Este "Mother and Child", de Pierre Auguste Renoir, es un alarde de ternura.
La mirada del pequeño es simplemene magnífica.

 

 

No la amé suficiente

 

El metal de las redes del tormento
eclipsa afectos en cuevas olvidados,
tan forjados en mediodías de cera que,
en sus perímetros incandescentes, anida
el parto sideral de un universo femenino.

Pero no hay llanto primero sin dolor
ni beso robado al espliego de la noche,
sólo brasa de apagado escalofrío;
leche de vino producto del destierro
de unos pechos secos como pechos de fantasma.

Y su voz, que tanto amo,
me trae recuerdos de hambre.
Y su calor, que tanto añoro,
tiene el aroma de la miseria congénita.
El albor de su mirada se difunde ahora
sobre la osamenta pétrea de este pozo de soledades;
arañazos de la historia que navegan
las arrugas purpúreas de sus ojos.

Ella es el declinar de la escarcha
cuando, almendrados, explotan los relojes.
Suprema transparencia de amapola nupcial
en mis juegos infantiles, en mis carreras ebrias
de insobornable blancura impúber.

Se derrumba un infierno de estrellas
sobre el patio de mi colegio de nieve.
Los niños rebotan en delirios de alegría
y allí, junto a la verja verde, está ella,
con su sonrisa de eterna ternura.

Puchero de garbanzos, pan y tocino.
Ella es la vida que sale del fogón,
la pitarra, el confite, el agua fresca
que preña la barriga del botijo sudoroso,
el hilo de mis botones y el jabón de mi cara.

Luminosas caricias de su piel de pez
hoy, en la tempestad del tiempo hecho distancia,
demando trémulo al palpitar repentino
porque me tiembla su nombre en los labios,
porque hoy sé que no la amé suficiente.

Máximo Herrera