Los coches de nuestros mayores


Cada día aparecen en los medios de comunicación noticias sobre que tal o cual fabricante de automóviles ha llamado a un montón de clientes suyos para revisar, reparar o sustituir algún componente. No se salvan de esta «plaga de defectos de fabricación» ni los alemanes ni los franceses, ni los americanos ni los japoneses. Debe ser que todos tienen los mismos o parecidos proveedores y las mismas o parecidas prisas en la fabricación. ¡Los coches ya no son como antes! Que diría, con razón, algún nostálgico: «Ahora los fabrican como churros».

El que fuera uno de mis primeros maestros, allá por la segunda mitad de la década de los setenta, en un pequeño taller en el que trabajé varios años, tuvo un Seat 1.500 ranchera que pintó de un color casi tan azul como el cielo. Volviendo una noche lluviosa de Badajoz el coche se le cruzó en una curva del Puerto de Miravete y lo despeñó por un barranco. Milagrosamente, él sólo se rompió una pierna, pero el Seat 1.500 quedó poco menos que destrozado. Recuperar el vehículo fue una tarea casi tan complicada como la de Frodo en el Monte del Destino. El automóvil, después de dar varias vueltas de campana, había quedado panza arriba sobre dos árboles en mitad del barranco, desafiando las leyes de la gravedad y colocado de tal de forma que no se llegaba con la grúa y moverlo era muy peligroso; amenazaba con seguir rodando barranco abajo en cuanto se el tocara. Finalmente, dos meses después, se consiguió izarlo
tirando con un camión. En su ascenso el coche se fue llevando todo lo que se cruzaba por delante: árboles, matas, piedras... Dejó un camino perfecto por el que, aún hoy, algunas familias bajan al río con su cesta de merienda los domingos.

Cuando el perito de la compañía aseguradora llegó al taller de mi maestro, ni tan siquiera abrió su carpeta. Se paró como a dos metros del coche y preguntó:
- ¿Qué es eso que asoma por el techo?
- Es un nido de urraca -le respondieron
- ¿Y lo que hay dentro del faro?
- Creemos que es una mata de romero
- Siniestro Total -sentenció
- Pero si está nuevo -protestó el maestro-; sólo tiene cien mil kilómetros
Llegaron a un acuerdo y el coche se reparó. Volvió a pintarlo de azul y quedó elegante y precioso; con sus paragolpes niquelados, sus enormes pilotos traseros y sus fundas de asiento nuevas. En el barrio le llamaban el Titanic. El único defecto de la reparación afectaba al aparato de radio, al que, desde el accidente, no se le podía regular el volumen. Cuando mi maestro llegaba por las mañanas a trabajar y paraba el coche junto al taller, con la cinta de Manolo Escobar sonando a todo volumen, los del pueblo de al lado se ponían a bailar pensando que habían llegado las fiestas patronales.

Con el tiempo, mi maestro le vendió el coche a un escayolista, que lo utilizaba para su trabajo entre semana y para ir de caza los domingos; lo llenaba de perros y escopetas. Éste lo tuvo un par de años más y luego se lo vendió al alcalde del pueblo, que tenía gallinas y utilizaba el coche para llevarles el pienso. Tres años más tarde, el alcalde le vendió el coche de nuevo al que fue mi maestro, para Manolo, el hijo de éste que se acababa de sacarse el carnet de conducir y quería un vehículo viejo para practicar. Un sábado por la tarde ya casi de noche, volviendo del pantano de San Juan, Manolo lo estrelló contra un árbol cerca de Aldea del Fresno. Cuando llegó el perito de la compañía aseguradora al taller ni tan siquiera abrió su carpeta:
- Siniestro Total -sentenció
- Pero si está como nuevo -protestó mi maestro-. ¡Aún no tiene un millón de kilómetros!
Por supuesto, el coche se reparó. Se pintó de un azul que era casi como el cielo de los incontables veranos que había visto. Y quedó precioso. Manolo lo estuvo utilizando para ir y venir del cuartel de artillería de Segovia, donde prestaba el servicio militar. La última vez que lo vi me contó que ya tenía dos hijos y que su padre, finalmente, había llevado el viejo y entrañable Seat 1.500 al desguace El Choque y que era una pena, porque ¡estaba como nuevo! Y es que los coches de antes eran para toda la vida.

 

 

Máximo Herrera