saltó hacia
mí delirando en el espacio y el brillo de su mirada se apagó
desterrando de ella la vida. Mis brazos acunaban el vacío donde
instantes antes había estado su cuerpo. La sangre salía
por debajo de la puerta del cuarto de baño. Poco a poco su cara
fue quedándose pálida y su piel se enfrió. Parecía
una muñeca de porcelana. Intenté reanimarla a fuerza de
besos, de caricias, de lágrimas, de súplicas. Soplé
por su boca en un esfuerzo desesperado e inútil por traspasarle
mi vida, pero su corazón había claudicado.
Me asomé a la ventana y comprobé que no daba al paraíso,
sino al infierno, y que el manto de la noche tenía agujeros por
los que se escapaban nuestros sueños y nuestras esperanzas, y
que el viento tarareaba el blus de los perdedores, y que los faros de
los coches pintaban de neones mi pecho carcomido por tantos fracasos.
V
Ahora
ya hace mucho tiempo que no salgo de este edificio de paredes blancas,
pero una dama vestida de negro suele visitarme en sueños. La
conozco bien; es celosa y juguetona. Me araña la cara y me arranca
los cabellos. Me muerde los labios hasta hacerme sangrar y después
escribe con la lengua palabras de amor en las paredes. Los hombres de
las batas verdes dicen que soy yo mismo quien hace todo eso. Dicen que
estoy loco. No me creen, pero es ella. Sé que acabará
matándome.
Ya han apagado la televisión y oigo desde mi cama a Dora recoger
los platos de la cena. Como cada noche, siento miedo, el terror se apodera
de mí. La oscuridad ha reemplazado a la luz y me siento muy solo.
Me abrazo al recuerdo de Lucía pero temo que, una vez más,
se me escape de los brazos y su cabeza termine chocando contra algo
duro y yo no pueda hacer nada por evitarlo. La abrazo más fuerte,
amor mío no te sueltes, el precipicio está ahí
mismo, pero una figura femenina vestida de negro tira de ella y siento
cómo Lucía se escurre de entre mis brazos y cómo
sus uñas se clavan en mi piel con desesperación. Mi padre
me sonríe desde la puerta que casi no alcanzo a distinguir en
la oscuridad, pero no me ayuda a retener a Lucía. Ayúdame
padre, que se me escapa. La dama negra lucha con fiereza por arrebatármela,
ha clavado sus uñas en mis ojos y me tira del pelo, me muerde
en los brazos. Estoy empapado de sudor, las sábanas me amortajan,
las paredes se me vienen encima, estoy sangrando. El dolor me abate
y finalmente los brazos se me desploman inertes a ambos lados de la
cama. De nuevo la he perdido, pero mañana será otro día
y lucharé con más fuerza. Si puedo me traeré de
la cocina un cuchillo escondido bajo mi bata, lo dejaré debajo
de la almohada y cuando la dama negra venga de nuevo a arrebatármela
se lo clavaré en el pecho.
FIN
Máximo
Herrera