Los Simpapeles



Llegaron por mar, empujados por el viento y el hambre. En otros países se les llama espaldas mojadas. Aquí les hemos bautizado como los “simpapeles” porque, obviamente, no traen documentación para no dar pistas sobre su origen y dificultar así su deportación (¿adónde devuelves a un tipo que no sabes de dónde viene y que habla en un dialecto que sólo entiende el hechicero de su tribu?). Para el Gobierno son Unidades IENICAP (Inmigrantes Extracomunitarios No Integrados en Cupos de Asignaciones Poblacionales). A cambio de nuestra basura, de nuestras sobras, de las migajas de nuestra sociedad, nos ofrecen su trabajo sin desfallecimiento y la alegría de sus ojos sorprendidos. Juntos y desubicados, apretujados como una bola de carne humana, podemos verlos a la sombra de los soportales de la plaza, dejando que el tiempo resbale suavemente por el brillo duro de sus pieles de ébano.
Esos son africanos, tal vez. Aquellos, rubios y de rasgos melancólicos, europeos llegados de tierras lejanas, de países que un día formaron arrogantes imperios, pero que hoy no pueden dar de comer ni a sus propios licenciados.
Conozco a cinco inmigrantes que comparte habitación en una sórdida y miserable pensión del puerto. Dos de ellos encontraron ocupación como estibadores, otros dos trabajan en hostelería y el quinto, que era pescador en Tarfaya, se ha enrolado en un pesquero con bandera catalana. El patrón de este barco odia a los inmigrantes en la misma medida que los explota. No se fía de ellos, pero los contrata porque ganan muy poco y no se quejan. Si encontrara españoles dispuestos a trabajar las mismas horas y por el mismo jornal, despediría inmediatamente a todos sus inmigrantes e, incluso, denunciaría a aquellos que él sabe que no tienen papeles. “¡Que los devuelvan a todos a los infiernos donde nacieron¡” Grita en el bar con el rostro empapado de sudor y los ojos en el escote generoso de la camarera rubia, que, por cierto, es Polaca. El vino le calienta la boca y le enreda la lengua y a menudo sus propios colegas de cofradía tienen que mandarlo callar. Paga tan mal y tan poco que nadie quiere trabajar con él; hasta su hijo mayor lo abandonó hace tres años y ahora navega en un atunero francés.
Un bebe es rescatado de una patera a la deriva. Junto a él yacen dos adultos, secos por dentro y por fuera, los ojos espantados y los labios reventones comidos por las gaviotas, la piel quemada por la sal, los dientes blancos fulgiendo como estatuas de marfil recortadas al alba. El resto de la tripulación ha desaparecido tragado por el mar. El bebé no tiene nombre ni familia ni país. Ha llorado tanto que ya no le quedan lágrimas ni voz ni saliva. Muere también. Nos hubiera dado su trabajo a cambio de una manta y un chusco de pan con membrillo, pero no tuvo tiempo de sobrevivir. Es igual; mañana vendrán más.

 

Máximo Herrera