Bailarina de humo

 

La noche

Subyace en la noche un algo femenino
de poderosa belleza prehistórica.
Es el reino de Selene. El edén
perfecto de las constelaciones.
La esfera donde los poetas
se encuentran a sí mismos.

La noche vive abrazada a una niña con trenzas,
ojos naipe de azabache diamante.
En su inmensa profundidad las almas
enamoradas se expanden hasta disiparse.
El cielo, desarmado de su escudo azul,
se muestra tal como es: inasible, infinito.

El amor brilla en la noche de plata y negro
cuando las claraboyas del corazón
están abiertas y la luz almidonada
ilumina el alma de las cosas,
cuando los ojos de la cara no son
jueces, sino ventanas por las que
se asoman los ojos del espíritu.

 

Turbulencia azul

Hay algo de locura en la poesía:
una azul turbulencia
de sueños inventados,
verdades disfrazadas de mentiras
y fingidos suspiros.
Inherencia de la literatura.

Una voz que no es mía me susurra
al oído palabras.
Palabras insistentes.
Palabras que son ciertas.
                                      Pero dudo…
Dudo que estén refiriéndose a mí.

 

Efectos colaterales

¿Qué cambió en el mundo cuando nacimos?
¿En qué asuntos insospechados,
en qué personas desconocidas
habrá influido nuestra existencia?
Desde la ignorancia hemos provocado
más de un gozo y más de una tragedia.
Tal vez rompimos algún corazón.
Tal vez fuimos motivo de sorpresa
o la causa ignorada
de alguna decepción.
Nunca lo sabremos.
                              Así está bien.

 

No la amé suficiente

Ella es el declinar de la escarcha
cuando, almendrados, explotan los relojes.
Suprema adarga de dulzura y protección
en mis juegos infantiles, en mis carreras ebrias
de insobornable blancura impúber.

Puchero de garbanzos, pan y tocino.
Ella es la vida que sale del fogón,
la pitarra, el confite, el agua fresca
que preña la barriga del botijo sudoroso,
el hilo de mis botones y el jabón de mi cara.

Luminosas caricias de su piel de pez
hoy, en la tempestad del tiempo hecho distancia,
demando trémulo al palpitar repentino
porque me tiembla su nombre en los labios,
porque hoy sé que no la amé suficiente.

 

Conocerme es conocerte

Creo haber andado
todos los caminos que atraviesan
mi geografía.
                               Me interrogo
sobre aquellas cuestiones dolorosas
que el espíritu abaten.
Cuestiones para las que no hay respuestas.
He intentado conocerme a mí mismo
para conocerte mejor a ti.
Hoy me descubro en cada mirada
tuya.
                              En cada expresión
de todos con los que me cruzo y me
saludan o me ignoran.
Hoy comprendo que el hombre
que se busca a sí mismo
termina encontrando a todo el mundo.

 

Ayúdame a buscar

Ayúdame a buscar la esperanza
para dársela a quien nunca la tuvo.
Ayúdame a cultivar el amor
para que ame quien nunca amó.
Ayúdame a imponer la bondad
para cambiar al que nació perverso.
Ayúdame a ganar la libertad
para liberar al que nació esclavo.
Ayúdame a instaurar el coraje
para que luche el que nació cobarde.
Ayúdame a conquistar la fortuna
para entregarla al que nació sin suerte.
Busquemos juntos un rayo de luz
para iluminar las noches de angustia.
Vayamos al encuentro de la vida
que aún quedan muchas cosas por hacer.

 

Golondrinas ciegas

En el aire se mecen palabras de otros tiempos
como se mece una hoja dorada por la muerte.
Descoloridos ecos y voces apagadas.
Imágenes de hielo que rompen el silencio.
El más mudo de todos;
contumaz a fuerza de lágrimas prohibidas.
Élitro imperturbable de dureza geológica
que guarda un esqueleto lastrado con pesares.
El cadáver de una disoluta existencia
digna de ser varias veces vivida,
tan densa y tan cuajada, tan libérrima que sangra
pájaros de alas quemadas, golondrinas ciegas.
Qué más quisiera yo, bailarina de humo,
que poderte cortar, sin violar tu frescura,
como a una rosa plena de terciopelo rojo,
abonar con tus pétalos de sangre derramada
los campos agostados que un día fueron mi vida.
Me hieren las espinas de los rosales muertos
y lloró por las flores que entonces no corté.
Las playas de océanos, ahora desecados,
guardan los tesoros de mil noches de placer,
naufragios de mi vida, rojos pecios labiales,
carmín fósil de sal.

 

Busco un poema

Hace meses que habito
las cesuras de un poema estival.
Quiero ahora mudarme a otro poema.
He dejado un mensaje en la sección
de anuncios clasificados de un diario.
Estoy buscando un poema con vistas
al interior del alma,
un lugar para pasar el invierno.
Pero todo lo que encuentro es muy caro,
muy usado o demasiado sombrío.
Y yo quiero vivir entre unos versos
con luz y casi nuevos.

Las hojas muertas del parque me dicen
que transita con prisas el otoño.
Y yo sigo buscando mi poema.
Si no lo encuentro, intuyo,
que se va a hacer muy largo el invierno.

 

Disuelto en el anonimato

Cúbreme de anonimato, memoria colectiva,
que las gargantas de disciplinado mármol
no me delaten sofocado de simpleza
ni la sombra blanca de la cándida ingenuidad
me detecte porfiando en sus lindes.
Si anido las córneas miopes de la luna
no es para robarle su decoro intachable
sino para probarme su armadura de estaño
que resplandece y quema de pura nieve.

Vacante de bacantes perfidias provocadoras
mi corazón quedó exento de erecciones,
aunque aún especula con modestos éxitos
levantados sobre las piedras donde,
tantas veces, he tropezado tantas veces.

Poco a poco me disuelvo en el hervor umbrío
arto ya de estar arto de batirme en retirada,
desdoblando el aire que repentino asfixia
cimbrando de ojos oblicuos mi alcoba.

 

Yo fui quien tú eres

Si el universo late
en ciclos infinitos
mi nacimiento se ha repetido
infinitas veces en incontables
sitios e infinitas veces he muerto
de infinitas maneras diferentes.
Habré sido, pues, todas
las personas posibles.
Si el universo oscila en infinitos
cursos desde el ayer
remoto de los tiempos,
todas las posibilidades ya
se han consumado en infinitas
existencias como esta.
Yo ya he sido quien
tú eres ahora y
en mí hay algo que
tú dejaste allí germinando un día.

 

Postreras esperanzas

En esta inquietud que me abre las carnes
me desvanezco minuto a minuto.
No me devoro porque no me encuentro,
porque nací en fecha equivocada.
Le pido al destino que me conceda
un final digno de garganta húmeda,
caricias de nieve, besos de fuego,
rosas con espinas, resaca y humo.

Dejadme, leve al pairo, vivir equivocado.
Perdonadme, sin rencor, la pólvora en los ojos.
Sabéis, por el precio, al que cotizan los vicios
que el sol que me inflama se levanta para todos.

Tengo callos en los labios de besar las piedras,
de cabalgar sobre olas de corcho, sin espuma.
Busqué un colchón de piel que amortiguara mi ímpetu,
un frenesí sin tropel, una orilla blanca.
Y sólo encontré alquitrán vertido en el asfalto,
pleamar de esperma hirviente batiendo el litoral,
sementera de gritos, de una utopía en llamas.
Allí quemé las naves de mi última esperanza.

 

Preguntas

Sólo hay certidumbre en las preguntas.
El pensamiento es pura interrogante.
El arte lo es también.
Porque sabernos ignorantes es
la única verdad que descubriremos.
Todo lo demás son composiciones
cándidas de los crédulos sentidos,
veletas al viento de las tendencias,
recreaciones subjetivas basadas
en vagas intuiciones.
No quiero respuestas predefinidas
ni ecuaciones ni sagrados misterios.
Seré sin subterfugios
o no seré.

 

Llega el sueño

Floto.
          Me voy quedando dormido y
floto.
          No me afectan las leyes físicas.
Mi cuerpo pierde el peso.
                                         Sobrevuelo
valles esmeralda, montañas, bosques.
Sin esfuerzo me elevo.
                                         Siento vértigo.
Soy flecha en un triángulo que emigra.
Me concentro y aún estoy.
                                         Ya no estoy.
Dispersada la gnosis
en manchas de imágenes cedo a
la tensión fronteriza del despiste
y me disipo flácido
en un sinfín de etcéteras.

Máximo Herrera