Prometeo
clavado en el Cáucaso
con un buitre devorándole el pecho
(o un águila comiéndole el hígado)
no cede ante el chantaje de los dioses.
Como prototipo del mártir destinado
a liberar a la humanidad de su oscuridad,
su cuerpo se renueva cada noche
para ser devorado cada día.
Así
nació en Esquilo el primer cristóforo.
La
libertad es un derecho que se conquista.
Incluso hoy, ser libre significa renuncia,
incomprensión y sufrimiento.
Porque no puede existir libertad con dependencia,
libertad con condiciones, libertad con límites.
La sociedad no busca crear hombres libres.
Las religiones, por supuesto, tampoco.
Adherida
lapa de mística subyacente
(ya en el origen del pensador presocrático)
la libertad individual araña el sentido de grupo.
La evolución tiene las matemáticas de su parte
y aunque el conjunto no vale más
que el peor de sus componentes
(la cadena rompe por el eslabón más débil),
el conjunto maquilla los fracasos individuales
y nos hace sentir libres como especie
aun siendo esclavos como individuos.