Jugadores de Cartas (1890-1892) de Paul Cézanne.

 

El azar

 

En todos los sucesos que afectan nuestra vida
una fuerza subyace.

Cuando es fuerza física, la desvela la ciencia
en sus múltiples fórmulas.

Si es de origen humano, intención o propósito,
podemos comprenderla.

Pero si tal origen oculto permanece,
lo llamamos azar.

Carambola del destino,
bendita casualidad,
voluntad del ser divino,
albur y fatalidad.

La rueda de la fortuna ramera y caprichosa,
la moneda con dos cruces, el dado con siete caras,
los designios del celeste, el efecto mariposa,
la dama de corazones que llevo oculta en la manga.

Los fantasmas del pasado que juegan a doble o nada,
aquella niña bonita, esta ruleta trucada,
aquellos duples malditos de la última jugada.

Una pata de conejo,
una noche de perseidas,
un símbolo, un amuleto,
un hechizo de las meigas.

Unos ojos de lagarto,
la madreselva y la sal,
unas tripas de nonato,
una bola de cristal.

Perdí la bolsa y la vida mucho antes de nacer
apostando a impar y rojo en la mesa de un casino
y aprendí a marcar las cartas un invierno en un presidio
haciendo juegos de cama con una hermosa crupier.

La quiniela de la vida puso un pleno en mi destino;
lo perdí, me lo gasté, ya nada se puede hacer.
Ahora juego al escondite, los sábados y domingos,
con mi sombra en soliloquio apostándome el café.

A la causa ignorada de un efecto conocido
lo llamamos azar.

Al lance que desafía el sentido común
lo llamamos azar.

¡Incluso al resultado de previsibles actos
lo llamamos azar!

Bendito ese argumento al que siempre podemos
la culpa echar de todo.

 
Máximo Herrera