Suave
vaivén de océano nocturno
sobre tus pechos emblema etéreo que promete
el amor más allá del amor.
En
el clima de polen de tu otoño sin cobre
existo, apostado atónito en el crujiente
estallido de un beso o de un rechazo.
Una
palabra azul del verdugo escapa
y el hacha desciende inmediato sobre mi aliento
partiéndome en dos el deseo de morir amándote.
Arena
secreta en el paladar de tu aroma,
en los contornos de este colchón que crepita
bajo nuestro peso de pájaro fugitivo.
Los
ojos repiten lo que copian
me confiesa Aleixandre al oído,
pero yo, que te miro, no puedo copiarte.
Cuando
te vayas, moriré otra vez en vida,
escanciando el absoluto de tus recuerdos
y soñando que aún tu piel llena el espacio
de mi entorno.
Pintaré
un graffiti de nenúfares con tu nombre
sobre el muro de cartón que trenzó el
perfume
de tu presencia desvelada al misterio lívido.
Y
la calle será, una vez más, el enemigo
a batir;
adolescente mi mirada renacida acariciará
el asfalto que tus pies besaron horas antes.
Gris
la avenida, el cielo y el aire.
Gris la lluvia de cristal que diluye las lágrimas.
Grises tus ojos grises, tu paraguas y mis huesos.
Madura
el Sol de este amanecer indeseado
como un membrillo prematuro y obsceno
desmembrando la textura de la noche inasible.
Te
llamaré mañana, que ya es hoy, me prometes
y me besas.
Tus caderas se pierden en la oscuridad de mi sueño
cansado.
Te vas a ir y no tengo fuerzas para evitarlo.
Te
vas.
Desapareces.
Ya
te has ido.