Que nadie te robe la vida

 


La vida es la asignatura más difícil. Una reválida sin excusas inapelable y definitiva; el más bello de los caminos.
Llegamos aquí desnudos, vacíos e indefensos. No traemos nada y nada nos llevamos. Sólo dejamos lo que fuimos y lo que hicimos; la memoria de nuestro paso en las personas que quedan. Vivimos un tiempo prestado. Sólo pagamos por lo que consumimos. Somos viajeros de paso pernoctando en una posada a la que nunca regresaremos.
A vivir se aprende viviendo.
A diferencia de los aparatos domésticos, la vida nos es dada sin un manual de instrucciones. Tampoco tiene garantía y no podemos reclamar a nadie si lo vivido no es completamente de nuestro agrado. Pero es un regalo, personal e intransferible, y así debemos considerarla. Podemos y debemos hacer con nuestra vida aquello que nos venga en gana. Nadie va a resarcirnos del tiempo perdido. A nadie tenemos que dar explicaciones. Es nuestra responsabilidad ser felices.
Vivir entraña arriesgarse a ser dueños de nuestro destino. Cada segundo que vivimos es irrecuperable, irreemplazable; vale más que todo el oro del universo junto, tiene más sentido que todas las religiones, todas las empresas y todos los nacionalismos.
Que nadie se engañe con demagogias de diseño, que nadie sucumba al encanto de los líderes mesiánicos. Nada de esto va a devolvernos el tiempo invertido cuando ya no nos quede más tiempo.
En el marco de realidades múltiples que es la vida, que nadie nos venda la suya, que nadie nos oprima con sus intereses, que nadie nos cargue con sus remordimientos, que nadie nos contagie con sus obsesiones, que nadie nos obligue a ver el mundo a través de sus ojos.
Que nadie nos robe la vida.
Que la dictadura de las mayorías no apague tu luz individual, que los dictadores se vuelen la cabeza, que los radicales se devoren entre ellos, que las religiones desnuden a sus vírgenes, que el tiempo vivido sea un premio para tu memoria.
Algunas noches, el hada de mis recuerdos se viste de gala y me invita a pasear por los jardines de mi infancia. Y me besa las mejillas con su boca de regalí y hacemos el amor entre caballitos de plástico y bocadillos de chocolate. Otras veces, resuenan en el templo del olvido las pisadas de recuerdos que me son familiares. Pero el templo está cerrado y las llaves están dentro.
A nadie le debo más que a la persona que fui y sé, que hoy, le estoy haciendo un favor al individuo que seré. En la medida que controlamos nuestro destino nos hacemos libres. Llamamos a las puertas del futuro, no con la promesa de lo que seremos, sino con la evidencia de lo que hemos sido. Podemos engañar a los demás, pero jamás podremos engañarnos a nosotros mismos.
A la espalda llevamos las alforjas de nuestras vivencias, tan íntimas que sólo a nosotros nos conciernen. Y es que la vida se vive interiormente. Todo lo que hemos sido, todo lo que somos y todo lo que seremos está en nuestra cabeza. Vivimos dentro de nosotros mismos. El mundo sólo existe porque nosotros lo contemplamos.
Hay una lógica aún por descubrir en los modos de pensamiento más antiguos.La vida es polvo de estrellas. Algo en nosotros tiende espontáneamente hacia la búsqueda de unas raíces que presentimos remotas. Pero nuestros instintos están domesticados; nuestra imaginación se embota en el fango de las moralidades civilizadas. Algo de su espontaneidad ha dejado la humanidad en su camino. Somos víctimas constantes del chantaje social, cuando no del chantaje religioso o el ensimismamiento racial. Se espera la llegada de una revolución de los muertos en vida. Se reza a Dios para que traiga una nueva religión con nuevos dioses. En realidad, el diablo no desea establecer el caos donde antes estaba el orden; el diablo lo que persigue es un orden distinto.
Y en estas va pasando la vida y el despertador suena cinco días por semana. El espejo nos reprocha las huellas que el tiempo va dejando en nuestra cara. Un grafitti en el metro grita desesperado: “Toda la puta vida esperando que pase algo y lo único que pasa es la puta vida”. Y cerramos los ojos y soñamos con islas desiertas, con cuevas habitadas por hombres salvajemente libres, con cielos que arden al atardecer,
con paraísos ignotos poblados de aves fantásticas y tambores que suenan en la noche y hogueras que calientan un cuerpo aún por descubrir y estrellas que iluminan unos ojos aún por despertar.
El fin de semana se rinde al indefectible avanzar de las horas del reloj y el lunes nos pasa por encima como una locomotora que aplasta a una lagartija que toma el sol sobre los raíles perfumados de grasa.
Y llueve. Y el bus se atrasa.
La estación del metro delira de miradas naufragas de tanto llorar por la rutina de su anonimato en una ciudad que siempre es la misma. Y gritamos en silencio y nos resignamos; en definitiva, mañana será martes, y posiblemente también llueva y el bus atrasará de nuevo y el metro estará imposible de cuerpos ausentes de almas que viajan a islas desiertas, que se esconden en cuevas remotas y cuyo naufragio las lleva a paraísos ignotos.
Hay otra realidad en la realidad que vivimos y hay otra persona en la persona que somos. Por unos momentos, abandónate al absurdo, déjate caer al abismo de las fantasías.
No hay peligro, la red de la cotidianeidad te recogerá sin daños en el momento en el que apartes la mirada del trapecio de estas páginas.
 

Máximo Herrera