¡Despierta!
Abre los ojos. Que la inspiración,
cuando llegue, te coja dispuesto y trabando.
Garabatos amorfos sobre el blanco papel
que van dando forma a pensamientos furtivos,
ideas inconexas, un caos de palabras.
Estamos en agosto. Calor. La calma chicha
ha varado la nave de mi imaginación.
Mi
musa está de vacaciones en el Caribe:
en una playa cerca de Bahía Cochinos.
Tostada por el Sol, no se acuerda de que
existo.
Sólo tiene ojos para los mulatos
bailones
que se dejan caer por el malecón
de la Habana.
Henchida de mojitos, su piel huele a bachata
y a salsa, a sudor y a madrugada con sal.
Volverá a mí en el otoño,
melancólica
y complaciente como una gatita aterida.
Volverá, seguro que volverá;
siempre vuelve.
Ella ama las calles alfombradas de hojas
muertas,
la pesada monotonía gris de la
lluvia,
los paraguas y los chubasqueros de colores,
los parques solitarios y los atardeceres
estáticos de horizontes espesos
y huérfanos.
Volverá
para contarme que el otoño es bello,
que vida y muerte son extremos de un mismo
hilo
con el que un tejedor borda, en brocados,
destinos.
Pero
ahora, mi mano tartamuda se atasca
vaga e inútil para escanciar mis
pensamientos,
resbaladizos como peces hechos de bálago;
ideas hueras brincando dentro de mi cabeza.
Mándame
una postal de arena blanca y palmeras,
una misiva de amor, un mensaje cifrado.
Musa provocadora de mis noches en vela;
que sepa mi corazón que no me has
olvidado.