| |
Extraña y ambiciosa
esta pintura de Hans Memling titulada "El Juicio
Final" (nada más
y nada menos). Dios adopta la forma morfológica
de su hijo, pero rejuvenecido,
sin barba y con unos rasgos un tanto asiáticos
(indúes, tal vez). Dios, que no
es un ser humano, parece el único que no siente
verguenza de
mostrar su cuerpo desnudo.
Con
este resplandor que me abre las carnes
y un estruendo voraz pintado de silencio
así subyace mi lamento de mármol
por tanta herrumbre de espejos lascivos.
A
oscuras paseo un coro de sangre
rajando vientres hinchados de ira;
cadáveres trémulos cuyo tacto
adivino
en cristales sátiros de turbulencia sacra.
Tristeza
glauca manchada de cárdeno
concédeme un final de garganta húmeda,
un beso de fuego, una caricia de nieve,
rosas con espinas, alcohol, resaca y humo.
Déjame,
leve al pairo, vivir equivocado,
perdóname, sin rencores, la pólvora
en los ojos.
Bien sabes, por el precio, de tus muslos de
alquiler
que el Sol que me ilumina se levanta para todos.
Tengo
callos en los labios de tanto besar las piedras,
de cabalgar sobre olas de corcho, sin espuma.
Busqué un colchón de piel que
amortiguara mi ímpetu,
un frenesí sin tropel, una orilla blanca.
Y
encontré serrín de huesos creciendo
en el asfalto,
pleamar de esperma hirviente batiendo el litoral
sembrado de gritos de una utopía en llamas.
Allí quemé las naves de mi última
esperanza.
Pesan
más los muertos que en esta tierra han
sido
que todo el material que suma el universo.
Un trillón de lenguas se pudre en el olvido,
un océano de lágrimas se evapora
en este verso.
Máximo
Herrera
|
|