La “Fregoneta de la Fruta”



Resulta sorprendente lo que puede hacer el zumo de la fruta, en combinación con el paso del tiempo y determinadas condiciones ambientales, en las estructuras metálicas de los vehículos; los ácidos derivados de la descomposición orgánica, esa especie de supuración viscosa que suda de los melones, los tomates y demás carnes vegetales, corroe, reblandece y finalmente se come el metal con la avidez propia de los impulsos voraces.

El calé se asomó furtivamente por la puerta del establecimiento y le dijo al encargado del taller: “Ahí le dejo a usted la fregoneta de la fruta. Mire a vé que le hasse pa´que se calle, que suena la probesita como si se fuera a desarmá”.

El vehículo en cuestión era una furgoneta blanca de tamaño medio, que la familia de los Heredia utilizaba para la venta ambulante de fruta. Los martes y los viernes era fácil verla en el mercadillo que se montaba por las mañanas al final de la calle Mayor.
Cuando los responsables del taller abrieron las puertas traseras del vehículo, descubrieron que el piso de la furgoneta estaba cubierto con una pasta marrón negruzca que en otros tiempos debió ser cartón. Fue necesario utilizar una espátula para despegar la amalgama y un bidón de ambientador para sofocar el poderoso hedor a cítrico que emanaba del interior. Tal era el olor que hasta las moscas se negaron a entrar en el taller.
Durante cinco años había reposado, madurado y finalmente descompuesto, sobre esos cartones, lo más selecto de la huerta murciana: tomates, pimientos y, en temporada, melones, naranjas y fresas. Una magnífica macedonia mediterránea, rica en vitamina C y baja en colesterol que, sin embargo, a la furgoneta le produjo una úlcera como jamás había visto yo otra. La chapa se iba adherida a los cartones cual piel adherida al pegamento de una tirita excesivamente celosa de su labor, y por los desgarros del piso se veía el suelo del taller. Se comprobó que toda la caja del vehículo descansaba literalmente sobre la transmisión y el sistema de escape. Algo verde y viscoso habitaba en los rincones. No chillaba ni se movía, pero brillaba en la oscuridad como fuego fatuo (este fenómeno, muy común en los cementerios antiguos, se debe a la liberación de azufre que se produce durante la descomposición de la materia orgánica). El amorfismo de aquella masa de formas imprecisas resultaba sospechoso y, según me contaron, los operarios del taller tuvieron que tantearlo con un palo para asegurarse de que no era algo vivo.
Ante la magnitud de la obra que se les presentaba, los responsables del taller decidieron esperar hasta que volviera el gitano e informarle de lo que habían visto. A las pocas horas, un sombrero de felpa casi negro apareció sobre los techos de los coches amontonados a la puerta del taller. Bajo él, con traje y bastón, avanzaba con desparpajo el resto del gitano. Intentaron explicarle el estado en el que se encontraba su furgoneta, pero Juan Heredia arrugó un tanto el gesto y exclamó: “Eso se limpia y los bujeros se tapan con cajas de cartón”. La solución propuesta por el gitano no entusiasmó al jefe del taller y menos aún a los operarios, que ya se referían a la furgoneta como “La Gruta del Terror”.
Finalmente convencieron al Heredia de la conveniencia de poner unos pisos nuevos a su furgoneta y recubrirlos con algún material aislante, como los que usan los camiones frigorífico para transportar el pescado. Le presupuestaron por la mano de obra y materiales unas cien mil pesetas. Después de cuatro horas discutiendo se acordó el trabajo en ochenta y una mil pesetas, dos quesos manchegos, dos botes de cinco kilos de berenjenas en vinagre, dos salchichones de Salamanca y una lata de dos kilos de aceitunas “machas“ de Jaén.
Cuatro días después, nada más entregarle la furgoneta, el gitano agujereó con un punzón el piso recién puesto, ante la mirada atónita de los empleados del taller.
- Asín la fruta no se pudre en la fregoneta - exclamó a modo de justificación
- Ya, pero será la propia furgoneta la que se terminará pudriendo - le respondió el jefe del taller que no salía de su asombro
- La fruta paga la fregoneta; que haga con ella lo que sea que tanga que hasé - contestó Juan Heredia dando por zanjada la cuestión.
Curioso planteamiento, sin duda, que puede llevarnos a pensar que el gitano Heredia es medio tonto, si no fuera porque sabemos que, sólo con fundir los anillos de sus dedos, podría haberse chapado en oro el piso de la furgoneta.


Máximo Herrera