El
Brujo Roldán
y los caminos del cielo
Estoy
muerto. No es una forma de hablar; es una certeza fisiológica:
no veo, no oigo, no respiro, no puedo moverme, estoy más tieso
que una vela de lomo y mi corazón hace ya mucho rato que dejó
de latir. Aunque, por lo que parece, aún no estoy completamente
muerto. Mi nombre era Manuel Deanso y pronto iba a cumplir veinte años.
Vivía aquí cerca, en Lomas del Castillo. Siempre he vivido
aquí, aunque ya no recuerdo por qué. Supongo que aquí
nacieron mis padres y mis abuelos. Y supongo que vivo en este pequeño
pueblo porque no he tenido ni ganas ni oportunidades para irme a otro
sitio. La verdad es que ahora que todo ha acabado, casi me alegro de
haber pasado aquí los pocos años que me ha durado la existencia.
Noto como si la cabeza se me estuviera llenando de agua y poco a poco
los recuerdos naufragan y los pierdo. La sinapsis de mis neuronas se
están disolviendo por momentos y debo darme prisa si quiero que
ustedes sepan lo que me ha ocurrido; un accidente escalofriante, incluso
para mi que paso por ser uno de los mozos más intrépidos
del valle.
I
Ayer
por la tarde me decidí, por fin, a confesarle mi amor a Josefina
la del molinero. Le había comprado un anillo y escrito un poema.
Amo a Josefina desde el día en que su padre le permitió
que se quitara las trenzas y que su cabello, rubio como el de una venus
noruega, llenara los pinares con su brillo de cristal de jarra de cerveza.
Me dijo que sí, como no podía ser de otra forma. En el
pueblo somos muy pocos y rara vez hay más de cuatro o cinco mozos
de la misma edad. Existe un pacto ancestral de caballeros; en cuanto
una pareja coquetea los demás se quitan de en medio y dejan el
paso libre. Aquí, en Lomas del Castillo, la expresión
coquetear alcanza su más universal sentido; basta una mirada
o un encuentro casual en la fuente para que tu destino junto a esa persona
quede sellado de por vida. Josefina y yo empezamos a coquetear hace
unos cinco años, una tarde que los vecinos nos vieron juntos
matando un pollo. ¡Qué buena pareja hacen! Le dijo don
Deusto, el párroco, a Vidal el de los huevos. Y al día
siguiente, en la taberna, ya todo el mundo hablaba de que éramos
o íbamos a ser pareja.
Para celebrar nuestro compromiso nos fuimos al soto. Nos tumbamos sobre
la hierba. Caía la noche y el arroyo saltarín nos salpicaba
de espuma fresca. Sí, hicimos el amor. ¿O es que ustedes
se han creído que en los pueblos nos chupamos el dedo? Todo fue
un poco chapuza, lo reconozco, pero es que ninguno de los dos lo había
hecho antes y en estas cosas la experiencia cuenta. Aquello fue lo mejor
que me ha pasado. Fue limpio, sincero y espontáneo. No como lo
de Pancho el flaco, al que su padre llevó a ver a Antonia la
puta el mismo día que se enteró de que su Panchito se
veía con Petra la de los jamones. “Esto es para que cojas
experiencia Pancho –le dijo- que después salen las cosas
como salen”. Según me contó él mismo, Antonia
lo desnudó y lo lavó como si fuera un bebe. Después
acomodó sobre la cama sus ciento veinte kilos de peso y le ordenó
que se echara encima de ella. “Parecía una cama de agua
con un chocho tan grande que podría haber metido una pierna dentro
y Antonia ni se habría enterado”, me confesó el
Flaco unos días después.
Perdonen ustedes que desvaríe de esta forma y no consiga ceñirme
al tema que realmente quiero contarles. En estos últimos momentos
toda mi vida, todo lo que he vivido, empieza a pasarme por la cabeza
como una película a un millón de fotogramas por segundo.
Les estaba contando mi experiencia con Josefina en el soto y lo bien
que lo pasamos. No lo hago para darles envidia o para presumir y sé
que no es de caballeros contar estas cosas. Pero las circunstancias
me invitan a hablar de ello. Josefina sangró un poquito y cuando
volvíamos, ya bastante entrada la noche, caminaba con cierta
dificultad. Sin embargo, su cara era de felicidad y su mirada fulgía
como la luz esa que llevan los aviones y que se ve desde tan lejos.
Yo también marchaba feliz a su lado y eso que, con la pasión
del momento, se me había subido un abductor y me dolía
del carajo. Ya no me duele. Es lo bueno que tiene la muerte; es tan
drástica, tan definitiva, que se te curan al momento todos los
males y desaparecen, como por arte de magia, todas las preocupaciones.
El domingo pasado matamos en el pueblo un cochino para la barbacoa de
la Fiesta de la Siembra. Dice la tradición que ese día
todo el mundo debe comer y beber hasta quedar ahíto porque los
excrementos, que después, una vez secos, se utilizarán
como abono, deben ser abundantes. Hoy día, no utilizamos los
excrementos como abono, sino que compramos el abono ya hecho a un tipo
que viene desde la ciudad con una furgoneta blanca. Se llama Desiderio,
pero todos le llamamos Desi el Cagao; cosas de la asociación
de ideas. El tío Gregorio, que ve menos que Pepe Leches, hizo
de matarife. El caso es que, cuando metió el cochillo por el
cuello para degollar al bicho, oí un chasquido sospechoso. El
animal tembló dos veces y se quedó tieso. Sangraba, pero
no tanto como todos sabíamos que debía hacerlo. Pepe el
tripón y la ballena Antonia se sentaron encima del animal para
que expulsara toda la sangre. Cuando dejó de sangrar lo untamos
con grasa y le prendimos fuego para quitarle el pelo. El bicho se puso
de pie y, envuelto en llamas, salió corriendo y chillando. Al
pasar junto a mí, me tiré sobre él y lo sujeté
con fuerza hasta que murió. Me achicharré un brazo y parte
del pecho y de la barriga. Todos estos días me ha estado escociendo
una barbaridad. Pues créanlo ustedes, ya no me escuece y no se
pueden imaginar el alivio que siento. ¿A qué viene todo
esto? ¡Ah, sí! Les estaba contando lo que sucedió
durante mi última noche con vida.
Dejé a Josefina en la puerta de su casa y me volví andando
al pueblo por el Camino de los Seis Fusilados. Era ya muy tarde. La
luna brillaba como el anverso de una pala nueva. Me sentía diferente,
relajado y exultante al mismo tiempo:”Ya soy un hombre completo
–pensaba -; seguro que todos lo notan nada más verme”.
Los perros de Adolfo Cascarrabias me ladraron cuando crucé el
Puente de la Mujer Ahogada, pero luego me reconocieron por el olor y
se tranquilizaron. En la plaza del pueblo, antigua Explanada del Patíbulo
y hoy Plaza de la Casa Consistorial, me encontré con Evaristo
cuatro ojos y su prima Maite la macachapas. Estaban con Pancho el flaco
y Miguel el de los carbones.
- Pancho propone
que cojamos la furgoneta del lechero (el lechero es su padre) y nos
vayamos a San José de Matamoros –decía Evaristo.
- ¿Y eso, por qué? –Pregunté sin mucho ánimo.
- Están en fiestas y los titiriteros han instalado varios tenderetes
–contestó Pancho animadamente en defensa de su propuesta-.
Me han dicho en el bar que hay un mago que hace levitar a la gente.
- Tonterías. La gente no dice otra cosa que tonterías.
- No digas eso –intervino Maite-. Tú no lo has visto, no
puedes saberlo.
- Vale. Si ese tipo es capaz de mover cosas con sólo pensar en
ellas, decirle que venga aquí y que lleve la leña que
tenemos en el río hasta el cobertizo de Nazario el quemao.
- Mejor que eso: vente con nosotros y se lo dices tú mismo –Pancho
no se daba por vencido.
- San José está lejos y es muy tarde.
- Que va a ser tarde, pedazo de memo. Además, San José
está a una meada.
- Id vosotros. Yo me encuentro un poco cansado.
- Pronto comienzas a pasar de tus amigos –intervino Miguel-. ¿Acaso
piensas que Josefina se va a enfadar porque te vengas de fiesta con
nosotros?
- No es eso, Miguel. Además, sois unos embaucadores…
- Déjate de chorradas. ¿Vienes o no?
Pancho y Evaristo se montaron delante. Nosotros tres nos sentamos detrás,
con Maite en el medio. Atravesamos las calles desiertas de Lomas del
Castillo y tomamos la carretera de San José. Maite no dejaba
de mirarme.
- ¿Qué pasa –le pregunte-, tengo monos en la cara?
- Ya te has estrenado, ¿Eh?
- No sé de que me hablas.
Maite dejó caer su mano sobre mi entrepierna y apretó
con calculada presión.
- De esto hablo. Cuéntamelo todo. ¿Qué tal te ha
ido?
- Sí, cuéntanoslo. Seguro que te la has llevado al río
–insistió Pancho.
- Soy unos cerdos. ¿Para esto queríais que fuera con vosotros?
- Yo te conté lo mío con la madre de Maite –Pancho
se refería a su miserable experiencia con la ballena Antonia.
- Lo único que te voy a decir es que sí, que me la llevé
al río y que me fue mucho mejor que a ti.
En el fondo estaba deseando hablarles de lo bien que lo había
pasado y lo mucho que amaba a Josefina. De todas formas, ella misma
lo haría en cuanto tuviera ocasión. Además, si
no lo cuentas los vecinos se lo inventan y eso es mucho peor; aquí
la gente tiene mucha imaginación. Esta es la razón por
la que todo el mundo, en Lomas del Castillo, lo cuenta todo con pelos
y señales. Es preferible que exista una versión oficial,
así se acaba con las habladurías; a nadie le gusta que
le cuenten lo que ya sabe.
- ¡Qué pena! Me hubiera gustado ser la primera. Pero bueno,
tal vez sea mejor así; prefiero los chicos con experiencia –
Maite me clavaba sus ojos negros y se aferraba a mi entrepierna.
- Déjame, Maite. Josefina y tu sois amigas desde pequeñas
–le dije apartando su mano de mi cuerpo.
- Pues por eso: las amigas están para compartirlo todo.
- Esto no… Todavía –(nunca digas de esta agua no
he de beber… Ni este cura no es mi padre, que agregaría
inmediatamente Doña Juana la pelá).
Las primeras luces de San José de Matamoros
asomaron por detrás del Pinar de los Ahorcados. La furgoneta
devoraba los kilómetros con ansiedad, casi con gula. A la entrada
del pequeño complejo minero de San José, poco más
de un kilómetro antes de llegar al pueblo, se alzaban unos tenderetes
pobremente iluminados. Eran las casetas de los titiriteros. Algunos
perros ladraban a la luna y en las jaulas, un oso negro de ojos brillantes
y un par de escuálidos leones se paseaban nerviosos, arañando
los barrotes con sus fauces y soñando, seguramente, con una vida
en libertad lejos, muy lejos de aquel pueblo de malditos. Los vecinos
de San José se apretaban frente a un único tenderete decorado
con madera negra y grandes sábanas rojas. Los demás puestos
estaban prácticamente desiertos.
Aparcamos la furgoneta en la explanada y, como hipnotizados por aquellos
lienzos de sangre, dirigimos nuestros pasos hacia el espectáculo
del Brujo Roldán. La noche era clara y serena. El cielo parecía
un saco de carbón medio comido por las polillas y puesto contra
una lámpara de la que emanara una increíble luz pálida.
A duras penas nos abrimos paso entre los atontados espectadores y llegamos
hasta las primeras filas. En el escenario había dos hombres,
uno muy alto y muy anciano, y el otro bajito y de edad indefinible.
Sobre un diván de madera cubierto por una sabana roja se encontraba
tendida una muchacha."Concéntrense y presten atención
-decía el hombre bajito-. Va a dar comienzo la función
de magia del Brujo Roldán". Los murmullos y las risas comenzaron
a desaparecer hasta que la explanada quedó completamente en silencio.
El espectáculo que se mostraba a nuestros ojos contradecía
el sentido común y desafiaba las leyes de la naturaleza. Un hombre
altísimo y de rostro cadavérico, ataviado con una gran
capa negra de terciopelo por fuera y de raso rojo por el interior, levantaba
con sus manos, pero sin rozarlo siquiera, el cuerpo de una muchacha
joven. El Brujo Roldán era la imagen misma de la muerte. La única
parte visible de su cuerpo era la cara, blanca como la porcelana, pálida
como cera usada, tan falta de materia viva que la piel, resuelta en
un sinfín de pliegues inexplicables, se le ajustaba a la osamenta
del rostro como si verdaderamente se tratara de una momia por la que
hubieran pasado miles de años. Llevaba guantes blancos de una
piel tan fina que los nudos de sus manos eran francamente evidentes
y aterradores. Tocado con una chistera negra de fieltro, el cabello
lacio le escapa por los hombros en alambres sin color. Sus ojos, hundidos
en el fondo de la cabeza, apenas si expresaban otra cosa que cansancio.
El cuerpo de la joven alcanzó algo más de dos metros de
altura sobre el diván. Desde la explanada, más de dos
metros por debajo del nivel del diván, el contrapicado daba la
impresión de que la chica había alcanzado una altura escalofriante.
Su cuerpo se recortaba contra la luna como un cadáver amortajado
y lanzado al espacio. Durante unos interminables instantes, en los que
nadie se atrevió a respirar, el cuerpo de la muchacha levitó
ingrávido, después, siguiendo con exactitud indefectible
el movimiento de las manos del brujo, giró lentamente sobre su
eje y comenzó a descender. Cuando por fin la chica descansó
sobre el diván se escuchó un profundo murmullo de alivio
entre los espectadores; suspiros, resoplos y algunos aplausos emocionados.
- ¡Es increíble! –Exclamó Maite
- Por supuesto que es increíble, como que tiene que ser un truco,
una fantasía, un efecto óptico – agregué,
lo reconozco, aún impresionado por el espectáculo que
acababa de contemplar.
- Yo creo que es completamente real – intervino Pancho.
- No seas ingenuo, Pancho; las personas no flotan en el aire –mi
sentido de la racionalidad luchaba por encontrar una explicación.
- Ya lo has visto con tus propios ojos; ni hilos ni soportes ni ayudas
físicas de ningún tipo. La chica estaba flotando y subía
y bajaba como si fuera una cometa que un niño gobierna a su capricho
– Miguel no era un mozo que se dejara impresionar con facilidad,
por eso sus palabras me hicieron dudar de mis propias convicciones.
- Explícamelo tú –le desafié
- Lo siento, no encuentro ninguna explicación, salvo que se trate
realmente de un brujo.
Sobre la tarima del escenario volvió a aparer
el hombre bajito con aspecto de vendedor de coches usados. Vestia un
gastado frac negro de paño, de doble cola con rebordes y pechera
casi blanca. Anunció el fin de la función del Brujo Roldan
y el comienzo de otros espectáculos nuevos en los tenderetes
vecinos. Su voz resonaba poderosa en la explanada.
“Y ahora, señoras y señores, pasen
y vean al hombre forzudo, el verdadero descendiente de Hércules
hijo de Zeus. Su fuerza descomunal les hará estremecer. Véanle
enfrentarse al oso Satán y apaciguar con sus solas manos la ira
de la gran fiera negra. Y en el escenario de la esquina, el enano funámbulo
y la mujer barbuda, el hombre elefante, el comedor de sables y la niña
que bebe fuegos. Y a mi derecha, en el escenario de las palmeras, el
domador de leones y Xanida la sirena. Y para terminar esta emocionante
sesión, les pido un aplauso para el Brujo Roldán, el más
grande prestidigitador de todos los tiempos”
El público, aún desconcertado y puesto
en pie, aplaudió con fuerzas, pero cuando empezó a descender
el telón algunas voces suplicaron por otra función. Pronto
los demás se sintieron animados y se unieron al ruego. “Otra,
otra, por favor, una más” gritaba ya todo el aforo. “Una
más, la última; otra, otra, otra”. Todas las voces
eran ahora una misma, una súplica unísona, un mismo indescriptible
deseo. El telón había caído, pero el público,
puesto en pie, insistía en que volviera a salir el Brujo Roldán.
Así transcurrieron cuatro o cinco minutos, al cabo de los cuales,
por delante del telón, como si se hubiera materializado de la
nada, surgió la figura pequeña del animador. “El
señor Roldán es muy mayor y está cansado –anunció-.
Tal vez mañana pueda ofrecer otra función”. Y desapareció
de la misma instantánea manera en que había aparecido.
Veinte minutos después, el público aún seguía
en pie reclamando el retorno al escenario del Brujo Roldán.
En el tenderete de al lado, un oso negro encadenado por las muñecas
y perplejo por la luz, un tanto indecisa, de las candilejas, se movía
nervioso junto a un enorme hombre, tan velludo como el propio oso. El
gigante humano llevaba la boca y el mentón protegidos con una
máscara de hierro que le llegaba hasta los pómulos y sobre
el pecho una cota de malla y una especie de chaleco rústico de
piel. Sus brazos y sus piernas, musculosos como la estatua de un dios
griego, mostraban infinidad de sobrecogedoras cicatrices. El hombre
y el oso estaban frente a frente, separados apenas por un metro. Con
solo mirarles los ojos, el odio que esplendían sus miradas, se
adivinaba que eran enemigos irreconciliables, adversarios frecuentes;
cualquier noche, en la explanada de cualquier pueblo, uno de los dos
terminaría matando al otro. Pero eso sería otra noche
y en otro pueblo. No hoy y no en San José de Matamoros.
En este pueblo los vecinos son persistentes, tercos, tenaces. Tienen
fama de ello en todo el valle. Cuando el río Cascabel, aquí
llamado Río de los Niños Muertos, se desbordó y
salto la presa de Regueros, amenazando con inundar toda la comarca,
fueron los vecinos de San José, todo el pueblo al completo, los
que arrancaron con sus manos las losas de la antigua calzada romana
y construyeron un dique en el recodo del Degollado. El río se
cobró la vida de treinta personas, la mayoría de ellas
niños de San José, pero finalmente se detuvo y formó
un lago. El remanso continúa anegándose cada año
con el deshielo y dicen, los que por aquí vienen –pastores,
cazadores…-, que en el fondo, a través del agua, se ven
las caras pálidas de los niños muertos. Y es que estos
parajes están condenados al recuerdo de dramáticas tragedias:
fantasmas de familias devoradas por los lobos, almas de fugitivos republicanos
que murieron en las cuevas, incluso se cuenta que aún vagan por
los bosques los espíritus de los habitantes de La Serena, pueblo
aniquilado por la peste y que hoy se encuentra en el fondo del embalse
de Regueros.
Hace cinco o seis años estuvieron por aquí unos tipos
que se presentaron como investigadores. Vinieron atraídos por
las leyendas que cuenta la gente de la comarca y estuvieron varios días
tomando notas y midiendo cada palmo de los campos con cacharros y aparatos
de lo más extraño. Una noche, uno de ellos se emborrachó
en el bar de Bonifacio el vinos, el único bar que hay en Lomas
del Castillo, y le aseguró al propio Bonifacio que los muertos
no podían salir del valle porque ningún camino del más
allá llegaba hasta estas tierras. Bonifacio se asustó
muchísimo y tardamos más de una semana en convencerle
de que aquel cuento no era otra cosa que la broma pesada de un borracho
de la capital.
Todo esto viene a ilustrar lo tercos que son las gentes de por aquí
cuando algo se les mete en sus cabezas de piedras de molino. Tanto insistieron
en lo del Brujo Roldán que el pesado telón finalmente
se subió. Nosotros habíamos tomado ya la decisión
de volvernos a Lomas del Castillo y disfrutar lo que quedaba de noche
del sábado junto al Pozo de las Viudas, una pequeña plaza
donde los vecinos noctámbulos suelen reunirse en las noches de
verano para contar historias de terror hasta altas horas de la mañana.
Durante el día, esta plaza de carasol, conocida como el mentidero,
se llena de ancianas que relatan historias de la guerra. Una de estas
historias terroríficas es la que da nombre a la fuente. Según
cuentan, Lomas del Castillo cayó, durante la Guerra Civil Española,
en el lado republicano. Aquí cerca, en el Cerro de los Fusilados,
tuvo lugar una batalla. La mayoría de los hombres del valle murieron
en combate o fueron fusilados. Pero otros muchos cayeron prisioneros.
Los nacionales, que marchaban hacia la Batalla del Ebro, no podían
llevarlos con ellos, pero tampoco los podían dejar en libertad;
al fin y al cabo, eran el enemigo. Así que tomaron una decisión
cruel: extrajeron las bayonetas de sus fusiles Mauser y les sacaron
los ojos para que no pudieran luchar. Los rendidos ciegos consiguieron
llegar a sus pueblos, aunque no todos, por supuesto; muchos murieron
presa de los lobos o se despeñaron o simplemente se rindieron
a una muerte oscura y solitaria. A Lomas del Castillo llegaron ocho.
Los mismos ocho que, dos semanas antes, habían sido arrancados
del pueblo por un pelotón de republicanos que decían necesitarlos
para defender el valle. A pesar de su terrible estado, las gentes de
Lomas del Castillo consiguieron curarles las heridas y salvarles la
vida. Pero un mes después, un regimiento de nacionales, que volvía
victorioso de la Batalla del Ebro, entró en el pueblo. Todos
habían perdido amigos y familiares en la guerra y se mostraron
sanguinarios y vengativos. Violaron a las pocas mujeres jóvenes
que había y fusilaron a los ancianos y a los muchachos. Los ciegos
habían sido escondidos en un almacén cerca del río.
Una noche, dos días después de que los nacionales se instalaran
en el pueblo, según ellos para recuperar fuerzas, las mujeres,
madres y hermanas de los ciegos los sacaron del almacén y, uno
a uno, los fueron arrojando vivos al pozo, donde se ahogaron en el más
absoluto de los silencios. El agua del pozo se contaminó y los
cincuenta soldados que se habían adueñado de Lomas del
Castillo cayeron enfermos de cólera. Muchos de ellos murieron
a los pocos días. Al resto lo fueron matando las mujeres del
pueblo. Para que vean ustedes que también los muertos pueden
ganar sus pequeñas batallas.
II
Sentado en medio del escenario, sobre una silla blanca
estilo Luis XV, en una pose similar a la que muestra la estatua del
Lincoln Memorial, apareció el Brujo Roldán. Mas que sentado
parecía que lo habían tirado sobre la silla sin ningún
esmero, como trapos le colgaban los brazos y las piernas, la cabeza
ligeramente ladeada, la piel blanquísima y mate. Daba la impresión
de sentirse abatido, terriblemente cansado. Hizo un gesto casi imperceptible
con las cejas y el animador ganó el centro del escenario.
“Distinguido público –gritó
el pequeño hombrecillo- el Brujo Roldán ha accedido a
realizar para ustedes una última sesión. Les ruego el
mayor de los silencios y la más respetuosa de las concentraciones.
Lo que van a ver es un espectáculo único e inaudito que
recordarán toda su vida y contarán a sus nietos. Pero
para ello necesitamos un voluntario. ¿Quién será
el valiente que acceda a colaborar con el Brujo Roldán y vivir,
en su propia piel una aventura maravillosa?
Ante mi sorpresa y la de todos los que nos rodeaban,
Pancho se adelantó a los demás y dando grandes botes gritó:
“aquí, aquí está el voluntario”. El
presentador manipuló con rapidez y experiencia uno de los focos
bajos del escenario y lo orientó hacia nuestra posición.
Pancho ocupó el centro de la proyección de luz.
- ¿Es usted, joven, ese valiente voluntario? – Preguntó
- ¿Quién, yo? –Se apresuró a responder Pancho
apuntándose a sí mismo con un dedo-. No, que va. El voluntario
es mi amigo Manuel –añadió dirigiendo hacia mi pecho
su dedo.
El presentador corrigió mínimamente la dirección
del foco y comprobé como mi cuerpo pasaba a ocupar el centro
del reflector y mi sombra se alargaba exageradamente en la explanada
como intentando huir del compromiso. Los que me rodeaban comenzaron
aplaudir y ya no pude echarme atrás.
- Me las pagarás –le avisé a Pancho
- No seas cobarde –me contestó-; así sabremos si
el espectáculo tiene truco y si no lo tiene nos contarás
qué has sentido, cómo se ve el mundo desde allá
arriba..
- Pues claro que tiene truco, idiota. Seguramente ahora me atarán
con hilos y me pedirán que mantenga la ilusión y el secreto.
La verdad es que no me apetece para nada esta payasada – Me dirigí
farfullando al escenario.
Cuando encaré los cinco escalones de la tarima y vi más
de cerca al Brujo Roldán tuve la seguridad de que el espectáculo
no se iba a realizar; era imposible que aquel cuerpo pálido y
huesudo estuviera vivo. Pero después de rendir cuatro escalones
me encontré con el prestidigitador en pie aguardándome
un escalón más arriba. Era altísimo. Mucho más
alto de lo que me había parecido en la distancia. Además,
podría jurar que en ningún momento le había perdido
de vista. ¡Y no le vi levantarse! Es más, estoy seguro
de que nadie le vio levantarse. Pero de alguna forma lo hizo, sembrando
la duda entre los espectadores y en mi mismo: a lo mejor, sí
que le vi levantarse pero no presté atención.
No te fíes de tus ojos, me decía mi padre cuando marchábamos
de caza; confía en tu instinto y en tu experiencia. Con el tiempo,
descubrí que el cerebro humano, más concretamente la información
que viene del ojo, no lo ve todo. De hecho, solo obtenemos información
sobre fracciones de cosas, de escenarios y de acontecimientos. El resto,
el material que falta entre estas fracciones, los acontecimientos incompletos,
los inventa el propio cerebro dotando así de un sentido de continuidad
y de lógica a lo que, de otra forma, sería un puzzle incomprensible.
Salta la liebre y mi padre la fulmina de un disparo certero. No la ha
visto. Estoy seguro de que no ha podido verla, pero la ha presentido.
Partiendo de una combinación determinada de perfiles y colores,
unos pocos detalles, su cerebro construyó una liebre y la ubicó
en un lugar y en un tiempo concretos. No es imprescindible ver como
una persona se levanta de una silla para saber que lo ha hecho; basta
con haberla visto sentada y un momento después verla en pie.
Nuestro cerebro, que conoce la situación porque la ha presenciado
miles de veces, rellenará el vacío y se inventará
el cuándo y el cómo.
Sin decir palabra, el Brujo me puso una mano helada en el hombro y me
condujo hasta el diván. Me ordenó que me tendiera sobre
él. Su aliento olía a azufre y estaba tan escuálido
que el corazón se le adivinaba como una protuberancia cárdena
en el pecho; sus venas eran tuberías que corrían por encima
de la piel, en vez de por debajo. Se separó un metro de mí,
alzó los brazos hasta la altura del pecho y los ojos se le dieron
la vuelta. Recuerdo que pensé: “seguro que se está
viendo la cabeza por dentro”. Un instante después comencé
a perder peso. Sus dedos invisibles, pero poderosos, tiraban de mí
hacia arriba con suave decisión, como la aceleración de
un Porsche o el movimiento de una noria mecánica. La sensación
fue inenarrable; era como si flotara. Empecé a subir, pero cuando
mi cabeza alcanzó la suya note que algo no iba bien. La poderosa
fuerza que me izaba parecía dudar, había discontinuidad
en el esfuerzo. Le mire a los ojos y comprendí que se estaba
muriendo. Algo me impedía el movimiento, mis piernas y mis brazos
no me obedecían. Continuaba subiendo. Una serie de estertores
sacudieron el cuerpo del Brujo Roldán y finalmente cayó
de bruces, muerto sobre el escenario. Yo continuaba subiendo. El público
chillo, se alborotó. Oí la voz del pequeño presentador
solicitando a gritos un médico. También me llegó
la voz de Pancho que me pedía que bajara, que el espectáculo
se había interrumpido. Con grandes esfuerzos conseguí
girar la cabeza y vi cómo todos los espectadores de la explanada
miraban hacia arriba boquiabiertos y pasmados de horror. Incluso Maite,
que no se horroriza de nada, me pareció, desde mi elevada perspectiva,
el molde en escayola de una mujer a la que hubieran petrificado de un
susto. A pesar de que el brujo ya había fallecido, yo continuaba
mi incomprensible ascensión. Empezaba a faltarme el aire cuando
los dedos invisibles del muerto me soltaron. Me encontraba a quince
o veinte metros sobre el escenario. Comencé a descender a toda
velocidad y me precipité violentamente contra el diván.
El golpe fue terrible. Oía los gritos desesperados de los espectadores
que contrastaban desconcertantemente con la tranquilidad del pequeño
presentador. Yo sabía que un golpe desde veinte metros contra
un diván de madera era la muerte segura Y eso fue lo que me mató.
III
Cuando comprendí la verdadera situación
de los acontecimientos ya era muy tarde. ¡Que lástima!
Si me hubiera dado cuenta de ello unos segundos antes, ahora estaría
vivo. Nada más tocarme la mano helada de la muerte comprobé
que mi cuerpo se encontraba tendido sobre el diván, en la misma
y precisa posición que estaba cuando comenzó el espectáculo.
No es posible, pensé; por muy recto que mi cuerpo haya descendido,
el golpe debería haberme hecho rebotar y caer del diván.
Entonces fue cuando lo vi todo claro y supe que jamás me había
movido del sitio. El prestidigitador era, en realidad, un poderoso hipnotizador,
capaz de crear una ilusión en la mente de todos los espectadores.
El tiempo se había dilatado como en esos sueños en los
que ocurren muchas cosas en décimas de segundo. En realidad,
todo había sido casi instantáneo; el Brujo Roldán
murió prácticamente en el mismo instante en que yo me
recostaba en el diván. Sin embargo, la sesión de hipnotismo
ya se había iniciado, la fantasía de aquel juego se había
instalado cómodamente en mi cerebro y los acontecimientos siguieron
su indefectible curso.
Nadie sabría jamás las circunstancias de mi muerte, el
motivo por el que el joven y valiente Manuel había dejado de
existir sobre el diván de un ilusionista de feria. Curiosamente,
algunos espectadores relatarían después, cuando llegó
Pedro el pistolas, jefe de la Guardia Civil del valle, que habían
visto como mi cuerpo se elevaba y caía después. Estos
testigos, entre los que se encontraban Maite y Pancho, fueron tomados
por idiotas que se habían excedido con la pitarra; estaba bastante
claro que Manuel Deanso, es decir, yo, no se había movido del
diván.
Qué fácil es ser crédulo cuando se quiere creer.
Mi padre me habría abroncado por ser infiel a mis principios:
- Manuel ¿cómo has sido tan idiota? Sí sabías
que era un truco, pedazo de memo.
- Todo pasó tan deprisa que no tuve tiempo de reflexionar. Sabía
que era un juego, algún tipo de ilusión, pero tardé
demasiado en comprender de qué se trataba. Ese tipo era muy poderoso,
Padre; controló mi mente en cuanto me puso los ojos encima.
- ¿Te dolió?
- Tanto como si hubiera caído de verdad. En mi cabeza, todo fue
completamente real.
Ahora he de marcharme, alguien me aguarda en algún
sitio, aunque no sé bien quién ni dónde. Esperaba
encontrar una luz blanca o un gran destello luminoso que me indicara
el camino. Ya saben, esa luz blanca que aparece en las películas
cuando alguien muere. Pero aquí no hay más que sombras.
IV
- Eh, tú, muchacho -una voz muda ha sonado a
mi espalda
- ¿Quién eres? -Pregunto
- Mi nombre era Roldán. ¿Y el tuyo?
- Manuel, me llamaban.
- ¿Eres de por aquí?
- Sí, nací en Lomas del Castillo.
- Entonces, tal vez sabrás qué camino tenemos que coger.
- No estoy
seguro, aunque conozco bien esta comarca; solía marchar por aquí
cuando iba de caza con mi padre.
- Magnífico, entonces caminaremos juntos. Tú serás
nuestro guía.
- ¿Qienes son todos esos que van contigo?
- No lo sé. Dímelo tú, muchacho. Yo solo estaba
de paso. No conozco a nadie en este pueblo.
Ya han pasado casi tres mil años de aquella noche en la que me
encontré con la muerte. Ahora me estoy preparando para nacer
de nuevo. Aunque quisiera, no podría explicarles lo mucho que
ha cambiado todo allá abajo. Sé que mi memoria se borrará
y mis recuerdos y experiencias pasarán a formar parte de la memoria
subyacente colectiva. Por eso quiero termianar ahora lo que empece a
contarles entonces.
Me acerqué a Roldán y éste me
echó el brazo por encima del hombro; esa fue la sensación
que tuve. Comenzamos a caminar. Cientos, tal vez miles, nos seguían.
Yo conocía muy bien aquellas tierras y Roldán era brillante,
de una inteligencia y una intuición sublimes. Las sombras que
nos acompañaban eran, por supuesto, muertos extraviados. Pero
estos fantasmas tenían miedo los unos de los otros. Por eso no
podían ponerse de acuerdo ni formar un grupo para trabajar en
equipo en la búsqueda de la salida del valle, en la búsqueda
de los caminos del cielo. Roldán consiguió ganarse sus
confianzas y los organizó. Entre los muertos había muchos
soldados. Algunos estaban ciegos, pero no importaba; allí todos
estábamos ciegos. Los saldados formaron grupos. Se pienó
toda la comarca.
- Los caminos del cielo se han borrado -me decía
Roldán-. Algo muy drástico ha debido cambiar la fisonomía
del terreno. Si pudieramos saber cuándo tuvo éso lugar,
tal vez podríamos saber qué paso y cómo salir de
aquí.
- ¡Podemos saberlo! - Una bombilla se me había encendido
en mi desaparecida cabeza.
- ¿Cómo?
- Busquemos al muerto más antiguo, al primero que no pudo salir
de aquí.
- Brilante, muchacho. Así sabremos en qué año se
produjo el cambio.
- Y conociendo el año sabremos el acontecimiento.
El muerto más antiguo era una mejer joven que
había sido asesinada por su padre. Se había llamado Verónica
Cifuentes. Roldán averiguó el año de su muerte.
A mí no me dejaban que me acercara, me tenían miedo.
- Lo que sea que pasó, sucedió en 1934
o un poco antes -me reveló Roldán.
- La presa del pantano de Regueros.
- Bravo, esa es la respuesta. La presa inundó los caminos, los
primeros muertos no se atrevieron a pasar por debajo del agua, buscaron
otra salida, empezaron a dar vueltas, huyendo unos de otros, y terminaron
perdiéndose.
- No me apetece pasar por debajo del agua. De hecho no pienso hacerlo.
- Puede que no haya otro remedio. Además, ¿qué
piensas que puede pasarte, acaso crees que te puedes ahogar? Ya estás
muerto. Crees que respiras, pero no lo haces.
- No podrás convencerlos a ellos.
- No pienso marcharme dejándolos aquí.
- Yo puedo guiaros rodeando la presa. Puedo llevarte al otro lado.
- Esos montes están muy oscuros.
- Puedo hacerlo.
Éramos un ejército de muertos caminando en la oscuridad.
Subiendo y bajando montañas. Hombres, niños y mujeres
como en un éxodo silencioso. Habíamos creado grupos de
unas cien almas y elegido líderes. Tembién teníamos
rastreadores y un comité de estrategia. Conseguimos unirnos y
formar un pueblo errante de muertos, organizado y solidario. Llegamos
agotados al otro lado del embalse y encontramos los caminos del cielo.
Estanban muy borrosos, cubiertos de polvo, señal de que nadie
los había utilizado en más de setenta años.
- Magnífico -exclamó Roldán-.
Sabía que lo conseguirías.
- No hubiera podido hacerlo sin tu ayuda.
- Desde luego, jamás volverá a perderse un muerto en este
valle.
- ¡Desde luego! Nuestra marcha ha dejado una autopista.
Roldán se dirigio a todos nuestros acompañantes
y les dijo: "Aquí se deshace la compañía.
Cada uno que tome el camino que sabe que le corresponde. Y que Dios
se apiade de nuestras almas".
Tomamos caminos dierentes. Al final de todos ellos,
en el horizonte, como el Sol en un amanecer despejado, brillaba una
luz blanca que marcaba el destino de cada alma .No he vuelto a saber
nada del Brujo Roldán y le he hechado de menos; me hubiera encantado
conocerle mejor. Al principio me encontraba bastante solo en este lugar
frío y críptico, pero pronto empezaron a llegar caras
conocidas: primero mi padre, que murió en un accidente de caza;
después Josefina y Maite, que murieron juntas en un accidente
de coche; más tarde mi madre, que se llevaba tan mal con mi padre
que la vida sin él se le hizo insoportable; luego Pancho, que
murió en no sé qué guerra, y así casi todo
el pueblo de Lomas del Castillo. Y ahora me voy. Una nueva vida me espera,
tengo que volver a nacer.
FIN
Máximo
Herrera