En el
aire se mecen palabras de otros tiempos
como se mece una hoja dorada por la muerte.
Descoloridos ecos y voces apagadas,
imágenes de hielo que rompen el silencio.
El más mudo de todos;
contumaz a fuerza de lágrimas prohibidas.
Élitro
imperturbable de dureza geológica,
sarcófago de bronce que guarda un esqueleto
blanqueado por los años y lastrado con pesares,
el cadáver de una tormentosa existencia líquida
digna de ser varias veces vivida,
tan densa y tan cuajada, tan libérrima que sangra
pájaros de alas quemadas, golondrinas ciegas.
Qué
más quisiera yo, bailarina de humo,
que poderte cortar como a una rosa plena
de terciopelo rojo, abonar con tus pétalos
de sangre derramada los campos agostados
que un día fueron mi vida.
Me hieren
las espinas de los rosales muertos
y lloró por las flores que entonces no corté.
Disolutas caricias, que no dejaron huellas,
me ofrecen en manojos escarpias para el alma
donde ahorco en tiras mi espíritu crápula.
Las
playas de océanos, ahora desecados,
guardan los tesoros de mil noches de placer,
naufragios de mi vida, rojos pecios labiales,
carmín fósil de sal.