Suave
fulgir de estrellas de cristal,
sobre la pista de hielo iluminada
siluetas patinadoras se mecen
abrazadas por el vals del bulevar
de las flores secas, pero perfumadas,
muertas, pero colmadas de vivos colores.
Aquí
los dedos inasibles de la inspiración
exhiben el fruto maduro de sus duermevelas
en el perfecto soñar de un lienzo embriagador,
imágenes congeladas como hielos de un tiempo
que descansa a caballo entre el después y el pasado.
Inventando
cianes para cielos improbables
hallarás a la acuarela, babosa del pincel,
como ninfa de las artes disuelta en luz;
la paleta brincando flexible a los ojos
que recorren el mural en torbellino lento
para perder la vergüenza en los brazos
de una morena muchacha del puerto
de los arrabales imprecisos del cuadro.
En
mi cabeza toma forma esa belleza
de difusos perfiles vagamente cerúleos
que el pintor plasmó en la tela de araña
del encaje de una cortina de luna llena.
Y
es tan provocadora la fuerza de sus trazos
que me expongo al vértigo de una visión cegadora
sobrecogido y atrapado en la irrealidad
de su mundo imaginario de formas y colores.
Una
sombra apresada en el volumen
de una luz desnuda de candileja
crece hasta llenar de puntos el espacio;
y no es que el ojo observador la contemple
magnificada en el radio de su propia forma,
sino la dura perspectiva que impone su alzada
al contrapicado imposible de una ciudad nocturna.
Saltan
luciérnagas en el mediodía
de una noche cerrada a los detalles
arrastrando tras su estela de purpurina
un coro de hojas muertas que danzan en el aire;
abstracto de estrellas patinadoras
que bailan un vals con las olas
de una acuarela azul casi mate.