Hoy
encontré tu nombre escrito en un papel
que me llevé una tarde de una cafetería.
Entre borrones medio se asoma un poema
de versos indescifrables. Algo que, tal vez,
quise haberte dicho y no lo hice. Palabras
que el amanecer eclipsó de mis labios.
Las
naciones felices no tienen historia.
Los amores felices tampoco. Sólo pecios
y borrones en algunos papeles hirientes
que la infame memoria no se atreve a destruir.
El
amor fue espléndido con nosotros;
furtivo, certero, fugaz. Demasiado perfecto.
Algo más te hubiera dicho de haber tenido más tiempo.
Pero en el amor siempre hay uno, al menos,
que es sordo. Generalmente los dos.
Las palabras no cuentan, sólo la pasión se abre
paso
en el bullir ardiente de la sangre enamorada.
Escucho
la lluvia golpeando en los cristales
y el humo del café elevándose entre nosotros
como incienso quemado en honor de un dios menor.
Recuerdo vivamente la desesperación
con que te deseaba aquella tarde.
La quemazón que provocaba en mi piel
el roce de tu mirada encharcada de azul,
cómo se me desbocaba el corazón
ante la perspectiva de poseerte.
¿Palabras?
Ninguna recuerdo, aunque
me consta que las hubo. Seguro que algo dijiste
que no escuché. Seguro que algo dije que no oíste.
En una servilleta de papel anoté unas pocas palabras
un pensamiento, tal vez, para no olvidarlo.
El papel fue al fondo oscuro de un bolsillo
de una chaqueta que, semanas después,
fue al fondo oscuro de un armario.
La prenda se pasó de moda,
envejeció a mis ojos y no volví a usarla.
Allí ha estado todos estos años
esperando pacientemente salir de nuevo a la luz
para descubrirme el tesoro que llevaba dentro.
¡Había olvidado completamente aquella tarde!
¿Cómo ha podido ocurrir, si hoy me parece la tarde
más maravillosa de toda mi vida?