No tenía
nada sobre el terciopelo lustroso que formaba el interior de su
cajita de madera. Sin embargo, apenas cabían en ella más
recuerdos: la foto de aquel hombre soñado que nunca apareció,
el aroma inventado de las flores que nunca le regalaron, las notas
de un antiguo vals en re bemol que la emocionaban cuando escapaban
al abrir la caja, pero que nunca bailó y que ahora no lograba
recordar. Un vestido. Sí, también había el
recuerdo de un vestido; blanco, con tirantes y vuelo, y con unas
imprecisas florecillas azules, o tal vez verdes, que una primavera,
hace ya muchas primaveras, le hicieron sentir la ilusión
de ser mujer.
Casi medio siglo resumido en un espacio en el que apuradamente
cabe un paquete de tabaco. El tren de la vida no se detuvo en
aquella estación; pasó veloz y silencioso.
Hoy sus lágrimas disuelven la nostalgia de un pasado que
ya es presente, pero que ni hoy ni mañana será real.
Lo sabe, pero se lo calla.
Anoche, mientras dormía, escuchó de nuevo como su
alma y su corazón discutían en el fondo de su pecho.
Una vez más introduce sus dedos en el fondo de la caja,
espera, tal vez, poder acariciar lo que en ella jamás hubo.
El espejo del interior de la cajita es una foto en movimiento.
“Yo no soy esa. ¿Por qué me mira? Parece tan
triste y cansada”.
Levanta la cabeza y sus ojos cansados acarician los perfiles de
los muebles semianónimos en la penumbra de la medianoche
avanzada.
Hay un charco de luz junto a la puerta. En el otro extremo, un
raquítico Sol artificial ilumina débilmente unos
techos ocre que en algún pasado remoto debieron ser blancos.
Sobre el destartalado aparador de carcomidos relieves se asoman
unos seres de otro tiempo: ella de cabellos plateados, el de tez
morena, ambos de mirada dulce y facciones sencillas. Hay un resquicio
de esperanza en esos sepias apagados. Como una situación
transitoria, como una sospecha que no niega, pero atisba reversible
una situación que, en definitiva, siempre resulta inmutable.
¿A quién quiere más mi niña?
Penetran en su cerebro cacofonías fantasmagóricas
que la transportan a aquellos años en los que las cosas
aún tenían colores: verde la verja y los árboles
del colegio, los ojos de su padre y el envoltorio de los polos
que comía en el verano. Azul, ¡cómo no! El
cielo. Y sobretodo su pedacito de cielo. Ese sitio donde va la
gente que ha sido buena. Nunca llueve en el cielo, porque el cielo
no tiene cielo y, por tanto, no se pueden sujetar las nubes. Hay
un señor que anda por los caminos del cielo que trazan
dibujos de tierra en los prados verdes donde juegan los niños,
que en el cielo son eternamente niños. Es un señor
de largas barbas blancas que no ríe nunca, pero tampoco
parece preocupado. En el cielo no hay ciudades, ni grandes edificios,
ni tampoco hay metro. Hay vaquitas, pero no se comen.
Sobre la mesa tiene un cuaderno y un bolígrafo. Coge éste
último con la mano siniestra y apoya la punta
sobre el cuadriculado papel. En ese momento siente un dolor agudo
en el cuello; el profesor le ha dado un golpe con la regla.
”¡Te he dicho que se escribe y se come con la mano
derecha! Y no saques la lengua mientras trabajas”.
Ha apretado tanto el bolígrafo que la mancha de tinta cala
ya en varias hojas.
Comienza a escribir de nuevo, dibujando cuidadosamente cada letra.
Quiere que queda bonito, porque le importa mucho lo que los demás
piensen de ella. ¿Quiénes son los demás?
Si prácticamente no conoces a nadie. ¿Qué
más te da que la letra sea bonita o fea?
Pero ella vuelve a dibujar con mimo cada letra. Se para. Duda.
Arranca la hoja y empieza de nuevo. ¿Cómo explicarle
a un ciego lo distinto que es el rojo del azul?
A quien interese:
Todo lo que tengo está en esta habitación. Me gustaría
poder acostarme y soñar y nunca más volver a levantarme.
No quiero ver amanecer un día más.
La chica del libro se quedó al final con el bueno. Ya es
noviembre y ha vuelto a llover. Hay hojas en el suelo de la calle
y vuelan con el aire ¿Adónde de van? ¿Quién
las espera? Mañana estaré allí, con ellas.
A mí no me espera nadie. Será una sorpresa.
La habitación no está muy limpia, pero no es que
yo sea vaga, sólo es que me siento muy cansada
y como llueve cada poco rato me quedo dormida.
No tengo nada que agradeceros ¡Joder! No me habéis
dado nada.
Nunca supe decir adiós. Siempre esperé que las cosas
cambiaran.
Pero esta noche es diferente. Se que la gente se mofa de mí.
Que hablan y se ríen cuando paso, porque los motivo de
mi blusa siempre son demasiado rojos o demasiado amarillos, porque
mi sombrero siempre es demasiado grande o demasiado pequeño.
Cuando llueve, el agua me moja, como a todo el mundo.
No soy diferente.
A la mañana siguiente el Sol no salió. La encontraron
ese mismo día los encargados de la limpieza, pues había
dejado la puerta entreabierta.
Un agua teñida de rojo empapaba las mangas de su bata más
nueva. De rodillas, sobre la bañera, parecía rezar.
Antes de quitarse la vida se peinó por última vez
y seguro que frente al espejo, al menos por un momento, tuvo la
sensación de no haber existido nunca.
Nadie la echará de menos. Nadie preguntó por ella.
Sólo las palomas del parque, cada día, a eso de
las seis y media, añorarán sus pedacitos de pan.