Me
dijo de un modo, en extremo perentorio:
“no vuelvas, aquí ya no hay nada para
ti”.
Un planeta muerto ardía en el azul
límpido de sus ojos encharcados de sal.
Yo
reverenciaba cada gesto de su boca,
incapaz de sublevarme contra su belleza,
abúlico ante su desprecio vanidoso.
Su indiferencia me aniquiló de inmediato.
Abrió
la puerta señalándome la salida.
Parecía mortificada por la impaciencia:
“márchate, no quiero volver a verte
jamás”.
Su voz me llegaba extraviada en la distancia.
Era un atardecer gris de horas perezosas
que pasaban procaces con lentitud mineral.
Las calles anfibias reflejaban las bombillas
dubitativas, moribundas, de las farolas.
Luz
de raquíticas estrellas artificiales;
pálidas, exangües como el iris de un
muerto.
La noche fue una continuidad de la tarde,
una transición estática del gris al
negro.
Me vi vagando triste por calles indolentes
perseguido por el eco de mis propias pisadas,
acosado por la sombra de mi propio abrigo,
inmune a la intemperie de la oscuridad.
Me laceraba con el recuerdo obsesivo
de cosas que nunca llegaron a ocurrir
y de palabras que jamás fueron pronunciadas;
la palabra tan sólo es aire. Me engañaba.
Dos largos años marcados por la aprensión
que me infundía el influjo de su presencia,
pudoroso como un chiquillo al que desnuda
una señora joven que dice ser su tía.
Me sorprendió el amanecer en un bar del puerto,
melancólico y deprimido entre pesadumbres
de lugares olvidados y fechas malditas.
¿Qué hay en estas horas que me impide
ser feliz?
Tenía la certidumbre de que volvería
a verla y a sufrirla uno de estos días.
Me debatía entre el recelo y el deseo,
la amaba en la misma medida que la temía.
Como quiere y teme un niño a un padre borracho
que le pega con ensañamiento cada noche.
Con esa fatalidad de mantis religiosa
devorada, después del amor, por su pareja.
Sin embargo, no sentí ni celos ni dolor
aquella tarde que la vi, apoyada en la puerta de
un bar.
Llevaba un traje de cuero negro que la hacía
parecer más flexible y más joven,
más esbelta.
Botines de tacón y medias de fantasía,
el pelo escardado y con reflejos púrpura,
abrazada a un tipo flaco y lleno de tatuajes
al que seguro que ahora comparaba conmigo.
Tampoco sentí nostalgia ni pena, si acaso,
una extraña sensación de vacío
y alivio.
Fue por eso, por lo cambiada que la vi,
que me supe completamente rehabilitado.
Que ya no habría marcha atrás, como
otras veces,
ni reencuentro con lágrimas ni labios piadosos
que susurran en la oscuridad del portal,
¡cuánto te he echado de menos, amor
mío.