El
loro que volvió de la muerte
Algunas especies
de loros pueden vivir en cautividad quince o veinte años. Este
era el caso de una pareja de loros del amazonas (ya saben, esos de plumaje
verde con ribetes encarnados en las alas y en la cola) que tenía
el vecino de un amigo del sobrino del portero de mi casa. El propietario,
según me contaron, respondía al nombre de Andrés,
y los psitaciformes se los había regalado, como obsequio de boda,
un cuñado que solía para por el Pub Sahara en compañía
de Miguel de la Cuadra Salcedo y otros aventureros de bigotes igualmente
feroces. Andrés, que de zagal interpretó en el colegio
a Pleberio en la obra del bachiller Fernando de Rojas, La Celestina,
bautizó a sus loros como Calisto y Melibea, a pesar de que en
la clínica veterinaria, donde los llevaba al menos una vez al
año para que los desparasitaran, le habían asegurado que
se trataba de dos ejemplares machos. Poco importó este nimio
detalle al imaginativo Andrés que se pasaba las horas muertas,
en el jardín de su chalet, intentando que sus loros aprendieran
a recitar a Pedro Salianas. Jamás salió por la boca de
esos bichos otra cosa que no fuera el habitual garrir de estas aves;
gritos que Andrés interpretaba como versiones deformadas de nombres
comunes y familiares (ejemplo: Agrreeeeeeeeeeeer era “Andrés”
y Cruaaaaaaar Cruá era “Ya Está”).
El caso es que un verano, ya entrados en agosto, el viejo Calisto metió
la cabeza debajo del ala, se hizo una bola y cayó muerto desde
el trapecio de la jaula. Andrés no había sufrido un episodio
de tristeza tan profundo desde el día de su boda, en el que su
propia madre pilló a su reciente nuera haciéndole una
felación, en el servicio de mujeres, a un camarero del salón
de bodas donde festejaban sus recién estrenadas nupcias. Andrés
la perdonó porque, según la muchacha, el camarero había
sido su primer novio (vamos, que era casi como de la familia) y la cosa
no tenía mayor malicia; desde luego, no era como para poner patas
arriba una celebración que llevaban más de seis meses
preparando y que había costado un ojo de la cara (si no hay celebración
no hay sobres ni viaje a Aruba ni tan siquiera permiso laboral por boda).
Andrés veló a su loro hasta bien entrada la madrugada
y a la mañana siguiente cavó, con sus propias manos, una
pequeña fosa en un rincón del jardín donde enterró
a Calisto.
Era sábado por la mañana. En esta época del año,
Andrés y su mujer pasaban los fines de semana en una coqueta
casita que tenían en un turístico pueblo de Las Hurdes.
Ambos amaban la pesca: él truchas y por las noches cangrejos
de río; ella truchos (preferiblemente alevines) y por las noches
siempre estaba muy cansada y le dolía la cabeza. Dudó
Andrés sobre la conveniencia del esparcimiento en aquellos momentos
de doloroso luto, pero su mujer, que era de armas tomar, le amenazó
con irse sola si él insistía en mantener el duelo. Así
que se fueron, dejando confortablemente instalada a Melibea en su jaula
colgada bajo el toldo del porche y con una buena provisión de
agua y comida.
Aquel sábado fue noche de perseidas y Andrés sintió
sensaciones extrañas; las estrellas fugaces son almas que escapan
del mundo de los mortales. ¿Acaso tienen alma los loros, acaso
el alma de Calisto viaja sujeta a la tara de esas estelas luminosas
que rasgan el cosmos? Andrés escribió un poema, al que
tituló Elegía por mi Loro Muerto, y que, por vergüenza,
jamás enseñó a nadie:
Loro
que un día llegaste
de las selvas tropicales,
hoy tus instintos tribales
besan estrellas fugaces.
¡Ah!,
mi buen loro Calisto,
alegría de mi casa,
compañero, camarada.
¿Quién te ve y quién te ha visto?
Qué
flaco y tieso has quedado,
verde manojo de plumas
que estercola mis geranios.
Que
te abrace la fortuna
y tu alma encuentre el lado
más amable de la luna.
Quedó
Andrés muy satisfecho de esta composición; sobretodo por
su referencia a Hernández (… de los campos que abonas y
estercolas/compañero del alma tan temprano …), así
que la guardó en la bolsa de los cangrejos y jamás volvió
a leerla.
Hacia las tres de la madrugada del domingo llegaban a casa Andrés
y su mujer abatidos y fastidiados por las enormes caravanas que se forman
en la Nacional V; más de cien kilómetros de retenciones
que ponen a prueba la paciencia del más estoico. Nada más
entrar en la casa, Andrés se dirigió al porche para hacerle
una visita a su loro Melibea. Se oyó una exclamación desgarrada
que hirió la noche. Incluso su mujer, carámbano imperturbable,
se asustó al ver a Andrés extático y patidifuso
junto a la jaula de los loros. “Ven Petra, mira esto. No te lo
vas a creer”, repetía sin mover los labios y sin pestañear:
se había quedado de piedra. Petra se acercó intrigada
por la expresión de su marido y tampoco pudo reprimir un grito
ahogado: tumbado sobre el fondo de la jaula, de cuerpo supino, estaba
Calisto. Detalles de aquella noche a relataros renuncio (perdón
por la zorrillada) que son horas postreras que con gusto se acomodan
a cualquier razón y entendimiento.
Andrés pasó lo que quedaba de noche preparando un catafalco
digno de su milagrosa ave. Con terciopelo rojo, arrancado de un cojín,
forró el interior de una caja de zapatos y depositó en
ella a Calisto. Con el improvisado féretro debajo del brazo,
a primera hora del lunes, se presentó en la Ermita de San Antón,
en la bulliciosa calle de San Mateo, y exigió al Padre León
de los Carneros que canonizara a su loro. El Padre León, que
era un tipo inmenso como un armario de cuatro puertas, le advirtió
de los desórdenes que el alcohol causaba en el espíritu
y le invitó a que abandonara el templo antes de que él
mismo lo sacara a hostias. Decepcionado por el catolicismo, Andrés
se fue a la Casa de Campo y más allá de donde habitan
las leonas africanas preparó una pira funeraria e incineró
su ave en una ceremonia pagana. Las muchachas miraban perplejas el sorprendente
ritual y más de una huyó despavorida creyéndolo
un chamán o un brujo del budú.
Aquel milagro transformo el carácter y la vida de Andrés
hasta tal punto, que su mujer terminó por abandonarlo. Siempre
meditabundo y ensimismado, veía una señal trascendental
hasta en los sucesos más normales y domésticos: si el
viento soplaba en la chimenea, era la voz de Calisto llamándole
desde el otro mundo; si el televisor hacía interferencias, era
el aura de Calisto que distorsionaba las ondas, si se levantaba por
la mañana con una erección, era Calisto que le rozaba
el pene con un ala; sin embargo, si no se le levantaba cuando Petra
movía provocadora su culo de can can, era Calisto que le recomendaba
continencia. Tal actitud le llevó, incluso, a que le echaran
del trabajo (y eso que era el jefe y propietario del negocio).
Hoy
Andrés recorre la Gran Vía de Madrid vestido con una túnica
naranja, rapada la cabeza al cero, y cantando, acompañado de
una pandereta de piel de cabra, el Hare, Hare, Krishna. Petra volvió
a casarse, esta vez con su novio de siempre, el camarero, que había
regresado a Madrid después de una larga temporada ejerciendo
de doble en películas pornográficas para una productora
catalana. En la antigua casa de Andrés y Petra viven ahora una
pareja de sudamericanos, Carlos Miguel y Ángel Antonio, ex-activistas
del movimiento Chueca por la Tolerancia Gay, pareja de hecho, ambos
psiquiatras y videntes; echadores de cartas del tarot. Compraron la
casa intrigados por la historia que les contó Andrés sobre
un loro que regreso a su jaula después de muerto. Instalaron
su consulta en el garaje, en una habitación levantada con pladur
y decorada con frescos de motivos tropicales a la que bautizaron como
La Sala del Loro. Cobran sesenta euros por sesión y hacen voto
antes sus clientes de que el espíritu de un santo misionero jesuita
del siglo XVII (posiblemente San Pedro Claver), reencarnado en loro
durante la última década del siglo XX, les desvela los
misterios del futuro.
En cuanto a Andrés, sin duda ha encontrado una nueva dimensión
para su vida junto a Manolo Sánchez, un disoluto interpretador
del Vrinduana que se vende como el prosélito legatario madrileño
de Param Gati Maharaja, y su goloso séquito de muchachas calvas
(¡qué morbo!). Estas razones de acomodo carnal y espiritual
no fueron gratuitas, desde luego (Andrés cedió a la hermandad
Krishna de Manolo todo su patrimonio, que no era poco), pero limpiaron
su alma de cuitas y pegajosas telarañas con caspa y halitosis
(¿en qué se puede invertir mejor la pasta?). Por esta
razón, Andrés ni se planteó la posibilidad de volver
a su antigua y aburrida vida el día que, durante una visita a
su madre, ésta le entregó una carta recibida por correo
dos meses antes. La carta decía lo siguiente:
Querido Vecino;
Me
dicta la conciencia confesarte una falta que espero sepas perdonar,
aún cuando te animo a que calcules a tu gusto y justicia la forma
en que podría satisfacértela. De sobra conozco lo mucho
que querías a tu loro Calisto y el gran disgusto y desorden que
su muerte te causó. Hoy te confieso que fue mi gato el que le
robó la vida. Le sorprendimos cuando intentaba enterrarlo en
un rincón del jardín, bajos aquellos geranios tuyos que
tan lozanos florecían. Yo mismo lo recuperé de sus fauces
y volví a depositarlo en su jaula, para que tú creyeras
que había fallecido de muerte natural. No sabes cómo lamento
que sucediera aquello y la vergüenza que me causa mi propia cobardía
al no habértelo confesado antes. Te ruego, una vez más,
que me perdones.
No obstante, debo avisarte que ya he pagado parte de esa pena. A raíz
de aquello me fue insoportable la vida sabiendo que en mi hogar moraba
un asesino. Con estas razones, una mañana me fui al veterinario
y, con todo el dolor de mi corazón, sacrifique al gato Amancio,
que como sabes era propiedad de mi esposa y su mascota personal desde
hacía dieciocho años. Mi esposa no supo entender mi conducta
y me abandonó. Aquello me destrozó, perdí el contacto
con la realidad y me di a la bebida. Te escribo estas abochornadas líneas
desde el Centro de Recuperación de Alcohólicos Faustino
I, en La Rioja.
Siempre
tuyo, tu vecino Rafael.
FIN
Máximo
Herrera