Las manitas quietas, que van el pan ("Novia Judia", de Rembrandt).

 

El amor después del amor

Fulgura mágica máscara roja
rompiendo lirios de nieve desnuda
sobre el precipicio en flor de tu boca;
implícita perfidia de la duda.

Música mece tus cabellos de oro.
Hiperestesia que desmaya gotas
níveas de luz disueltas en sombra
de abstracta silueta huidiza al ojo.

Anuncia radiante lumbre marmórea
entre futuros crepúsculos pálidos,
deseos glaucos rendidos ahora
al tacto dúctil de tus pechos cálidos.

Suntuosa primavera pecadora
que arribas en mis puertos moribundos
decora con tu estética la aurora
de este reinado de epigramas mudos.

Despliega tus alas de loto y ópalo
que evocan en mí vibrantes fanfarrias
de solaz optimismo sin cuartada;
batalla postrera del miembro mórbido.

Purificado en tu sexo, resurjo
apartando tinieblas de lejanos
recuerdos ni jocundos ni apenados;
huellas fósiles, cisnes de otro mundo.

El lazo de leche de una guirnalda
sideral nos acoge en su misterio,
late y se agita dentro de tus bragas
sembrando de deseo el universo.

Núbiles sensaciones zafirinas
empujan con cristales el ariete.
Gana ángulo buscándote, crece,
revive audaz soñando tu saliva.

Máximo Herrera