Muerte y vida, de Gustav Klimt

 

Ruleta Rusa

 

Ya llega el inanimado gigante de mármol tibio
raspando con su garrocha la cera de mis oídos

y noto que me recorren nerviosos escarabajos
fabricando en mi cerebro bolas de estiércol dorado.

Con una aguja de punto me atraviesa la cabeza
dejándome un agujero que llega de oreja a oreja;

me resbala por el cuello caliente la entendedera
que abandona con urgencia mi calada calavera.

Por el espacio se arrastra el proyectil arrogante
salvando a cámara lenta huesos, tejidos y sangre

como tropel silencioso huyendo desenfrenado
de la mortal explosión que él mismo ha provocado.

A la tara de su estela se va mi vida enganchada
con la vieja desdentada portadora de guadaña.

Cuando el suelo me recoge derribado con estrépito
los pesares del pasado se me aparecen en sueños.

Cuántos errores ¡Dios mío! Tardío arrepentimiento
de las auroras perdidas entregadas a los vientos.

Cuánto derroche jovial, cuántas noches, cuántos días
expuesto a la intemperie de un beso de purpurina.

Al escapar de mi cuerpo espero la luz o el fuego,
un camino, unos brazos, un nirvana o un averno.

Pero atónito descubro que nadie sale a mi encuentro;
ni ángeles ni demonios. Sólo un abismo de hielo

que me asimila al instante, cuando en mi mano aún apesta
a pólvora el revolver con el que perdí esta apuesta.

 
Máximo Herrera