Que
se rompa la flecha del tiempo.
La entropía no conoce el devenir;
torna exorable la causalidad.
Vuela
libre la taza de café
que el despecho de mi amada
arrojó con destino en mi cabeza.
El proyectil no subyace en movimiento,
no existe instante de congelación,
siempre avanza.
Cuando
siento el golpe comprendo
que la terracota es más dura que mi cráneo.
No es una presunción; es una certeza física
fruto de la experiencia. Pero no importa, lo merezco.
La
veo llorar. Se lleva las manos a la cara.
No puedo deshacer lo que hice,
el fluir del tiempo no es reversible.
De hecho, presiento que el tiempo no existe.
Yo no estoy vivo en el pasado; ése era otro.
No me castigues a mí. Ódiale a él.
Cuando
la miro sé que lo que veo
no es su imagen actual,
sino cómo era hace un instante.
Es como la luz de las estrellas
que nos llega, desde el universo profundo,
muchos años después de ser emitida.
Tal vez esas estrellas ya estén muertas,
tal vez ella ha cambiado.
¿Cómo
puedo estar seguro
de la indeleble continuidad del tiempo?
Vivimos en el pasado inmediato
aspirando a un futuro inmediato
que nunca llegamos a tocar.
Sólo en el presente somos invulnerables,
libres, ligeros de atrofias humanas.
Se nos ama y se nos odia por lo que fuimos
o por lo que podemos llegar a ser,
se nos juzga por lo que hicimos
o por lo que podríamos hacer.
Es el precio que pagamos
por ser conscientes de nuestra existencia.
Tomo
en consideración marcharme a la cama;
tal vez el hombre que seré mañana
pueda compensar los errores cometidos
por el hombre que fui ayer.