Sobre
el escritorio desordenado
esparcidas encuentro varias hojas de papel,
blancas, inmaculadas, como si acabaran de fabricarlas.
Escojo una al azar. Su blancura me deslumbra.
Me produce vértigo su vacío infinito.
Quiero escribir, pero aún no se me ocurre nada.
Pongo
la cabeza en otro sitio. Me la llevo lejos.
La mano empieza a moverse como guiada
por una fuerza invisible y misteriosa.
No soy yo quien navega entre la tinta.
Son las propias palabras que se manifiestan vivas.
Ni tan siquiera expresan aún pensamientos o ideas.
Sólo escancio palabras hueras que se juntan
para crear frases carentes de sentido:
un nombre de mujer, una ciudad nocturna,
una fecha maldita, una playa desierta,
un recuerdo hiriente, un esbozo de poema.
Cuando
retorno la mirada al papel,
ya no está blanco completamente,
sino manchado de cortas líneas de tinta
que forman una procesión de hormigas negras.
Un poema o un mensaje, no estoy seguro,
se adhiere con decidida firmeza
a la enojada superficie almidonada.
¡Qué
desgraciada soy –me dice-. Entre tantas
has tenido que escogerme precisamente a mí!
Has violado mi blancura virginal.
Me has ensuciado con tus negras rayas.
Me has dejado diferente, indecorosa.
Ya no podré mezclarme con las hojas limpias
ni recibiré en mi seno la plasmación de una gran
obra.
La
hoja llora desconsolada. Se queja.
No se lo reprocho; todos aspiramos a ser,
en nuestras vidas, el soporte de una gran obra,
algo importante para algo importante.
A
la mañana siguiente, mi mujer ordena el escritorio
con evidente enfado ante tanta anarquía.
Toma todas las hojas, las arruga, las estruja,
hace con ellas una pelota y las tira a la papelera.
Todos menos una; la que tiene escrito un mensaje
o tal vez un poema. Esa la dobla y la mete en un libro.
Mucho
tiempo después alguien, leyendo ese viejo libro,
topa de nuevo con la hoja, ahora amarilla por los años.
La lee y una lágrima rueda por su mejilla.
La dobla con esmero y vuelve a meterla en el libro.
Desde el mundo de los ya no vivos observo el suceso.
Contemplo con nostalgia la hoja de papel y le digo:
“Ves, no tuviste la fortuna de ser el seno de una gran obra,
pero puse en ti la capacidad de provocar una emoción”.