Transitaba
por mi urdimbre casi a ras de lo inmediato
condenada a narcolepsia por fumar en la cama
y como era una noche de tristeza inabarcable
no me sorprendió la inmanencia de aquel femicidio
autoinflingido y lento como un quelonio prehistórico.
Infinidad
undívaga de pechos en un mar de aguas pesadas
me hizo sentir como un licio bajo el fuego de Quimera;
"No creo en fantasmas -declamé-; he visto demasiados",
pero los músicos de aquel bar de abstemios entonaron
un bolero que hablaba del día en que nos conocimos.
Qué
maravilloso sería no tener memoria
o recordar solamente los momentos soñados,
vivir aferrado a la razonable esperanza
de que cualquier tiempo futuro será mejor;
la vida es un pasillo angosto y mal iluminado.
Mis
días colgué exvotos en la techumbre de su entrepierna.
Ella sabe qué cueva es habitáculo de mis ofrendas
y por qué aprendí de memoria la sinfonía
que ejecuta el roce de sus medias de cristal.
Ella sabe por qué sueño con todas menos con ella.
Escapé
del tercer círculo con una tea dorándome el flequillo
y maldiciendo cada canto de la comedia de Dante.
El tiempo es el mismo para todos y no pertenece a nadie.
No me juzguéis por lo que hice ayer o lo que haré
mañana;
ese hombre del futuro que vive en el pretérito, aún
no soy yo.
Entre
los intersticios de un crepúsculo de andurrial,
arcano caso cercano al lienzo pálido de un Monet
(aguas tranquilas y nenúfares lila), asoma
como huyendo del cuento de Allan Poe
el espíritu de Anabel Lee en llamas consumido.
Y
me pregunto si esto es la realidad o fantasía
de un delirio enfermizo en éxodo de liendres
escapando en desbandada de la momia de Foucault.
Dispersada la gnosis en manchas de imágenes
cedo a la tensión fronteriza del despiste
y me disipo flácido en un sinfín de etcéteras.