Lucía

 

I

Hoy todo el mundo me felicita y me dedican sus sonrisas de plastilina y me obsequian con cosas inservibles que olvido en los estantes un minuto después de haberlas recibido. Es mi trigésimo noveno cumpleaños y todos intentan arrancarme las orejas y saltan y ríen a mi alrededor como poseídos por un encantamiento burlón o intoxicados por una pócima chamánica del recetario de don Juan. Pero la luz de estos techos mate no es menos pálida ni los pasillos blancos son más cortos, ni los barrotes de las ventanas se muestran menos rígidos ni las batas de los celadores son menos verdes, ni han quitado todavía el acolchado y las correas de las paredes de mi cuarto. Dicen que es un día especial y que debo por ello sentirme contento, pero yo no veo que haya cambiado nada y me encuentro tan perdido o más que de costumbre.
Permítanme que me presente debidamente antes de iniciar el fantástico relato de los acontecimientos que me han traído hasta este edificio de locos. Mi nombre es Leonardo Sintés, pero todos me llaman Leo; hasta mi padre me llamaba Leo y eso que era un hombre de lo más serio y austero que no gustaba nada de dar confianzas a la gente. El pobre hombre murió ensartado en el manillar de una bicicleta, después de volar veinte metros desde un andamio. Y Lucía, ese ser tan especial con el que me reúno cada noche, jamás me ha llamado de otra forma, aunque en su voz mi nombre suena muy distinto, como si lo estuviera cantando un ángel o como si lo hubiesen untado con mermelada de frambuesa.

El pedacito de cielo que me muestra la ventana está embadurnado de nubes grises y amenazadoras. Un horizonte de ceniza se cierne sobre los álamos aún desnudos del patio, inmunes a la intemperie de mis pensamientos y de mis recuerdos, vanidosos de su naturaleza inmóvil que los hace libres hasta en los espacios más cerrados, fieles a mi mirada, leales y silenciosos, tan habituales que en ocasiones hasta los ignoro y tengo que volver a mirar por la ventana para asegurarme de que aún están ahí. Nada o casi nada cambia en este escenario donde todo ocurre muy despacio, donde todo es artificialmente agradable, donde siempre hay una palabra o una teoría para explicar por qué uno se encuentra tan jodidamente mal, por qué respirar cuesta tanto, por qué las noches son tan largas y tan oscuras, por qué nunca amanece en el espacio cúbico de estos pasillos interminables.
Aquí ya no corre el tiempo, no distingo unos días de otros, siempre parece martes, el invierno de mis horas nunca claudica ante la llegada de una primavera. Por eso escucho a todos aunque no entienda lo que me dicen, aunque no sepa de qué me hablan; la vida se acaba definitivamente cuando todos te ignoran y yo no quiero desaparecer, aún no he sido derrotado del todo, aún hay una brasa encendida en mi interior, aún tengo una guerra de batallas nocturnas que he de ganar.

Sé que me vigilan, que toman notas de mi comportamiento, que me tienen etiquetado, que me estudian. No es una obsesión, no estoy tan loco como para eso. Hay cámaras de televisión en todos los rincones, me asegura Jerónimo cada vez que nos encontramos y yo lo miro con atención y finjo que creo y me interesa lo que me cuenta. Esos hombres de las batas blancas no son enfermeros, me dice, son agentes del Departamento de Inteligencia y los de las batas verdes, esos son los peores, esos trabajan para el Ministerio del Interior, hacen el trabajo sucio, quitan de en medio a la gente molesta, ya me entiendes. Asiento con la cabeza e intento protestar temiendo lo que ocurrirá si insiste en eso, porque ya ha pasado otras veces, pero él continúa con su desvarío. Yo no estoy aquí por ninguna enfermedad, me asegura, me han encerrado porque sé demasiado; antes trabajaba para el Servicio Secreto, agente especial Jerónimo del Toro, me infiltré como espía en un comando de ETA en Madrid, tenía carta blanca, licencia para matar como el Boom. Me mira y ve en mi cara el reflejo de la incredulidad y frunce el ceño y el tono de su voz se endurece. Crees que miento, añade arrastrando las palabras, crees que te cuento todo esto sólo por presumir. Se está enfadando y me salpica saliva tibia a la cara cada vez que pronuncia una ese o una erre. Me disculpo y le digo que tengo que ir al baño, pero el continúa hablando mientras me levanto. Me alejo de él y cuando vuelvo la cabeza lo veo aún contando su historia al vacío que he dejado a su lado, como si no me hubiese movido del sitio. Su soliloquio acalorado me llega incluso desde el otro lado del salón: me vigilan, grita, me persiguen, sé demasiadas cosas por eso no me pueden dejar salir. Hace aspavientos con las manos y el tono de su voz es cada vez más desesperado, más iracundo. Se ha puesto de pie encima de una silla y salta sobre ella como botando en un colchón elástico. Los hombres de las batas verdes ya lo tienen cogido de los pantalones, pero él les lanza patadas y los insulta: soltadme, esbirros, sois todos unos maricones. La boca se le ha llenado de espuma y está casi morado. Llora mientras los celadores lo conducen por el pasillo, con las piernas como muertas arrastrando por el suelo. Ha perdido una zapatilla y veo sus calcetines con agujeros, tomates que diría mi madre, y siento gran pena por él. Está paranoico, lo sé, pero es un ser humano, una persona que cree que es o ha sido otra muy distinta, tal vez cree ser alguien que siempre quiso ser, alguien importante y respetado, alguien útil.
Mañana no se acordará de nada y volverá a sus historias de espías y agentes secretos. Jerónimo desvaría, es cierto. Su mente capta jirones de la realidad y los tergiversa, los mezcla con otras historias que dan vueltas en su cabeza de loco y termina formando un mundo disparatado e inservible. Es cierto que nos vigilan, que toman notas, que nos estudian. Disimulan que no lo hacen, se comportan como si vivieran aquí con nosotros, como si todo fuera muy normal, pero algunos sabemos que no es así; vienen cada día porque es su trabajo y cuando acaban se van a sus casas. No son como los árboles del patio, que siempre están ahí. Los hombres de las batas verdes vienen y se van, he conocido a muchos durante estos últimos diez años. Algunos nunca vuelven y otros, como Dora, pasan con nosotros más tiempo del que deberían y no disimulan cuando se enfadan y nos regañan cuando tienen que hacerlo.

II

Cada noche, cuando las luces se apagan y llega la hora de la visita de los muertos, la dama vestida de negro se cuela en mi habitación dispuesta a arrebatarme lo poco que me queda, desnudarme de voluntad hasta dejarme abúlico y poseerme salvajemente después. Me ha perseguido durante años, manipulando mi vida, jugando desvergonzada e impune con mi destino. Hoy lo sé bien, aunque nadie me cree.
Todos tenemos nuestros fantasmas, me dice Goyo desde su altura de jirafa y añade sonriendo, si yo te contara la de cosas que he visto en los treinta años que llevo paseando por estos pasillos. Su voz me llega como a través del agua entre el murmullo compacto del salón asalmonado de los juegos. Lo miro oblicuo y lo veo como ensoñando un pasado remoto, tan escuálido y famélico que apenas se le ve de perfil otra cosa que la nariz, con el pijama de rayas manchado de yogurt y bailándole por todo el cuerpo. Goyo es un tipo culto y educado, pero me aburre porque siempre cuenta las mismas historias y siempre lo hace con las mismas palabras. Los fantasmas viven con nosotros, añade bajando mucho la voz como si me acabara de revelar un misterio abrumador y terrible. Los que escuchan se acercan más para oírle mejor y sus cabezas chocan y entonces saltan profiriendo gritos endiablados y dando botes por todo el salón. También yo los he conocido, pero entonces las cosas eran muy distintas; me tenían encerrado en la habitación esa que está al final del pasillo que os da tanto miedo. Estuve allí mucho tiempo, tanto que olvidé de qué color es el cielo. Goyo no termina de entender lo que le digo, no comprende cómo he podido estar aquí varios meses sin que él me haya visto.
- Estas mintiendo -me reprocha y noto con desagrado como se le frunce el ceño-; en esa habitación no se encierran personas sólo fantasmas.
- Yo era un fantasma cuando llegué aquí por primera vez: no hablaba ni veía ni comía, sólo luchaba.
- ¿Contra quién luchabas?
- Contra otros fantasmas de mi pasado, contra mí mismo.
- No te ví llegar.
- No, nadie me vio. Era de noche y llovía. Me ataban a la cama para dormir -me levanto las mangas del pijama y le muestro las señales que aquellas correas dejaron en mi piel-. Pero os oía danzar por el salón cada mañana, a la hora de los desayunos, y os veía pasar desde el fondo del pasillo a través de la mirilla de la puerta de mi habitación.
Goyo acerca su mano y la pasa por mis heridas ya cicatrizadas. Me pregunta qué he hecho, qué pecado he cometido para recibir un castigo tan terrible. Los demás están asombrados y estiran sus brazos para tocar los míos.
-
No sé lo que he hecho -le respondo-; ya no puedo recordarlo. Las medicinas me han borrado la memoria. -No es cierto lo que digo, por supuesto, pero es lo que les hago creer a todos.

El psiquiatra, que me visita dos veces por semana, me pregunta por Lucía y quiere que le cuente cosas de mi infancia, de mi familia, de mis amigos. Es un tipo alto y de mirada escrutadora que tiene un algo que me irrita profundamente. Se llama Víctor Losada y a mi me recuerda a Tomy Lee Jones. Viene a verme todos los lunes y los miércoles, casi a mediodía, poco antes de comer. Cuando habla conmigo se coloca sobre la nariz unas gafas de pequeños cristales engarzados en una montura dorada. Mi mira por encima de las gafas y anota cosas en una libreta blanca. Escarba en mi memoria revolviéndolo todo, arañándome las paredes del interior de la cabeza con su rastrillo de arrancar recuerdos. Yo sé lo que busca dentro de mí, sé por qué me tortura e insiste tantas veces en lo mismo. Pero no tengo nada que decirle; ya no. Él no puede hacer nada por mí y creo que lo sabe o empieza a sospecharlo.
- Relájate Leo -me dice- y deja de arrancarte las uñas. Cuéntame como fue la última noche que pasaste con Lucía.
- Vino ayer a verme, era ya tarde y por eso no pudo quedarse mucho rato, todos lo saben, seguro que sí, seguro que también la vieron. Quería ser la primera en felicitarme por mi cumpleaños. Me trajo una cajita azul que aún no he abierto y me dio un beso.
- No, Leo. Lucía no vino anoche a verte ni te trajo esa cajita azul que tienes sobre la mesilla de noche.
- ¿Cómo puede saberlo? Usted no estaba aquí.
- Lo sé, y tú también lo sabes pero te convences de lo contrario. Sólo crees lo que quieres creer -parece que se está enfadando, pero no es así, sólo es su forma de ser. Él no entiende nada.
- ¿Eres feliz aquí, Leo? –Me pregunta
- ¿Acaso lo es alguien, lo es usted en su casa?
- Quiero saber si tú lo eres, quiero que me cuentes que sientes para ayudarte.
- Siento nostalgia, remordimientos.
- ¿Te gustaría salir de aquí?
- Sí, mucho.
- ¿Adónde irías?
- Al parque del Retiro, al cine, al mar...
- ¿Sabes por qué estás aquí internado?
- Sí.
- ¿Por qué crees tú que estás aquí?
- Porque todo se rompe cuando lo toco.

Ya hemos cenado y los ojos se me cierran de sueño y aburriendo mientras los demás miran ensimismadamente en la televisión una película abyecta y absurda de Austin Power que se titula no se qué de una espía. De cuando en cuando todos gritan con escándalo, al mismo tiempo, como réprobos circenses y se lanzan los almohadones a la cabeza y se revuelcan por el suelo desternillándose de risa. Alguien apaga la luz y por la puerta aparece una mujer inmensa con una tarta de chocolate y piñones que lleva pinchadas velas rojas que titilan en la oscuridad como luciérnagas sobre un lago en una noche de verano. Es Dora, la asistente del turno de tarde. Me quiere mucho y me deja jugar con ese gatito blanco que siempre anda restregándose por sus piernas y que tiene un ojo de cada color. Dora sabe que no me gusta la televisión y por eso me lee por las tardes un libro muy gordo, de pastas de cuero azul, que habla de un hombre que persigue un rayo de luna: “Yo no sé si esto es una historia que parece un cuento o un cuento que parece una historia”; sí, así comienza el libro. Me lo lee cada tarde, pero hoy no me lo ha leído porque es mi cumpleaños y han preparado una fiesta y traen una tarta con velas que he de soplar. Las risas y los gritos se transforman en una canción arrastrada y deprimente que me hunde en una miseria de nostalgias extraviadas en el tiempo: ”Cumpleaños feliz/que lo pases muy bien/te deseamos todos ...”. Dora se acerca a mi mesa y me ordena con entusiasmo que apague las velas y después me dice, con su acento tan del sur, que me recuerda tanto al acento de mi madre, feliz cumpleaños, Leo.

III

Feliz cumpleaños, Leo. Y el metal blanco de su voz tiene un algo de acogedor que me da la vida, una textura de terciopelo que me acaricia los oídos. La miro desde la cama, envuelta aún en el vaho espeso de la ducha, y le agradezco esas palabras tan dulces y me dice que me ha dejado un regalo en el cajón de la mesilla de noche: una cajita azul que jamás he abierto. Recorro con la mirada el modesto mobiliario de la habitación buscando, entre los objetos desordenados por el deseo torpe y atropellado de una horas antes, la cajetilla de los cigarros y algo con que iniciar su combustión. Exhalo una bocanada ligera de humo dulzón y espeso y lo expulso después por la boca formando una nube gris azulada que parece contener en su inconsistencia formas indecisas de caras cuyos rasgos me son familiares, pero que no consigo identificar.
Tendido sobre la cama apuro los últimos instantes de una felicidad muy cercana a la satisfacción o la invulnerabilidad, instalado en esa especie de pereza feliz que justifican las sensaciones vividas al límite de uno mismo. Sigo con atención, sin moverme de la cama, la evolución ceremonial de gestos que Lucía ejecuta frente al espejo del cuarto de baño, cuya luz ilumina con debilidad lechosa los rincones inciertos de la habitación. Parece esmerarse en ocultar las huellas que el amor ha dejado en su piel para que al salir a la calle, al entrar en el restaurante, al darle las entradas al acomodador del cine, al mezclarse con la gente, nadie pueda descubrir ni sospechar la causa íntima de su felicidad.
Lucía se mueve ante el espejo con gestos femeninos y experimentados y pienso que nunca me cansaría de mirarla. Lleva puesto un albornoz casi blanco que le queda muy grande, anudado a su breve cintura, con cuadrados bolsillos de parche cosidos a sus flancos y que se abre, de vez en cuando, mostrando a mis ojos de vuogeor enamorado partes íntimas de su cuerpo; las piernas cuando maniobra frente al lavabo, la curva de sus pechos cuando se inclina para recogerse el pelo. Apago el cigarro restregándolo contra el cristal casi opaco del cenicero y veo como expiran sus volutas de humo gris azulado disueltas en la atmósfera cargada de la habitación que huele a pasión y a sudor, a fluidos corporales que escapan de las sábanas y de la almohada. Retorno la mirada al foco de luz en cuyo centro Lucía termina de arreglarse dando forma a sus largas pestañas negras y color a sus labios de fresa. Sabe que me gusta presumir de ella, que soy un exhibicionista, que me encanta cuando entramos en algún sitio y todas las miradas se vuelven hacia ella como magnetizadas por una fuerza irresistible y sé que piensan y se preguntan qué hace una mujer de bandera con un tipo tan mediocre como ese.

Qué hermosa me pareció esta tarde cuando la vi inclinada sobre la barandilla de piedra del lago del Retiro, cuando me recoció y vino hacia mí con felicidad y urgencia, sonriendo como si el mundo acabaran de pintarlo y amueblarlo para ella, despertando en todos los hombres con los que se cruzaba la esperanza de ser ellos el objetivo de esa carrera. Cómo me apremiaba el deseo de poseerla, de tumbarme a su lado y fundir mi piel en su piel. Me hablaba mientras paseábamos y me contaba cosas de su trabajo y de sus fotografías en blanco y negro, pero yo sólo estaba pendiente de sus caderas, del roce casual de su cuerpo con el mío, del sitio exacto donde se quedaban mis manos cuando la tomaba por la cintura para traerla a mi lado y decirle alguna tontería al oído, de cada milímetro de su pantalón vaquero que pasaba por debajo de las yemas de mis dedos, tan ajustado a sus muslos que daba vértigo mirar sus piernas interminables.
Me incorporo de la cama entre una ovación de muelles que escapa del colchón o del somier y me acerco a su lado como guiado por la claridad que me llega desde el cuarto de baño, como esos insectos que no pueden reprimir su deseo de penetrar en la luz y explotan adheridos a las láminas de ultravioletas que cuelgan del techo de los bares. Me recibe con una sonrisa y cierra los ojos cuando la tomo por la cintura y le beso el cuello. Veo nuestras caras flotar como entre nubes cálidas de algodón en el espejo empañado del lavabo y su belleza se me muestra ahora distinta; más angulosa, los rasgos de la cara más perfilados bajo la toalla enroscada alrededor de su cabello mojado, como un turbante que le confiriera un aspecto más felino, más intencionado. Sus pómulos se levantan y afilan como cuchillos de pasión que hirieran la oscuridad de la noche. Ladea la cabeza ofreciéndome el cuello como la víctima rendida de un vampiro y su boca entreabierta es una fruta rosada e irresistible que invita a la perversión. Recorro con mis labios su largo cuello y mis manos alcanzan sus pechos a través de la tela un tanto áspera del albornoz.
Me queman los celos de otros hombres que hayan podido poseerla antes que yo, de otros momentos felices y románticos que haya podido vivir lejos de mi compañía, de otras noches de amor anteriores a aquella noche de carnaval en que nos conocimos. Lucía, le digo al oído y las vocales abiertas y rotundas de su nombre reverberan en mi paladar creando ecos huérfanos de sonido que me cosquillean la lengua, y un te quiero casi asoma por mis labios pero se queda en una insinuación muda; vayámonos lejos, le propongo sin mucha fe, donde nadie nos conozca, donde todo sea nuevo y empezar no lleve la carga de nuestro pasado, desertemos de esta ciudad poblada de fantasmas, de estas calles en las que siempre llueve sobre mojado y en las que espera un borde en cada esquina y en cada callejón se esconde una emboscada. Huyamos de esos edificios de cristal con alma de acero que ya no reflejan nuestras caras y de esos neones que mienten como relámpagos compulsivos. Vente conmigo al Sur, perdámonos en la ladera boscosa de una montaña asomada al mar, déjame que te enseñe los caminos de espuma rosada que cruzan las marismas del Guadalquivir. Lucía me sonríe con complicidad y paciencia y hace ese gesto con la comisura de la boca que tanto me gusta, se da la vuelta y sus manos cálidas recorren mi pecho desnudo y noto como se balancean sus caderas cuando cambia el peso de una pierna a otra. Nos iremos donde tú quieras, me concede, empezaremos de nuevo lejos de todo esto si eso es lo que deseas, pero alegra esa cara, me regaña, que hoy es tu cumpleaños y debes sentirte contento por ello.
La brisa aún helada de la noche de marzo mueve las pesadas cortinas de la ventana y el viento silva entre los cristales temblorosos un bolero abolido por los aullidos feroces de los motores de los automóviles, por las luces de neones de una ciudad enloquecida bajo el embrujo del fin de semana, por la fachada herrumbrosa y decadente de este hotel anónimo y sórdido. Siento el calor de su pecho estremecer mi cuerpo y el deseo resucita en mí y me tamborilea en las sienes. Su piel huele a jabón de glicerina y a champú de huevo, toda ella desprende un intenso aroma a deseo. No has abierto aún tu regalo, me dice y le respondo que lo abriré cuando esté solo, tal vez mañana después de dejarte en la parada del bus y antes de que me entre esa depresión de caballo que me aniquila cada vez que nos separamos. Eso será mañana, me tranquiliza, pero ahora estamos juntos y quiero que me abraces, que no nos consuma la madrugada, que tu piel sea el forro de mi abrigo.
Se ha quedado completamente desnuda con la toalla liada alrededor de su cabeza de donde escapa un mechón de pelo mojado y negro que parece insinuarme que es poseedor de un secreto maravilloso y prohibido. También lleva ese colgante que ha comprado esta misma tarde en un puestecillo de El Retiro y que tiene una piedra casi azul, como sus ojos, engarzada a una fina cadenita de plata que brilla sobre su piel con una textura inconsistente de metálica quimera. Me araña el alma la simpleza con que se ilusiona con esas pequeñas cosas y quisiera conquistar el mundo para ella y estar siempre donde pudiera protegerla.
Me abraza y siento que la eternidad ha encontrado por fin su forma precisa en el molde de este momento sin mesura. Está descalza sobre el charco de agua que ella misma ha formado y me parece más frágil, más vulnerable, algo más baja que la primera que la vi, hace ya tantos años que la bruma del tiempo casi ha borrado ese recuerdo.

IV

Aquella tarde, Lucía, llevaba una boina roja calada al estilo del Che y su sonrisa iluminaba todo el parque del Retiro. Apoyada sobre la barandilla del estanque echaba migas de pan a los peces y sus caderas inflamaban la tarde y un Sol de caramelo ardía en el horizonte. Me vio llegar desde lejos y corrió hacia mí cortando la respiración a todos los hombres con los que se cruzaba. Yo corrí hacia ella y nos fundimos en un abrazo de esos que salen en los anuncios de colonia. Cogidos de la mano y rebosantes de vida bajamos por la avenida del Estanque deteniéndonos en todos los puestecillos de adornos étnicos, en los que unos hombres de piel negra como un barranco marino nos ofrecían amuletos de la suerte fabricados con huesos de animales exóticos. Lucía compró un colgante con una piedra casi azul, como sus ojos. Yo eché unas monedas sobre la funda de la guitarra de un tipo que cantaba The Boxer. Dando un largo paseo llegamos hasta la plaza de Puerta de Toledo y cogimos una habitación con vistas al Paraíso. Nos hicimos el amor sobre una cama con música de muelles; el colgante de Lucía saltaba entre sus pechos brillantes de sudor, el cabello se le pegaba a la cara y los ojos se le iluminaban deslumbrantes y acogedores.
En muchas ocasiones quise decirle a Lucía lo que sentía por ella, la obsesión que me causaba su mirada. Pero nunca lo hice, siempre di por supuesto que ella lo sabía. Jamás le obsequié con un te quiero ni le susurré al oído frases de esa tan románticas como las que se escuchan en las películas de Leonardo Di Caprio y que aparecen en las novelas de Rosamunde Pilcher.

Lucía se arreglaba el pelo frente a un espejo que enloquecía ante su belleza. Yo la contemplaba desde la cama y me parecía casi irreal inmersa en el vaho denso de la ducha. Feliz cumpleaños, Leo, me dijo, te he dejado un regalo en el cajón de la mesita de noche, y yo me incorporé de la cama y la abracé por detrás y la besé en el cuello. Ella se volvió y llevándose las manos a los hombros se soltó el albornoz, que se deslizó suavemente acariciándole la piel aún mojada del agua de la ducha. Su piel olía a jabón de glicerina y su pelo a champú de huevo. Tomándola de la cintura la traje hacia mí pero su cuerpo se me escapó como un pez asustado. Resbaló sobre el agua que escurría de sus propias piernas y cayó hacia atrás. Intentó asirse a mi pecho y sus uñas dejaron sobre mi piel seis hilos rojos de desesperación. La dama negra de mi destino interpuso en su caída una esquina de la encimera del lavabo. Oí un golpe seco, su colgante saltó hacia mí delirando en el espacio y el brillo de su mirada se apagó desterrando de ella la vida. Mis brazos acunaban el vacío donde instantes antes había estado su cuerpo. La sangre salía por debajo de la puerta del cuarto de baño. Poco a poco su cara fue quedándose pálida y su piel se enfrió. Parecía una muñeca de porcelana. Intenté reanimarla a fuerza de besos, de caricias, de lágrimas, de súplicas. Soplé por su boca en un esfuerzo desesperado e inútil por traspasarle mi vida, pero su corazón había claudicado.
Me asomé a la ventana y comprobé que no daba al paraíso, sino al infierno, y que el manto de la noche tenía agujeros por los que se escapaban nuestros sueños y nuestras esperanzas, y que el viento tarareaba el blus de los perdedores, y que los faros de los coches pintaban de neones mi pecho carcomido por tantos fracasos.

V

Ahora ya hace mucho tiempo que no salgo de este edificio de paredes blancas, pero una dama vestida de negro suele visitarme en sueños. La conozco bien; es celosa y juguetona. Me araña la cara y me arranca los cabellos. Me muerde los labios hasta hacerme sangrar y después escribe con la lengua palabras de amor en las paredes. Los hombres de las batas verdes dicen que soy yo mismo quien hace todo eso. Dicen que estoy loco. No me creen, pero es ella. Sé que acabará matándome.
Ya han apagado la televisión y oigo desde mi cama a Dora recoger los platos de la cena. Como cada noche, siento miedo, el terror se apodera de mí. La oscuridad ha reemplazado a la luz y me siento muy solo. Me abrazo al recuerdo de Lucía pero temo que, una vez más, se me escape de los brazos y su cabeza termine chocando contra algo duro y yo no pueda hacer nada por evitarlo. La abrazo más fuerte, amor mío no te sueltes, el precipicio está ahí mismo, pero una figura femenina vestida de negro tira de ella y siento cómo Lucía se escurre de entre mis brazos y cómo sus uñas se clavan en mi piel con desesperación. Mi padre me sonríe desde la puerta que casi no alcanzo a distinguir en la oscuridad, pero no me ayuda a retener a Lucía. Ayúdame padre, que se me escapa. La dama negra lucha con fiereza por arrebatármela, ha clavado sus uñas en mis ojos y me tira del pelo, me muerde en los brazos. Estoy empapado de sudor, las sábanas me amortajan, las paredes se me vienen encima, estoy sangrando. El dolor me abate y finalmente los brazos se me desploman inertes a ambos lados de la cama. De nuevo la he perdido, pero mañana será otro día y lucharé con más fuerza. Si puedo me traeré de la cocina un cuchillo escondido bajo mi bata, lo dejaré debajo de la almohada y cuando la dama negra venga de nuevo a arrebatármela se lo clavaré en el pecho.

FIN


Máximo Herrera