De las dos majas de Goya prefiero la misma que tú
Esta obra de Francisco José de Goya y Lucientes, anterior a 1800, es el primer
desnudo de la historia de la pintura que muestra el pelo del puvis.
Esos pechos tan separados, que podemos admirar en el museo de El Prado,
podrían ser los de la Duquesa de Alba.

 

Ella era inalcanzable

 

Era una niña con niñas de fuego desatando tempestades,
una sombra escarlata de sonrisa derribada,
un vago pretexto de ciudad dormida.

Cuando la conocí tenía el tacto de una palabra glaciar.
Me enamoró su mirada de selva nocturna,
su melena de muñeca rota, su aliento de tumba tranquila.

Obsesionado ascendiendo estatuas funerarias
la tomé de la mano y la saqué del abismo.
No, no me dio las gracias ni cayó a mis pies rendida;
sólo sexo, sin conversación. Jamás nadie habló tan poco.
Y el caso es que tenía la voz menta
de una hoja salvaje de hierba buena,
el aire formaba escarcha plata al escapar por su boca,
pero sus besos ardían en cataratas de vida
y yo amaba el fruto misterioso de sus paisajes prohibidos.

Anónimas cintas tempranas precipitan el deseo.
Ella, sirena de lluvia inaprensible; yo, puñal de nube,
entre ambos la ingenuidad destructora
de un súbito huracán adolescente.

Sí, la amé como sólo puede amarse lo imposible,
con la desesperación de un alma erguida
sobre un imperio de sueños tenues,
con la frustración de saberla mía y sentirla inalcanzable;
fuego de nieve flotando en las venas,
un latir de fantasma conquistado.

Impenetrable élitro de espuma huidiza
me entregó su cuerpo de criatura diosa
cuando se marchaba. Nunca supe adonde.

Máximo Herrera