La
noche tiene algo de femenino.
Es el reino de la luna, de las estrellas.
La esfera donde los poetas se encuentran a sí mismos.
Dice
Lorca que la Luna tiene los senos de duro estaño
y Aleixandre asegura que todo en la noche
vive una duda secreta. Una duda de sonámbulos.
Pero
las sombras femeninas de la noche piden realidades,
promesas que sobrevivan a los espíritus de la aurora.
¡Qué corta vida tienen los juramentos nocturnos!
Los amantes son cautivos de la noche;
más cautivos cuanto más enamorados.
Habitantes
incondicionales del insomnio
que duermen poco y sueñan mucho.
Sueñan poder ser inconscientes entre los pliegues
secretos, íntimos, de otros cuerpos también insomnes.
La
noche vive abrazada a una niña con trenzas,
ojos naipe de azabache diamante.
En su inmensa profundidad las almas
enamoradas se expanden hasta disiparse.
El cielo, desarmado de su escudo azul,
se muestra tal como es: negro, infinito.
El
amor brilla en la noche de plata y negro
cuando las claraboyas del corazón están abiertas
y la luz almidonada ilumina el alma de las cosas,
cuando los ojos de la cara no son jueces,
sino ventanas por las que se asoman los ojos del espíritu.