El presente es una estación entre el futuro y el pasado, en la que nunca se detiene
el tren de la vida (M. Herrera).

 

 

Autorretrato

 

De mi niñez recuerdo una calle empedrada
y una fuente con avispas en la esquina de un colegio,
los cromos, las canicas, el escondite, las chapas…
Unos domingos paella y otros arroz con conejo.

Crecí robando rosas y secuestrando nidos,
trepando las verdes ramas de laureles y moreras.
Donde guardo la llave del cofre del olvido
allí guardé los capullos de mis gusanos de seda.

Recuerdo los veranos en casa de mi abuela,
los puentes del Rivilla, los meandros del Guadiana,
el sabor del gazpacho, las horas de la siesta,
los piratas de Salgari sobre los pies de mi cama.

Aún escucho el tranvía de General Ricardos
y me refresco en las fuentes del parque de San Isidro.
Frente al Cementerio Inglés vivían los gitanos.
De un pozo de esa vaguada rescataron muerto a un niño.

Solía hacer novillos por la calle La Verdad
y me alisté de soldado en la banda de El Diarrea.
Proyectaba el cine España episodios de Tarzán.
Rodillas en carne viva, bolsillos llenos de piedras.

Retazos de unos años que veloces escapan.
La inocencia y la frescura de un mundo recién pintado.
El calor de mis padres, el olor de mi casa
y un mundo de fantasías al que nunca he renunciado.

Máximo Herrera