Me cuenta un amigo lo bien que le funcionan las cosas desde
que ha conseguido un número de proveedor para vender
servicios a su ayuntamiento y lo mucho que ahora está
trabajando, pintando los camiones de la basura, los camiones
de los bomberos, las ambulancias, los coches de policía,
e incluso las farolas y las papeleras del mobiliario urbano.
Además, todos los funcionarios del ayuntamiento le
llevan el coche a su taller, con lo que su cartera de clientes
ha crecido de forma sorprendente.
“ Son unos tipos curiosos estos del ayuntamiento me
asegura-; desde que trabajo para ellos no me han levantado
ni una sola denuncia, me indultan las multas y me permiten
pagar los impuestos atrasados sin recargo. Eso sí,
no me permiten que les ponga el IVA en las facturas. Recientemente
le reparé el coche a un inspector de talleres del
ayuntamiento, un tipo recio y desagradable con el que siempre
me había llevado muy mal, y el muy tunante me pidió
que no le hiciera factura, que no era necesario”.
En el fondo, y esto es una reflexión de mi propia
cosecha, todos somos iguales; es decir, humanos. y si podemos
ahorrarnos un duro (o el dieciséis por ciento de
un duro) nos lo ahorramos, aunque tengamos que traicionar
con ello nuestros principios profesionales. En definitiva,
a nadie le debemos más fidelidad que a nosotros mismos
y a esa parte tan delicada de nuestra vestimenta que llamamos
bolsillo. El inspector de talleres no lo es cuando ejerce
de consumidor (las cosas se ven distintas cuando cambia
el punto de vista), como tampoco lo es el legislador cuando
actúa de usuario: lo primero que hacen los vigilantes
del metro (esos que pululan por las estaciones pidiendo
el billete a todo el mundo) cuando ingresan en plantilla,
es solicitar un pase que les permita no tener que pagar
el metro, ni aún cuando lo usan de forma particular.
En estos casos, y tantos otros que todos conocemos, se aplica
el conocido principio de “haz lo que yo diga, no lo
que yo haga”, o como dicen los militares; “nosotros
defendemos la democracia; pero no la practicamos”.
Claro que, como en todo, hay excepciones. Conocí
a un hombre en una delegación de hacienda de un lugar
de cuyo nombre prefiero no acordarme, que cuando nació,
la comadrona le dijo a su madre: “ha tenido usted
un inspector de hacienda”. Enjuto, pálido y
huesudo, llevaba la vida como una pesada carga. Durante
los varios años que le trate, nunca le vi esbozar
una sonrisa ni desviarse de su bien marcado camino, ni aún
en los días de fiesta. Se llamaba, pongamos, Federico,
y los que le vieron después de muerto coincidían
en que su aspecto había mejorado considerablemente
respecto de cuando estaba vivo.
Federico vivió sumido en un mar de papeleo, formularios
y números. Tenían un Seat 850 de color blanco
233 con el que mató a un burro en el kilómetrro
26 en la carretera de San Martín de Valdeiglesias.
El buen hombre redactó un parte de accidente tan
detallado que la compañía aseguradora lo enmarcó
y lo colgó en el despacho del Jefe de Siniestros.
Después de aquello, y tras considerar en sus cavilaciones
que no había culpa ni por parte del burro ni por
la suya, inició un trámite de súplica
a la JefaturaNacional de Tráfico tan pesado, engorroso
y largo que las autoridades terminaron por colocar señales
de “Peligro, Animales Sueltos” a todo lo largo
de la carretera e incluso dentro de los pueblos. Aquello,
por supuesto, no sirvió para nada práctico,
pero dejó la conciencia del firme Federico mucho
más tranquila.
Federico era el típico inspector que llegaba a una
empresa y levantaba una denuncia por el detalle más
estúpido. Cuando se le intentaba explicar la situación,
envolvía al denunciante en un pantano de burocracia,
tan espeso y retorcido, que era preferible pagar la multa
que escuchar sus razonamientos y retruécanos.