Una
noche de otoño llamó a mi ventana
la diosa Elpis enferma de ayeres.
Sorprendida mi mirada partió el cristal
empapándose en la plata helada de la lluvia.
¡Qué
majestuoso piélago de arrogancia!
En una sonrisa cum laude envuelta
me habló de un tálamo de flores trapecistas
y de una prima hermana suya que tenía
el insólito don de hablar en estéreo;
diez cuerdas bocales y una lengua bífida.
Me
permitió encanalarla con mis filias
luego de averiguar el tamaño de mi estambre;
espurias caricias sátrapas derramadas
sobre el pubis juvenil de un amor en chandor
que repetía incansable su ecléctica cantinela:
si la muerte es sólo un plácido sueño,
el tiempo es sólo una larga noche.
Consideré
que entre mis virtudes
(sólo tengo dos: mi tía abuela lisergia
y su bellísima ahijada psicode),
no iba a encontrar la precisión oral
que sus ebúrneas miradas me exigían.
En definitiva, reconocí a mi pesar,
la muerte posee una excelente memoria,
pues nunca se olvidó de nadie.
Hoy
sé que lo más difícil
no es recordar, sino olvidar.
Olvidar lo que somos y lo que hicimos.
Olvidar para vivir y seguir viviendo.
Incluso olvidar que hemos olvidado.
Solo así la bella Elpis se abre de piernas
y ofrece la humedad balsámica de su boca de fresa.
Los pecados se penan en forma de remordimientos
y el infierno te llama cuando menos lo esperas.