Me
vi atravesando valles a lomos de un unicornio
hollando amapolas rojas entre rimas y leyendas.
Como un argonauta atado a los pilares de la Tierra
dueño de un mundo feliz y un vellocino de
oro.
Le
robé el guante de béisbol al guardián
entre el centeno
y acabé micomicón en la conjura de
los necios.
Aprendí que la locura recita El Cóctel
de Eliot,
sabe el nombre de la rosa y el de los tres mosqueteros.
Naufragué
frente a las playas de la Isla del Tesoro
en mi viaje de regreso de la Tierra a la Luna.
Después de salir airoso de una rebelión
a bordo
le dije adiós a las armas para abrazar la
lectura.
Junto
a Madame Bovary encontré el tiempo perdido
una noche en la colmena de Pimpinela Escarlata.
Desafié esa madrugada al Conde de Montecristo
entre Luces de Bohemia con Jacinta y Fortunata.
Cien años
de soledad en sudario negro y rojo
ardí en las llamas de Hefesto que enciende
la pasión turca
floreciendo en las cenizas versos de Dámaso
Alonso,
un romancero gitano y veinte poemas de Neruda.