Conocí
a una muchacha en el ciberespacio
alegre y soñadora, romántica y tierna.
Me dijo que su nombre era Amor de Medianoche,
que tenía los ojos del color de la tormenta.
Nunca
he escuchado el tono de su voz,
pero no puedo vivir sin sus palabras.
A través del ratón acaricio su mano.
Cada noche la ensueño a mi lado acostada.
Ingrávido
absorbo, frente al ordenador,
las horas que se escapan silenciosas y lentas
leyendo sus mensajes, escanciando poemas,
trazando corazones heridos de pasión.
Tengo
un amor virtual, una novia binaria,
un deseo en la red condenado al colapso,
un monitor hastiado de aguantar mi mirada
y los labios rotos de besar el teclado.
No
sé donde vive ni conozco su cara
(aunque la imagino más bella que ninguna).
Siempre que pregunto contesta con evasivas;
dice que nació en Aztlán y que es hija de la Luna.
Una
princesa pagana, una bruja, una hechicera,
la concubina de un ángel desterrado del Edén,
la sacerdotisa de mis plegarias ateas,
el ama de llaves de mis claves de internet.
Comprendo
que este amor es un puro acto de fe,
gusano en la semilla del fruto de mis desvelos,
y tiemblo al pesar que todo lo que envuelve a esta mujer
no sea otra cosa que el virus de una memoria de hielo.