La
chica de la curva
Leo Crámer
jugaba con la cucharilla del café, nervioso e impaciente. Como
era costumbre en aquellas reuniones de empresa, la cena se alargaba
de forma insoportable. El subdirector de recursos humanos se puso en
pie y agradeció al auditorio su asistencia al congreso. La sala
rompió en aplausos y varios chascarrillos se oyeron desde las
mesas del fondo. Leo volvió a estudiar detenidamente la posición
de las manecillas de su reloj, que avanzaban inexorablemente. Qué
fastidio, ya es casi media noche, pensó.
En el exterior del hotel Indauxo el cielo se derramaba sobre el asfalto
de la plaza encharcada. De ninguna forma se quedaría a dormir
en Bilbao. En pocos minutos sería sábado y había
prometido a su hija Claudia que la llevaría a ver el decorado
navideño de El Corte Inglés. Si salía de allí
antes de las doce podría estar en Madrid hacia las tres y media
de la madrugada, donde le esperaba una cama calentada por una mujer
hermosa y acogedora y un fin de semana que bien se había ganado.
Le sacó de sus reflexiones un camarero alto y cadavérico
que recordaba al mayordomo asesino de las novelas de Agata Cristey.
¿Desea tomar una copa, un licor, orujo, pacharán? Le preguntó.
Nada, gracias. Tengo que conducir, respondió Leo que ya no sabía
cómo acomodarse en la silla. Había tomado la determinación
de levantarse en cuanto tuviera las más mínima ocasión,
en cuanto algún movimiento en las mesas o algún síntoma
de aburrimiento en los jefes, le proporcionara la debida cuartada. Pero
todos parecían muy a gusto con la situación y, desde luego,
nadie se levantaría antes de que lo hiciera el presidente de
la compañía.
Alguien en la mesa contaba una vieja historia sobre un tipo que cargaba
con el cadáver de un funámbulo a través de los
bosques y hablaba con él en un soliloquio patético e interminable.
Aunque la narración no tenía nada de graciosa, un tipo
pequeño y agresivo, que trabajaba en ventas, no hacía
otra cosa que sacarle punta a cada frase y se reía escandalosamente
de sus propios chistes. A Leo el salón comenzaba a darle vueltas
en la cabeza; se sentía acorralado e inquieto. Pensaba en su
cama mullida y caldeada por el aroma íntimo del cuerpo de su
mujer, en las paredes familiares del salón de su casa, en el
ronroneo cariñoso de su gato, en la alegría incontenible
de su hija.
Con el rabillo del ojo derecho vio un busto moverse en la mesa presidencial.
Volvió de inmediato la mirada y pudo observar cómo el
cuerpo del pesado alemán, que gobernaba los designios de todos
los presentes, emergía de su silla y se plantaba inseguro sobre
sus inmensos pies planos. Demasiado Rioja, pensó Leo, que lo
imitó de inmediato. Me disculpan, he de marchar, se justificó.
Como surgidas de la nada varias manos tomaron la suya. Las estrechó
cordialmente y salió del salón como alma que lleva el
diablo.
“Canciones para el recuerdo en tu emisora amiga, la frecuencia
que no has de perder. Y ahora, cuando nos acercamos a las dos de la
mañana, un tema de Jhon McLauking y su Marrqavelusos Orchest”.
Los limpiaparabrisas parecían haberse adaptado al ritmo de la
canción e incluso su bisbiseo sobre el cristal creaba una textura
musical de fondo al tiempo reconfortante e hipnótica. Tuvo que
frenar bruscamente para no llevarse por delante unos conos y señales
luminosas que habían aparecido en mitad de la carretera con la
instantaneidad propia de las cosas improbables. El coche se deslizó
una décima de segundo sobre el tren trasero al tiempo que el
aquaplaning hacía que las ruedas delanteras patinaran sin control.
Sólo fue un segundo, pero el corazón de Leo se aceleró
vertiginosamente. Los sensores del ABS captaron la falta de adherencia
a la tracción y reaccionaron soltado presión de los bombines
de freno. El Mercedes enderezó la marcha y paró definitivamente.
Un tipo empapado por la lluvia y vestido con un chaleco amarillo que
brillaba como afectado por una explosión nuclear se acercó
al coche. Leo, aún pálido, bajó la ventanilla.
- ¿Qué ocurre? Preguntó Leo.
- Un camión cargado con ganado ha volcado poco antes de llegar
a Pancorvo. Tendrá usted que desviarse por la nacional en la
salida que hay antes de llegar a El Paso –respondió el
del chaleco.
- ¿Qué tal esta el tiempo en el puerto? –Leo siempre
había sentido pánico por las carreteras nevadas.
- Está mal, se he de serle sincero; aguanieve que puede convertirse
en nevada copiosa y algo de viento. Pero la alternativa es que dé
usted la vuelta y regrese por donde ha venido. De todas formas, con
este coche –añadió admirando el flamante Mercedes-
no creo que tenga usted problemas.
Leo le dio las gracias y puso la estrella de su capó apuntando
hacia la salida. Qué fastidio, pensó, eso significaba,
al menos media hora más de carretera. Además se trata
de un puerto lento y peligroso, extremadamente molesto para atravesarlo
de noche y con aguanieve.
La tercera vez que el coche pisó fuera del asfalto al tomar demasiado
cerrada una curva a derecha, Leo comprendió que el sueño
y el cansancio le habían derrotado. He de parar a tomar un café,
se repetía, pero la subida del puerto parecía no tener
fin y ningún sitio con probabilidad de alberga vida aparecía
entre la lluvia. La emisora hacía ya rato que se había
perdido y todo lo que se escuchaba por los altavoces era un rumor como
de arañazos, como si alguien estuviese encerrado dentro y luchara
con todas sus fuerzas por salir. El poderoso automóvil circulaba
bajo la lluvia alternando ambos carriles, cerrándose en las curvas
a derecha y cortando las de izquierda. Toda la electrónica del
vehículo trabajaba sin descanso.
A la salida de una curva, Leo vio un bulto blanco moverse en la breve
franja de asfalto que hacía de arcén. Se incorporó
todo lo que pudo hacia el volante e intentó enfocar la sospechosa
figura. No había duda, se trataba de una persona, de una mujer
joven. Le hacía señales con los brazos. Leo, sorprendido,
paró y abrió la puerta. Una muchacha de veintipocos años
entró en el coche. Leo se quedó mudo por un instante.
Estaba empapada. El cabello moreno deshilachado se apelmazaba sobre
los estrechos hombros de su vestido de novia. No era ciertamente hermosa,
pero tenía esa expresión vaga e imperturbable de las personas
que pasan por la vida como si la vida no fuera con ellas. El brillo
de sus ojos contrastaba sorprendentemente con la palidez de su rostro.
Tenía los labios casi blancos y le faltaba un zapato.
- ¿Está usted bien, señorita? -Consiguió
balbucear Leo con urgencia.
- Muy bien, gracias -respondió la joven casi sin mover los labios.
Leo esperó que continuara hablando, pero ella no dijo nada más.
Su mirada se perdía en algún punto de la casi invisible
carretera, oculta tras una copiosa cortina de lluvia y nieve. Densas
gotas de agua le resbalaban por las mejillas.
- ¿Va usted muy lejos?
- No.
Leo esperó de nuevo alguna explicación más acerca
de lo que pudiera haberle pasado, pero tampoco esta vez hubo palabras
postreras que rompieran el murmullo de la lluvia. ¡Maldita sea!
Se decía Leo; de dónde ha podido salir esta mujer a estas
horas y así vestida. Sin duda le ha pasado algo y se encuentra
bajo un tremendo shock, pero parece tan tranquila y entera. En todo
caso, no es asunto mío, aunque me preocupa profundamente su extraño
comportamiento.
Colocó la palanca de cambios en la primera relación y
soltó suavemente el embrague al tiempo que le decía a
la muchacha; “no es usted muy habladora” y le dedicaba una
última mirada antes de centrar su atención de nuevo en
la aterradora carretera. Tomó dos curvas suaves a izquierda y
derecha en un pequeño repecho que terminaba en dos señales
de tráfico que no pudo distinguir.
- Tenga cuidado en las dos próximas curvas -le aviso la muchacha-:
son muy traicioneras.
- Todas lo son en esta oscuridad y con tanta lluvia – a Leo le
reconfortó aquella mínima muestra de conversación.
- Si, todas lo son, pero estas le matarán si no extrema la precaución.
Créame, lo sé por experiencia.
Ante semejante aviso, Leo levantó el pie del acelerador, pisó
con decisión el embrague y redujo de golpe dos relaciones. Inmediatamente
la carretera se precipitó en un descenso del doce por ciento.
Una curva a izquierda que se cerraba dos veces sobre sí misma
estuvo a punto de sorprenderle. Después, y casi sin tiempo para
asimilar el trayecto, el Mercedes cruzaba inseguro un estrechamiento
con curva a derecha. Los contrafuertes del piso se habían derrumbado
en parte sobre el precipicio y el asfalto estaba mordido hasta hacer
desaparecer por completo el arcén. Los robustos y primitivos
mojones de piedra granítica que defendían el arco de la
curva habían desaparecido y en el fondo del barranco, justo antes
de que terminara de cerrarse la contracurva, Leo creyó ver los
resto de un automóvil azul asomando por encima de unas cuantas
coníferas derribadas. La carretera parecía seguir el corte
de un estrato natural en la montaña, lo que provocaba que, el
agua filtrada en las capas superiores del monte, se desplomara con violencia
en pesados saltos de agua que en ocasiones parecían verdaderas
cataratas.
Cuando la estrella del capó del mercedes se alineó con
el centro del carril derecho, la carretera era ya una línea recta
que discurría en suave pendiente. Leo respiró hondo y
murmuró; “vaya, menuda trampa”. Miró a su
acompañante y descubrió con horror que ya no estaba en
el coche. Inmediatamente pensó que había abierto la puerta
y se había tirado en marcha, pero la puerta estaba bien cerrada.
Alarmado, inquieto y confuso, accionó el control del warning
y detuvo el vehículo junto al arcén. Pensaba en dar la
vuelta para ir a buscarla cuando distinguió, a unos doscientos
metros de su posición, la luces estroboscópicas de un
coche de la policía. Desactivo el warning, arrancó de
nuevo el motor y se dirigió hacia él.
El vehículo era un Nissan Terrano II de la Guardia Civil de Tráfico.
Estaba detenido a la salida de un pequeño comino vecinal. Leo
paró el coche y se apeó al mismo tiempo que descendía
de su todo terreno el agente de la benemérita. Éste era
un hombre mayor con galones de sargento. Leo pensó que era incluso
demasiado mayor, pero ya se sabe que, en los pueblos pequeños,
las autoridades del orden público no se jubilan anticipadamente
porque apenas hay jóvenes para tomar el relevo viviendo en esas
comarcas. El sargento estaba sólo.
- Buenas noches -le saludo Leo
- Buenas noches. ¿Ocurre algo, está usted bien?
- Sí, gracias. Pero acabo de dejar a una muchacha allá
arriba.
- ¿Cómo dice?
- Una mujer joven, vestida de novia, me paró arriba, del puerto.
Poco después se había marchado, se había esfumado,
desapareció como por arte de magia -Leo luchaba afanosamente
por mantener la calma al tiempo que intentaba descubrir alguna expresión
bajo las arrugas de los ojos de su interlocutor, pero estaba oscuro
y llovía-. Se lo juro, puede comprobarlo usted mismo: el asiento
de mi acompañante esta mojado y hay restos de barro sobre la
alfombrilla.
- Tranquilícese buen hombre y respire con normalidad. No ocurre
nada.
- ¡Por dios! Cómo puede decir eso. Tenemos que volver inmediatamente
...
- No, no -le corto el agente-, esa mujer siempre está por hay
arriba. No se preocupe por ella, está bien.
Leo se debatía desesperadamente ante una situación tan
irracional.
- No puede estar bien -replicó Leo-, Tan sólo lleva un
traje de novia ajado y sin mangas. Le falta un zapato. Morirá
de frío si no regresamos pronto a por ella.
- Le repito que está bien, no va a pasarle nada malo.
- ¿Cómo puede decir eso?
- Por que esa mujer ya está muerta.
- ¿Muerta?
- Sí, murió hace ahora tres años, el mismo día
de su boda.
- ¡Pero eso que dice es absurdo! Miente usted. No quiere subir
por pereza.
- Ojala fuera como usted dice. Esa mujer le ha salvado la vida. Coja
su coche, regrese a su casa y rece por ella.
- ¿Cómo sabe usted eso?
- Soy su padre.
Leo sintió que se asfixiaba. No recordaba cómo se hace
para respirar. Se echó las manos a la cara y rompió a
llorar. El agente salvó con un paso el metro escaso que los separaba
y le echó el brazo por el hombro. Venga conmigo, le dijo, tengo
un termo con café caliente en el coche. Leo no recordaba lo bien
que sabía el café y la reconfortante sensación
de su aroma en el paladar. Los cristales del todo terreno estaban opacos
de vaho. Durante unos minutos reinó el silencio en el habitáculo.
- ¿Cómo puede ser? Los muertos no deambulan por las carreteras
–Leo continuaba luchando por comprender la situación.
- Nadie lo sabe y los vecinos, después de tantos años,
lo aceptan, todos lo hemos aceptado, como algo normal. Tal vez es un
apego antinatural a la vida, tal vez es un sentido de responsabilidad
hacia otros conductores, llámelo milagro si quiere.
- ¿Murió alguien más en ese accidente? -Preguntó
Leo.
- Sí, también murió su marido, un buen muchacho
de Loeza, panadero como su padre, así como la hija de mi hermano
que había llevado las arras en la ceremonia que se celebró
en Pancorvo. Los novios iban en los asientos traseros y la pequeña
en el del acompañante, donde ha llevado usted hoy a mi hija.
Sólo sobrevivió al accidente el Tío Andrés.
- Es terrible. ¡Dios santo! Lo siento muchísimo.
- Son cosas que pasan. No siempre podemos entender lo que el santísimo
nos tiene preparado.
- El Tío Andrés ¿quedó herido?
- Increíblemente salió ileso. El coche, un Chryesler azul
que habíamos alquilado, perdió el control y cayó
al barranco llevándose por delante todo lo que salía a
su camino: lo mojones de la carretera, los pinos. Andrés salió
por su propio pie, pero no pudo hacer nada por sacar al resto, que agonizaban
entre los hierros retorcidos. Cuando los equipos de rescate llegaron
al coche, mi hija ya estaba muerta. Su marido falleció minutos
después en la ambulancia y la pequeña Sara murió
en el hospital de Pancorvo dos días después. El Tío
Andrés no pudo soportar el dolor y se mató.
- ¿Dice usted que se mató?
- Lo encontraron una mañana unos cazadores: se había colgado
de un castaño centenario, abajo en el valle, cerca del río.
Los dígitos rojos del despertador, un cero, un cuatro, un cero
y un seis, parecían flotar en la oscuridad sin fisuras de la
habitación. Leo acercó los labios a la mejilla de su mujer
y la besó con dulzura. Después besó a su hija que
dormía abrazada a la madre. Sintió que amaba a su familia
más de lo que la había amado nunca. Eva susurró
algo parecido a un cariñoso saludo y Leo la volvió a sumir
en el sueño diciéndole que todo estaba bien, que continuara
durmiendo. Se dirigió al cuarto de baño, se lavó
los dientes y se enfundó el pijama de rayas que Eva le había
dejado doblado sobre la coqueta. Después se metió entre
aquellas sábanas calientes y acogedoras y rezó por la
muchacha de la curva hasta quedarse dormido.
FIN
Máximo
Herrera