De
supina al crepúsculo de la noche compacta
sus perfiles difusos abrazan el deseo;
oleaje de espuma en un entorno de plata.
Inasible
la aurora circunvala sus dedos
tan suaves, tan cercanos que los noto en mis venas
hinchar las velas blancas de mi frágil
velero.
De
amores llora el cielo tormenta azul de estrellas
fugaces que recorren la bóveda del alma;
inaccesibles astros del latir de sus trenzas.
Volverá
su sonrisa a envolver mi almohada
resuelta en mocedad de un claroscuro eterno;
ámbito versátil de un mar de porcelana.
Y
pasarán los días nacidos del invierno
salpicando rebrotes de nuevas primaveras,
esquejes de mis horas que pueblan sus silencios.
Si
un día me encontraran ahorcado entre sus
piernas
devolvedme a la vida que prometen sus besos,
al íntimo trasluz de esta luna perfecta.
Concededme la dicha de un despertar sereno
donde seré la huella, indeleble en la arena,
que mi piel peregrina dibujó en sus senderos.