Tan
inmóvil y sin embargo tan primaveral,
tan confiada, tan implícita, alma de jara,
triunfas sobre mí aun a tu pesar.
Nocturno
invulnerable de súbita dicha
bruñido me ciñe a la oscuridad
que a ti me acerca y de ti me aleja.
Convertida
en perfiles desnudos me cabalgas
y mi imaginación lucha por plasmar tu cuerpo
mucho más presente que a la luz del día,
más inmediato a mis deseos, más real.
El
vaivén me embelesa y me descubro rezándote,
palpando cada milímetro de tu cuerpo
con la devoción de un incondicional,
afecto devoto a imágenes sagradas,
que buscara en la curva de tus curvas imposibles
el tacto redentor de una estatua milagrosa.
Secretos
yacentes a fuerza de calma
permanecen puros resueltos en prodigio
al calor de tus nalgas, que me frotan,
al ritmo de tus caderas, que me trotan,
y a esta paz de erótico equilibrio, donde floto
próximo al éxtasis, inmerso en ti,
desvalido sin control ni conciencia propia.
Condúceme
que se han borrado
del mundo las veredas y caminos
y temo regresar a un presente
de alacridades aún no cuajadas.
Alumbra
con tu candor este vacío
de gruta húmeda que ocupa mi pecho
tan desangelado y lleno de telarañas
que hasta los pensamientos menos pesarosos
provocan ecos de angustia en su interior.
Recórreme
con la llema de tus dedos
como si nunca hubieras amado.
Desata en mí tus más bajos instintos.
Devórame lentamente y sin piedad.
Hazme sentir tu triunfo incuestionable
y ofréceme después el bálsamo sanador
que brota del manantial sulfuroso de tu boca,
la ternura de un beso alado en seda,
la esperanza inagotable de una sonrisa infantil,
el perfume envolvente de tu aliento protector.