Llegaron
del mar empujados por el miedo y el hambre
en atropello abnegado, en angustia colectiva.
Ébano y marfil carcomidos por el Sol y las olas,
secos por dentro y por fuera como babas de ballena,
henchidos de días perdidos, vacíos pero ilusionados.
Atrás
dejaron el esplendor de sus mediodías polvorientos
insistiendo en el ahínco de un sueño inalcanzable.
Sin apego a la vida tan cruel que soportan
viajan silenciosos cargados con sus tumbas;
sin remordimientos ni afán de olvido,
sólo tenues recuerdos que arderán desecados
bajo los plásticos obscenos de un invernadero.
Recuerdos
de una aldea que los vio nacer y crecer;
arena abrasadora, estiércol y leche de cabra.
Recuerdos de un país que les negó el mañana,
tan protervo como lo es el presente y lo fue el pasado.
No tienen nada que perder porque ya lo perdieron todo.
Por mala que sea la muerte, no puede ser peor que la vida;
esas vidas condenadas a la miseria y al fracaso absoluto.
Éxodo
de vencejos en arrebato sin armonía
chocando contra el cristal opaco de la frontera,
desgarrándose la carne en la alambrada de espino.
El viento arrastra al sur sus gritos de agonía,
sus lamentos atormentados, sus voces de auxilio,
liberándonos del horror que supondría escucharlos.
Los
muertos caminan por parajes invisibles.
No hay barreras para las almas. ¡Al fin libres!
Allí no son distintos de nosotros, sino iguales.
Eso justifica el riesgo, hace soportable el sufrimiento.
La
patera ya no flota. El naufragio es inevitable.
Gritos de pánico, arañazos, lucha. Se va la vida.
Adiós maldito mundo, adiós paredones de sangre,
os esperamos en el infierno…
Tal
vez, algún día, nos toque dar explicaciones.
Diremos que se murieron solos. ¡Qué tragedia!
Aunque el cielo sabe, que entre todos los matamos.