Aún
perfora mis sentidos el roce
de aquella tarde lejana de estaño,
aquella lluvia cáustica oxidando
el cuarteado ídolo de Safo
del templo en ruinas de los besos sin pasión.
Desde
la marquesina del olvido
pasquines de pesares caían hechos pedazos
bajo el estrépito violáceo de un ocaso apocalíptico.
Las parejas se abrazaban en los parques
y los gatos maullaban su locura de arrabal
a la noche llena de un cielo sin luna.
Mon
amour, crois-tu qu'on s'aime?
se preguntaba llorando notas Piaf
en la radio constipada de aquel mesón
que indiferente me vomitó borracho.
"Las
cigüeñas que vienen de París
no anidan los sepulcros de esta morgue",
me gritaba la calle, envenenada de ecos.
Lluvia de lágrimas sobre mi cabeza,
un turbión de cloroformo carmín
que hubiera espantado al propio Nosferatu.
Y
cubierto con el manto del anonimato
envejecí sin haber vivido un solo minuto,
arrostrando a mi esqueleto viudo de sombra
en el empedrado de una acera traicionera.
Se
consumía un tren de cartón
dibujado sobre el muro de una iglesia.
Volutas de humo negro contra un cielo añil
que agonizaba en el destierro de la noche.
“Devuélveme
la vida, tú que vendes besos”,
le propuse a la chica de la última esquina,
pero su boca de mármol rosa estaba seca
y sus brazos me arañaron la espalda.
Las
paredes de una decrépita pensión
me acogieron sin preguntas en su regazo.
Silbó el viento un bolero en la ventana,
la marcha fúnebre del hombre que soy,
la banda sonora del tiempo perdido,
la canción de cuna del niño que fui.