Como
un viejo poema en un libro olvidado
acudes a mí en mis noches de invierno
y no queda anhelo vivo en mi memoria
que no empape el mar azul de tus recuerdos.
Soy
como esas aves del paraíso
que mueren si les falta su pareja.
Como no sé vivir sin ti, te invento,
te imagino, cada noche te sueño.
Es
cierto que he intentado serte infiel.
¡Después de tanto tiempo!
Que he luchado por tu amor con mi conciencia,
que he buscado muchas veces la mujer
que llenara el vacío de tu ausencia.
Mas
mírame, sigo tan solo
como el día que te fuiste.
Envejezco, sin dignidad, esperándote
en la esperanza de que, allá donde estés,
me estés esperando.
Y
me engaño inventándome aventuras
de mujeres que sufren por mi amor,
que me seducen a la salida del metro,
en el asiento de atrás de un coche,
ante el espejo del probador
de un sex shop de artículos de tortura.
Me masturbo con la mente puesta en ello
y todas ellas son tú, todas tienen tu cuerpo.
Salgo
de casa cuatro veces por semana;
por las cervecerías de Huertas,
por los bares de Santa Ana.
Siempre regreso borracho.
Siempre regreso contigo.
Converso
con el vacío que dejaste a mi lado.
Aún discuto contigo por aquellas tonterías
y aún me jode que te rías, si me enfado.
No acepto que te hayas ido,
para mí sigues tan viva como hace treinta años.
Cada
mañana contemplo tu ropa en el ropero
colocada junto a la mía. Vuelven a estar de
moda
los pantalones campana y los chalecos de cuero.
Ya sabes que me ponían a cien tus jeens con
flecos;
aquellas blusas naranjas que te marcaban el pecho
y las flores en tu pelo y en el portal, por las noches,
aquel furtivo magreo,aquellos juegos de manos
y aquellos primeros besos.
Es
un ciclo, todo vuelve. Por eso
aún espero tu regreso de entre los muertos.
Es posible que tu cuerpo sólo sea ahora barro,
que me la des bailando con los gusanos necrófagos
del Huerto del Señor.
Es
posible que ya no tenga un aspecto encantador
tu sublime calavera. Pero en mi memoria eres bella,
bella como ninguna, deseable, inalcanzable como la
luna
que me araña el corazón con sus uñas
pintadas de plata.
Cada
día me arranco la estaca
que me parte el alma. Me ducho, me aseo,
me afeito la barba y ante el espejo
finjo no ver las heridas que deja en mi cara
esta soledad de indolencia abúlica,
más innoble que el pellejo de la intolerable
vejez,
más inmoral que la pesadez de esta decadencia
en la que zozobro entre el polvo de tus recuerdos
ahora convertido en lodo.
Paseo
bajo los longevos olmos
que nos vieron ayer pasear de la mano.
Respiro un aire que, tal vez,
un día estuvo en tus pulmones,
hoy devorados por el tiempo.
Es
noviembre en el otoño de mi vida
y ha vuelto a llover sobre los brillantes triones
de la mayor de mis inalcanzables osas.
Pierdo el norte y sediento bebo la prosa
de una balada postrera que escapa
por las paredes de mi corazón agrietado,
fundiendo remordimientos de cera en los oídos
de la húmeda tierra; bromuro en el cielo del
paladar
de tu lápida de relieves ya gastados de tanto
como la he besado, de tanto amar, de tanto llorar.
Añoro
la simplicidad de ese hijo que nunca tuvimos.
Esa sonrisa suya que me hubiera recordado tanto a
ti.
Me ayudan a vivir los besos que tus labios,
inalcanzables, me niegan desde hace tantos años.
El roce suave de tus etéreas caricias
de fantasma llenan mis inviernos nocturnos,
tus silencios acallan el lamento de mis penas
y me permiten vivir loco sin caer en la locura.
Se
te olvidó decir cuándo volvías
aquella negra madrugada que te fuiste
dejándome tu cuerpo de terciopelo ajado,
la televisión encendida y la cena en los platos.
Todo fue tan inesperado que no tuve tiempo,
amor mío, para decirte cuánto te quería.