Era
un jardín de rosas rojas
una mañana de primavera.
La vi bailando junto a un estanque
con una adelfa como pareja.
Jugaba el viento con los nenúfares,
brillaba el Sol en su cabeza.
Tenía un ángel en la mirada,
trenzas de oro, labios de fresa.
-
¿Cómo he llegado -le pregunté-
a este vergel de mariposas?
-
Ven a mi lado -me contestó-
tengo que hablarte de tantas cosas.
Tomó
mi mano y me brindó
una sonrisa maravillosa.
Nos adentramos por un sendero
del que brotaban flores hermosas.
Después de un rato de andar despacio
oí el rumor fresco de un río.
Al pie de un olmo de enormes hojas
sentí su cuerpo temblar de frío.
-
Dime princesa ¿qué es todo esto,
por qué estás pálida, qué
te ha ocurrido?
-
Yo soy la ninfa -me confesó-
que rige el mundo en su destino.
Esto es un juicio y tú has venido
representando la especie humana.
-
¿Un juicio? Dices ¿quién
nos acusa
y qué delito se nos achaca?
No veo jurado. ¿Qué autoridad
registra el peso de las romanas?
-
No hagas preguntas -me dio por réplica.
Calla y escucha, no digas nada.
Llegamos
hasta una pradera
donde pastaban vacas y ovejas.
-
¿Cómo te llamas? -quise saber.
-
Tengo mil nombres -fue su respuesta.
Cesó
el paseo y nos sentamos
sobre un sitial de ocre madera.
Miré su cara algo asustado,
vi su expresión fruncida y seria.
-
En el pasado -me recordó-
se os desterró del paraíso.
Se os condenó a ser mortales
por vuestra falta de compromiso.
Habéis sabido lo que es el hambre,
la enfermedad y hasta el olvido.
Pero de nada os ha servido
el paradigma de aquel aviso.
Estáis
en guerra entre vosotros;
como salvajes seguís matando.
Hacéis sufrir a los más débiles.
Insolidarios seguís violando.
Quemáis el mundo. ¡Vuestro planeta!
Avariciosos seguís robando.
Nada detiene vuestro progreso
y, sin embargo, seguís pecando.
Como
afligida me preguntaba
¿qué os empuja a ser violentos?
Ella sufría con cada frase,
dulce su voz, tierno su gesto.
Sentí vergüenza de ser persona
y, sin querer, lloré por dentro.
Yo no ignoraba que todo aquello
que se imputaba era bien cierto.
-
De nada sirve pedir perdón;
asumiremos nuestro castigo.
-
Tal vez sea tarde -dijo con pena-
los dioses votan por extinguiros.
Quedé
pasmado y por mi frente
se deslizaba un sudor frío.
-
Mas, sin embargo, he de decirte
que aún no está todo perdido.
Yo creo en lo bueno que hay en lo humano,
en vuestro espíritu de sacrificio.
Sería injusto culpar a todos
por unos cuantos desaprensivos.
He suplicado ante el supremo.
Por vuestra causa, he intercedido.
Se os concede un nuevo plazo
aprovechadlo y arrepentiros.
Ahora vuelve y dile a todos
lo que aquí has escuchado.
Si algo no cambia en el futuro,
vuestro destino está marcado.
Los dioses pueden ser muy crueles
cuando se sienten decepcionados.
Corre a decirles que reflexionen,
que el holocausto está cercano.
En
un cerrar y abrir de ojos
me vi de nuevo sobre mi cama.
No, no fue un sueño. Fue una nocturna
revelación que hirió mi alma.
Ahora tengo que convenceros
de que los dioses nos amenazan.
Hay que empezar a comportarse
como ha de hacerlo la especie humana.