De chico estuve un tiempo trabajando para una tienda de
recambios de automóviles. Mi labor era, cada día,
llevar a los talleres del barrio los repuestos de los
coches que estaban reparando. Mi dieron una pequeña
motocicleta amarilla con una gran cesta sobre la rueda
trasera, que se movía como poseída por el
diablo, y un chubasquero de plástico rojo que tenía
un loro enorme, de muchos colores, cosido en la espalda.
Entre los clientes de la tienda figuraba un taller cuyo
dueño, que respondía al nombre de Telesforo,
había encontrado la clave de la perfecta gestión;
él mismo se hacía pasar por un empleado
y recibía a los clientes con la siguiente excusa:
“El jefe no está, pero yo puedo atenderle”.
Esta técnica, seguramente nacida de la experiencia,
le evitó muchos problemas y, ciertamente, eran
muy pocos los que verdaderamente sabían que él
era, no sólo el dueño, sino además
el único empleado fijo en la plantilla del taller.
Con el tiempo llegué a conocer bastante bien a
este curioso personaje, pues estuve varios meses de novio
con la mayor de sus hijas, Mercedes, que le ayudaba en
la oficina. “Talleres Las Escuelas”, se llamaba
esta pequeña empresa y era el único taller
del barrio que pagaba al contado todos sus encargos. Telesforo
llegó a tener una notable habilidad para desdoblarse
y crear un personaje de ficción al que no le suponía
ningún reparo ni escrúpulo criticar abiertamente
a su jefe (es decir, se criticaba a sí mismo) delante
de los clientes. La actitud de este empleado ficticio
siempre era la de entender el problema que le contaban,
pero no podía hacer nada por solucionarlo porque
el jefe no estaba: si el coche no se entregaba a tiempo,
era porque el jefe había caído malo; si
venía una inspección, el jefe se había
ido al pueblo a ver a su madre y él no disponía
de la documentación requerida; si un trabajo no
quedaba bien a la primera, era porque lo había
realizado el jefe personalmente (algo que en el fondo
era radicalmente cierto), pero en ese momento había
salido y no volvería hasta mañana. Esta
técnica llegaba incluso mucho más lejos,
ya que la utilizaba como estrategia comercial; si el cliente
pedía un presupuesto y después un descuento,
se justificaba diciendo que él, al ser sólo
un empleado, no podía decidir sobre eso, pero que
se lo comentaría al jefe en cuento llegara e intentaría
convencerle de que le diera el descuento.
Este personaje inventado por Telesforo sabía como
nadie ganarse la confianza y complicidad de los clientes,
a los que engatusaba asegurándoles que su jefe
era un hombre justo, pero en ocasiones demasiado visceral
y que le trataba con dureza. Muchas veces le preguntaron
por qué no abandonaba de una vez a su jefe e incluso
muchos trabajos se salvaron sólo para que él
no quedara mal y recibiera una reprimenda de su jefe.
Las pocas veces que tuvo que tomar una decisión
sobre la marcha, siempre lo hizo avisando al cliente de
la debilidad de su supuesta posición y añadiendo
“lo hago porque lo entiendo a usted, pero sepa que
me juego el puesto de trabajo”. Ante semejante argumento,
el cliente quedaba impresionado y preparado para cualquier
eventualidad.
Al recuerdo
de los años que disfrute de mi padre y al de las
cosas sencillas
que como nadie, él me enseño a disfrutar