De
la ingrávida resistencia de sus labios
temblando arranco un beso de cristal,
hálito leve que mi aliento conquista
ya desbravado al asombro sin conciencia.
Incapaz
de cifrar el alcance de su reto
temo un naufragio de seda sobre acero
o arañar con perfiles de rubí incandescente
la esponja de espuma de su piel de nata.
Como
jara cimbrea su cintura en mis brazos
y no encuentro un punto de fuerza para asirla
entre la dulzura de menta que me inspira
y el fuego de la pasión que me demanda.
¿Son de coral o de fresa sus labios,
su piel es terciopelo o papel del cebolla,
sus gemidos me están pidiendo que pare
o me invitan a asediarla con más ímpetu?
Sus
pechos saltan con cada nuevo envite
y mi ojos, sin voluntad, los siguen mareados.
Los músculos elásticos de su pelvis
me ciñen en abrazo húmedo y poderoso
sumiéndome en una duda que me desconcierta:
tal vez se resiste a mi empuje y no desea que entre
o tal vez se aferra a mi sexo y no desea que salga.
Por
fin unas palabras se abren camino en su boca
rescatándome del abismo negro en que vacilo:
“Más, amor mío. No pares, no pares ahora”.
Y estalla en confites de estofa salvaje
el ombligo sudoroso de la noche gastada.
Y comprendo que por fin comprendo
que no hay nada que entender en el amor
ni control eficaz de los instintos
ni presa que regule el flujo sanguíneo,
sólo catarata, ahora pétalo de rosa
expuesta al deseo, luego plata, siempre fuego.