Columbraba
el oro potable
de su atributo contingente
con el centón de la mirada
fungiendo en inaudito enigma;
jeroglífico indescifrable
que esplende sexo en lejanía.
Mis
fosfenos sanguinolentos
no le importaban un ardite.
Su ultraje me cosificaba.
Yo,
que durante meses fui
amable inquilino moroso
en la majada de sus bragas,
agotado me consumí
en el pábilo de su cirio
enquistado en guayaba amarga.
Bruja
apoyada sobre el báculo
de innoble actitud nihilista,
me negó incluso que negaba.
Se
me juntaban las mantecas
ante aquel patrón subyacente
de aria lírica vocativa
Y extática ululaba aullidos
que rebotaban en mis tímpanos
como ecos de una carcajada.
Su
cuerpo moreno expresaba
un cínico hábito adanista,
fiel al salón de rayos uva.
Yo,
que había inscrito su saliva
en mi farmacopea básica,
me llenaba el alma de potras.
Me regaló un ósculo ígneo,
brasero de fuego en mi lengua,
surtidor de lava en mi boca.
Me
desterró, la muy arpía,
de las regiones cavernosas
del sur húmedo de su ombligo.
Yo,
ángel pleno de despropósitos,
por sus carámbanos hubiera
ingerido grageas de cabra.
Su parpadeo frío era sístole
Y diástole en mi existencia:
Reloj que marcaba mis horas.
Ella
nunca quiso entender
mis tradiciones tagarinas.
Mujeres, ¿quién las necesita?