Un
cuento andaluz
Helma y Hens habían
tenido una corta pero intensa relación amorosa durante el tiempo
en que ella asistió a las clases de geografía latina que
Hens impartía en la Universitaet fuer Bodenkultur, en Viena.
Seis meses después de conocerse ya habían discutido, se
habían separado y se habían vuelto a reconciliar tantas
veces que se sintieron anímicamente dispuestos para el matrimonio.
Además, estaba el tema del sexo, que Hens había decidido
que no tendría lugar hasta que el altísimo diera su consentimiento.
Esto traía de cabeza a la ardiente Helma que, a raíz de
un día en el que se le incendiaron las bragas, en sus momentos
más adustos usaba polos de naranja y compresas de filetes de
pollo congelado para bajar la temperatura de sus zonas cavernosas. Hens,
en cambio, era más tradicional; un adicto al cilicio.
Los preparativos de la boda fueron sencillos pero eficaces; familiares
y un puñado de amigos allegados formaron la exigua comitiva.
Incluso el cura que los casó, el padre Samuel Berg Langga, era
un hombre atareado, casi estresado. Nada más entrar en la iglesia
les advirtió que tuvieran preparados los anillos y las arras.
Cuando Helma se quiso dar cuenta, la boca de Hens luchaba, a las órdenes
del cura, por escanciar un beso de sus labios ocultos tras el níveo
velo.
El padre Samuel no era del completo agrado de Hens por una historia
que precedía a aquel allá donde iba y que le ocurrió
cuando era párroco en un pueblo de Colonia. Todo esto, que conste,
no son más que habladurías de gente mal ocupada; aunque
cuando el río suena…ya se sabe. Según se cuenta,
el padre Samuel había dejado embarazada a una joven nibelunga,
de hábitos excesivamente relajados. El pastel no se descubrió
hasta pocas semanas antes del parto (la niña era así de
reservada). La noticia corrió de boca en boca y se extendió
por toda la ciudad. Él negó ser el padre de aquel crío,
pero sirvieron de poco sus protestas. Como era de esperar, la buena
mala llegó hasta oídos del obispado de Colonia que, sin
entrar en más materia ni profundizar en las pruebas biológicas
que pudieran echar luz sobre el suceso, inhabilitó al Padre Samuel
por un período de diez años, a contar desde el día
en que aquel rompió sus votos de celibato. Aunque un mes después
del escándalo la joven apuntó su embarazo hacia el ariete
del capitán del equipo de rugby de su instituto, esto no varió
la decisión del obispado y se ejecutó la disparatada sentencia.
Tamaña majadería obispal provocó un estropicio
insospechado: algunas parejas de recién casados recibieron una
carta, de la parroquia donde habían contraído nupcias,
en las que se les advertía que, a los ajos de Dios, no estaban
casados, dada la inhabilitación, con carácter retroactivo,
que había sufrido el padre Samuel. El drama se apoderó
de algunos hogares, mientras que en otros se vivía una situación
tensa y expectante. Algunas esposas negaron la vida conyugal a sus maridos
en tanto la situación no se aclarara. Y algunos maridos salieron
de casa con la excusa de ir a comprar tabaco (excusa absurda, por otra
parte, porque en Viena no fuma nadie) y aún los están
buscando.
Comoquiera que fuese, el padre Samuel desposó a Helma y Hens
en aquella luminosa mañana de julio y la pareja quedó
satisfecha con la breve ceremonia, algo que también agradecieron
los invitados (lo bueno y breve ...). El viaje de bodas los había
preparado Hens con todo detalle, valiéndose de sus grandes conocimientos
en geografía latina. Alquilaron durante un mes una furgoneta
y acondicionaron la zona de carga de forma que pudiera hacerse vida
en ella: un amplio colchón de agua, unas estanterías,
perchas, una nevera, una pequeña cocina eléctrica y un
televisor. La hoja de ruta cubría el mediodía francés
y llegaba hasta Marruecos, después de atravesar y visitar las
principales ciudades españolas.
Aquel
verano, el Ministerio de Trasporte y Carreteras recomendó, a
sus delegaciones provinciales de tráfico, hacer balance y limpieza
de los almacenes y deshacerse de todo aquello que estuviera defectuoso
u obsoleto; se sospechaba que, en algunas de estas oficinas, se conservaban
aún cipotes de la época romana. Fue así que muchos
ayuntamientos decidieron quedarse únicamente con una señal
de tráfico de cada tipo (por aquello de tener repuesto) y dar
a todas las demás (las que tenían repetidas) el uso para
el que fueron fabricadas. Como resultado de aquello, las carreteras
se llenaron de señales de tráfico. Había tantas
que resultaba imposible asimilarlas a mayor velocidad que el paso de
un hombre. En muchos tramos, las señales se colocaron atendiendo
a su forma (por ejemplo, un kilómetro de señales cuadradas,
seguido de otro kilómetro de señales redondas, después
las triangulares, las de formas diversas y vuelta a empezar). Sin embargo,
en otros municipios, se dio prioridad al color (primero aquellas en
las que predominaba el azul, después las rojas, las amarillas,
etc). Ni que decir tiene que semejante falta de criterio despistaba
al más pintado; incluso la guardia civil de carretera tenía
dificultades para regresar a sus bases: está documentado el caso
de un benemérito que tardo treinta años en volver a su
casa y cuando lo consiguió encontró a su mujer esperándolo
con la cena en la mesa; según parece, la paciente esposa ni le
dirigió la palabra, salvo para decirle: “tú verás,
pero lo mismo se te ha quedado fría cena”.
Tras varias reuniones de responsables autonómicos, se consiguió
que, al menos, dentro de una misma comunidad autónoma se siguiera
un único criterio, que fue elegido por votación secreta
entre los respectivos encargados provinciales de los almacenes donde
se custodiaban las señales. A nivel nacional no fue posible alcanzar
un acuerdo, ya que las comunidades históricas ejercieron su derecho
a decidir sobre sus propios asuntos: los vascos colocaron las señales
según el tamaño (más grandes cuanto más
cerca de las ciudades y más pequeñas en los pueblo y aldeas);
los catalanes las colocaron por orden alfabético en relación
con el PK, pero sólo en las carreteras de pago. En el resto se
siguieron modelos más o menos vanguardistas, algunos tanto que
jamás nadie consiguió desentrañar su significado.
Al
entrar en Bailén, Hens vio una señal de “Peligro,
Animales Sueltos” (el munícipe de esta bella localidad
andaluza siempre fue muy chancero, aunque esta broma hacia sus convecinos
le costó un pedrada que lo descalabró; y es que hay gente
que no sabe entender una broma). Unos metros después, y ante
su asombro de europeo evolucionado, emergía un indicador que
informaba “Puerto 12 km”. Inmediatamente sacó el
Mapa de Carreteras de España Pucherín 1615 A.C. y comprobó
que, efectivamente, Bailén se encontraba al pie del Pico Aneto,
en el corazón de los Pirineos Occidentales. Hens comprendió
de inmediato que su mapa, adquirido por e-bay en la página vayamierdademapas.com,
estaba equivocado y que su posición auténtica debería
ser mucho más al sur. La siguiente señal de tráfico
“París, 17ºC y nublado” tampoco le ayudó
especialmente. Más perdido que una cabra en un baile de disfraces,
Hens apuntó el hocico de su furgoneta VW hacia el Este y terminó,
literalmente, en los Cerros de Úbeda.
Ya era de noche, una noche asfixiante de agosto. El reloj de temperatura
del motor giraba sobre sí mismo con tal fuerza que ventilaba
todo el habitáculo y creaba escarcha en los cristales de las
ventanillas. Hens vio un indicador que decía “La Carolina
24 – Jimena 12” y pensó: “en Viena las putas
son mucho más caras”. Adelantó con su furgoneta
lo que, en la oscuridad, le pareció una gran bala de paja con
ruedas para comprobar que era una bicicleta cargada con metro y medio
de jarapas. Sentado sobre el manillar se retorcía un esforzado
lugareño.
- Disculpe, buen hombre –le gritó poniéndose a su
altura en paralelo y bajando la ventanilla del acompañante- ¿Voy
bien para El Aaiún?
- ¿Pa’onde, dise usté?
- A Magreb.
- (¿Qué le pasará a este jodío en la boca?)
Querrá desí a Madrí.
- Al Magrifft –corrigió dubitativo Hens no muy seguro de
su castellano de academia por correspondencia.
- ¡Po’eso digo yo: A Magrí! Coja to dereshito hatta
la carretera gorda. No haga cazo a ninguna sheñá. Musho,
musho kilómetro dezpué está Atosha, que trabaja
allí un primo mío. Dígale que va de mi parte.
- Gracias buen hombre.
Con esta información, Hens se tranquilizó un poco y decidió
echarse a la cuneta y estudiar con mayor detenimiento sus libros sobre
geografía latina. No cabina la menor duda, estaba perdido. Confrontando
la información facilitada por el lugareño con las indicaciones
de su mapa, Transilvania quedaba a la derecha y Times Square un poco
más abajo, justo antes de llegar a Linares.
Aprovechando la parada, Helma, que viajaba en la parte trasera y había
permanecido dormida los últimos doscientos kilómetros
por las serranías de Cazorla, descendió de la furgoneta
y vació el contenido de sus tripas junto a un olivo centenario.
Helma sabía lo mucho que molestaban a Hens esas habituales paradas
femeninas tan frecuentes en los viajes largos, así que no quiso
desaprovechar tan franca ocasión y salió pitando a satisfacer
sus necesidades. Con las prisas se olvidó se llevarse consigo
algún material blando (léase papel, por ejemplo) para
su higiene íntima. Estaba buscando una piedra más o menos
lisa y en forma de cuña (la muchacha desconocía el dicho
“quien se limpia el culo con una piedra o se jode el culo o se
deja mierda”) cuando vio con estupefacción que la furgoneta
se ponía de nuevo en movimiento. Con la piedra en una mano y
las bragas en la otra, Helma salió corriendo detrás del
vehículo, que poco a poco, casi perezosamente, ganaba velocidad.
Sonó un portazo (la puerta trasera se cerró con la aceleración)
y Hens pregunto: “Cariño, ¿estás bien?”
A través del rugido dieselificado del motor le llegó la
voz lejana de Helma: “¡Hens, no corras!”. “No
te preocupes, Cariño –respondió Hens-. Ya sabes
que soy muy buen conductor. El tercero de mi promoción en el
Royal Institute of Carné de Conducir de la University's Major
School del Advanced Center for Conductores Novatos and …”
Había recorrido casi ciento cincuenta kilómetros cuando
terminó de decirle a Helma lo buen conductor que era y la multitud
de institutos, universidades y centros de investigación de todo
el mundo que se lo habían reconocido. Tan orgulloso estaba Hens
de su título de conductor ejemplar centroeuropeo que, en ocasiones,
se metía con él en el servicio y se masturbaba mirándolo;
incluso encargó una ampliación a tamaño A4 y se
la hizo estampar en la camiseta del pijama.
Hens era primo segundo de un cuñado de una sobrina de Arnold
Schwartzenegger y, como éste, funcionaba a base de pilas alcalinas.
Podía estar muchas horas sin dormir gracias al método
Non-Sleeping del científico japonés Shi ki to Delakalshá.
Aquella noche, el stress hacía que le pesara el pie derecho y
la furgoneta parecía volar entre los olivares. Salió a
la Nacional IV (¡por fin la carretera gorda! Pensó aliviado).
Desde su posición no tenía otra alternativa que tomar
dirección sur. Aceleró con ánimo y no paró
hasta llegar a Tarifa, donde aparcó, de forma un tanto gamberra
encima de una acera, y se quedó profundamente dormido sobre el
volante.
Así,
dormidito como un bebe recién nacido, abandonamos a Hens y volvemos
con Helma, a quien habíamos dejado tirada en medio de la carretera
N 322, que une Bailén con Úbeda. Pepote fue el primero
de una larga lista de camioneros que aseguran haber recibido un regalo
de Dios esa noche. En este punto los datos son muy confusos y el decoro
me hace ser reservado: Toñete y su hijo Toño cuentan que
se les presentó la Virgen de Cazorla en forma de prostituta;
sin embargo, Genaro, el lechero de Baeza, asegura que fue la mismísima
María Magdalena. Todos, no obstante, coinciden en la descripción:
mujer joven, alta y delgada, de piel dorada como la cerveza y el cabello
del color del oro viejo, vestida únicamente con un picardías
blanco y unos zapatos de tacón de aguja, también blancos
como los de una novia. Hablaba la lengua de los dioses, incomprensible
para los humanos.
Y es que Helma pasó aquella noche por diferentes etapas y estados
de ánimo: primero desconcierto e incredulidad, después
un terror indescriptible, más tarde un cabreo del carajo y finalmente
se rindió a la intemperie de los acontecimientos y gozó
de su primera noche de bodas, que con el trajín del viaje aún
no había tenido lugar. Helma era una mujer práctica y
aquella noche lo dejó bien de manifiesto.
Vestida con retales de otros cuerpos (los pantalones de Toño,
la camisa de Pepote y la gorra de tela blanca de Genaro) apareció
en Linares montada en una bicicleta que transportaba metro y medio de
jarapas, sobre cuyo manillar se retorcía un anciano lugareño,
al que nadie había visto jamás con semejante cara de felicidad.
Según cuentan, al anciano ciclista se le quedó ese gesto
de gozo para siempre. Incluso muchos años después de muerto,
cuando exhumaron sus restos para trasladarlos al cementerio nuevo de
Bailén, su calavera mantenía la misma expresión
de asquerosa felicidad.
Se armó tal alboroto en la plaza de Linares con la llegada de
Helma que la policía optó por detenerla, acusándola
de escándalo público y viajar indocumentada. La encarcelaron
hasta que llegará de Córdoba un interprete, de lo que
fuera que hablara aquella muchacha, y se aclarara el extraño
suceso.
Cuando
Hens despertó, el Sol era ya un recuerdo vago sobre un cielo
hecho de fuego. A través de los cristales no se podía
ver la calle; un borrón amarillo lo ocupaba todo. Descendió
lentamente de la furgoneta y se alejó un par de metros para ver,
en toda su magnitud, algo que su mente no podría haber imaginado
nunca; todo el vehículo había sido empapelado con unos
pequeños trozos rectangulares de papel amarillo. Aún no
había regresado de su embobado letargo ante semejante obra de
destreza ornamental cuando se le acercó un tipo que se presentó
como director general ejecutivo de la banca Marx, acompañado
de dos abogados especializados en grandes finanzas.
- Mi nombre es Memlamé Neo Forlapashta y represento al ayuntamiento
de Tarifa. Nos debe usted 906 69 69 69 euros en concepto de multas por
aparcamiento. Mi cliente desea saber cómo va pagarlos.
- ¿Puedo firmales una letra contra el tesoro austriaco? –Respondió
Hens después de unos segundos de reflexión- Entenderán
que no lleve encima esa suma.
Los abogados se retiraron a discutir la oferta. Después de varios
minutos de acalorada discusión regresaron.
- ¿Garantiza su gobierno el pago?
- Por supuesto, somos una nación seria.
- Está bien, ¿Qué letra quiere firmar?
- La “E” de España y de Europa. La “E”
que nos une, la “E” que nos hace hermanos.
- Querrá usted decir enanos –intervino Memlamé Neo.
- Enanos o hermanos, ¿Qué más da; acaso no somos
todos hijos del gran Carlos?
- Bueno, bueno, dejemos la historia en paz; tampoco hace falta mentar
a los muertos.
Memlamé Neo saco una pequeña libreta de hojas amarilleadas
por los años, recuerdo de sus días de detective privado,
y dibujó en ella una gran “E”. Debajo anotó
la suma debida y el vencimiento.
- Firme en esta esquina
- Encantado de colaborar con la autoridad -Hans firmó como A.
Schwartzenegger .
- ¡Vaya! –Se sorprendió Memlamé Neo- Si es
el gobernador de California en persona.
- Sí, bueno, pero estoy de incógnito en visita oficiosa:
he venido a enseñar a su príncipe los secretos de la monta.
- ¿… A caballo?
- ¡Pues claro! ¿Qué se había pensado usted?
- No, yo nada. Creía que nuestro príncipe montaba bastante
bien.
- ¿… A caballo?
- ¡Mi príncipe monta bien cualquier cosa que tenga patas!
- Hombre, no se me ponga usted así. Siempre se puede mejorar:
un consejito por aquí, un truquillo por allá…
- ¿Y usted es un experto del trote?
- Un especialista; me lo he leído todo. Tengo páginas
enteras memorizadas, para cuando llegue la ocasión.
- ¡Ah! Pero aún no … -Memlamé Neo acompañó
la frase con un expresivo movimiento de brazos y caderas.
- Cada cosa en su momento.
Fue entonces cuando Hens recordó que no viajaba solo (eso se
llama asociación de ideas). Con urgencia se dirigió a
la parte trasera de la furgoneta, despego unas pocas docenas de multas,
y dio con los nudillos unos golpecitos a la puerta. “Cariño,
¿estás bien? No había nadie dentro, así
que no obtuvo ninguna respuesta. Lo intentó de nuevo, pero nada;
Helma no respondía.
- ¿Va todo bien? –Preguntó un guardia municipal
que, desde la acera de enfrente, presenciaba la escena. El municipal
se acercó a Hens.
- Sí. Supongo que sí. Mi mujer, Helma, debe haberse quedado
dormida.
- ¿Lleva mucho ahí dentro? –Preguntó el guardia
señalando la furgoneta.
- Unas dieciocho horas –contestó Hens con cierta preocupación.
- ¡Eso es mucho dormir!
- Sí, desde luego.
Hens abrió la puerta trasera de la furgoneta y, como era de esperar,
no encontró en ella a Helma.
El
resto de la historia es el predecible (¡qué pena!). Desde
la comisaría de Tarifa dieron la voz de alarma sobre una mujer
extranjera desaparecida. Y en la comisaría de Bailén,
por fin, ataron cabos y se desveló el misterio de la hermosa
joven encontrada una noche, medio desnuda, en mitad de la carretera.
Hens y Helma viven felices en una casita de un barrio de Viena y, aunque
no hablan nunca de aquel suceso, vuelven todos los veranos a España.
Cada vez que se detienen para algo, Helma se baja de la furgoneta (que
ahora es en propiedad), pero Hens siempre se asegura de que ha vuelto
al interior de la misma antes de arrancar.
En las oficinas del tesoro austriaco se descojonaron cuando recibieron,
por correo ordinario, la letra firmada por un tal A. Shashenawer. Memlamé
Neo intentó denunciarlos por impago: al Tesoro Austriaco, al
Fondo Europeo de Compensación, al estado de California y al propio
Arnold Shashenewer, pero el juez de primera instancia de Cádiz
no le admitió a trámite la denuncia. Es más, le
amenazó con ingresarlo en un psiquiátrico si insistía
en ese tema.
FIN
Máximo
Herrera