La
mano
Las
últimas luces de la feria desaparecieron del espejo retrovisor
ocultas tras las copas de los nevados abetos. Tan sólo en algún
repecho pronunciado volvían a verse las góndolas de la
incansable noria, como cometas que describieran en la oscuridad de la
noche órbitas circulares en torno a un astro invisible.
Durban sabía que la noche sería larga, que el aroma de
los churros con chocolate flotaría sobre la mañana aterida
hasta bien llegada la hora del aperitivo. Separó la mano derecha
del volante y se la llevó a la horrible cicatriz que cruzaba
su cuello de lado a lado, recuerdo de otra noche similar a esta, cuando
era taxita en los suburbios de la gran ciudad y estuvo a punto de ser
degollado por unos jóvenes enloquecidos por el mono de la cocaína.
Sentía suave el tacto de la cerrada herida en la yema de sus
dedos y pensó que para él la noche ya se había
acabado. Nadie echaría de menos su pequeño puesto de berenjenas
ni su porrón de vino de pitarra. A la semana siguiente, le esperaba
otro pueblo y otra feria, otra explanada embarrada en la intemperie
de la noche y poblada por jóvenes exultantes que emanaban feromonas
por todos los poros de su piel curtida al sol de los campos de cereales.
De nuevo empezaría la tortura de la canción del verano,
el machacón soniquete de la “muñeca chochona”,
las bromas pesadas de los quintos y el martilleo interminable de la
música de los caballitos. Su cuerpo volvería a tomar el
aroma del algodón de azúcar, la forma de una cama con
un colchón de muelles hundido por los años: es la llamada
de la tierra, le decía su padre, lo que hace que se encorven
los ancianos. El invierno había llegado pronto hasta estas tierras
olvidadas por la modernidad, atropellando con sus prisas blancas el
equinoccio de otoño, arrogante y cruel como un niño mal
criado. Durban sufría en exceso la vejación de una decrepitud
más intolerable que la vejez o la enfermedad, una falta absoluta
de fe en el futuro, una soledad de muerto entre los vivos instaura en
su alma de melancólico inquebrantable por una viudez que duraba
ya diez años. Su piel se rasgaba cada noche con el roce de unas
sábanas heladas y solitarias y las lágrimas se le convertían
en carámbanos colgados de las comisuras de sus ojos.
Desde el tablero de abordo de la furgoneta, María lo miraba como
si el tiempo no hubiera podido destruir el gran amor que una vez surgió
entre ellos, como si esa sonrisa de tarde de domingo fuera inmortal
e inmune a las ignominias del destino. Durban se preguntaba qué
pensamientos cruzaban por la cabeza de María en aquel momento
congelado del tiempo y si continuaban presentes en esa fotografía,
atrapados como insectos en una gota de ámbar prehistórico.
El pueblo ya estaba cerca, sus huesos sentían la urgencia del
descanso.
Pocholo, Toñete, Dionisio y los demás quintos también
habían decidido volverse al pueblo. Ya casi no quedaba nadie
en la feria ni a ellos les quedaba ya dinero con que hacer funcionar
los coloridos cacharros que chocaban locos. Era el último día
de las fiestas y la noche brindaba una magnifica cuartada para instaurar
unas horas de alegre anarquía. En la plaza, adornada de guirnaldas,
el baile estaría en su mejor momento. Las mozas seguro que ya
se habrían escapado de la vigilancia de sus padres y tíos
y la madrugada gélida invitaba al contacto humano y al juego
del amor, tan inocente e ingenuo como siempre lo había sido en
aquel paraje por el que, por no pasar, no pasó ni la guerra.
Este año, el ayuntamiento había contratado a un grupo
de músicos venidos de la capital. Su abanico de acordes se limitaba
a tres y todas las canciones eran ejecutadas a ritmo de pasodoble. Esto
era del agrado de los sencillos vecinos que, de todas formas, no sabían
ni querían bailar otra cosa. A la luz de los globos de papel
que adornaban las farolas, el alcalde y el maestro hablarían
de política, los viejos hablarían de otros aún
más viejos que ya partieron, los novios, abrazados en un paso
doble interminable, hablarían del color de sus futuras habitaciones
y del nombre de sus futuros hijos. Mientras, los más pequeños,
corren de un lado para otro sin entender del todo el motivo de aquella
drástica salida de la rutina.
El
Pedrón de San Lorenzo era un pueblo cogido con alfileres a la
falda de una montaña hosca y misógina. Sus casas de piedra
se derramaban por la ladera hasta alcanzar el río en una estampida
lenta y desorganizada. En tiempos fue un señorío dedicado
a la ganadería y la explotación de una pequeña
y cercana mina de estaño, en cuyos pozos encontraron la muerte
los primeros colonos de estas tierras. Con el cierre de la mina el pueblo
quedó prácticamente abandonado, tomando vida dos décadas
después con la construcción de la presa sobre el río
Pedrón y la central hidroeléctrica. Hoy sus gentes comerciaban
con otras aldeas cercanas sobre la base de un intercambio primitivo
de especies. Huérfanos de toda industria, los únicos signos
de prosperidad era una gasolinera ubicada a la entrada del pueblo y
una posada rural que sólo tenía clientes en verano y durante
las fiestas patronales. En esta posada estaba alojado Durban, la mayoría
de los feriantes y los músicos. La feria estaba montada sobre
una era a dos kilómetros del pueblo, pues la orografía
de éste no prestaba espacio ni para una simple tómbola.
A partir de las cinco de la tarde de aquel sábado de noviembre,
todos los vecinos se habían dado cita en la carretera, vestidos
con sus trajes de domingo, e iban en procesión camino de los
cacharros de la feria siguiendo el olor a churros. El retorno había
sido más espaciado; muchos apenas dieron unas vueltas por los
puestos y se volvieron a sus faenas. Hacia la media noche ya sólo
quedaban en la feria los mozos, en cuya cumbre jerárquica se
encontraban los quintos. Los muchachos más mayores que ellos
ya se habían casado o estaban en proyecto de hacerlo y su vida
quedaba constreñida a las obligaciones matrimoniales. Los más
pequeños eran eso, demasiado pequeños. Los quintos representaban
la sangre vital del pueblo, la fuerza y el orgullo de muchas generaciones.
Las fiestas del patrón eran el momento de demostrarlo y se saldaban
invariablemente con varios contusionados, víctimas de bromas
y juegos brutales y torpes, así como por los enfrentamientos
constantes con los mozos de San Adrián del Pedrón, el
pueblo vecino.
Los quintos regresaban por la carretera bromeando escandalosamente cuando
del cielo comenzaron a desprenderse diminutos cristales de nieve mal
cuajada. Toñete juntó las manos e hizo girar su anillo
de plata sobre el dedo anular izquierdo. Era una bonita sortija regalo
de su novia Carmen. La noche anterior, a Toñete le habían
pisado la mano en la plaza del pueblo jugando a la moneda. La sortija
se le había clavado en el dedo, dejándole una fea herida.
Esta noche también jugarían y Toñete tendría
la oportunidad de vengarse.
Cuando los músicos abandonaran la plaza, los mozos tirarían
una moneda al centro de la misma. El que tuviera el suficiente valor
o estuviera lo suficientemente borracho saldría a recogerla.
Los demás jugarían a evitarlo lanzando patadas y puñetazos,
tanto a la moneda como al osado que se lanzó a la arena por ella.
Si éste además era forastero, terminaría en el
pilón. En la cuesta del Árbol Muerto, dos curvas antes
de llegar al arco de San Lorenzo que marcaba la entrada al pueblo, los
quintos se apartaron de la carretera a evacuar, bajo unos robles centenarios,
los varios litros de sidra que se habían metido para el cuerpo
durante su periplo por los puestecillos de la feria. Algunos de ellos
se habían gastado toda la paga de la semana comprando pelotas
de trapo que tiraban después contra unos muñecos de madera
que parecían bolos con cara. El juego era muy simple; si con
tres pelotas se conseguía tirar tres muñecos el premio
era una botella de sidra. Al final la sidra salía más
cara que comprarla en el bar, pero no importaba, eran días especiales
y hasta el próximo año no volverían los feriantes.
Toñete fue el primero en volver a la carretera. Hacía
frío y el aguanieve pinchaba en la piel como agujas de hielo.
Oyó el murmullo de un traqueteo mecánico y al volver la
cabeza vio unas luces que surgían de la oscuridad bañando
de leche los montes cercanos. El vehículo se arrastraba perezoso
y senil en una lucha perdida de antemano contra la gravedad que provocaba
la pronunciada pendiente. El quinto avanzó un par de pasos hacia
el centro del asfalto y empezó a hacer gestos con los brazos
para que el cacharro se detuviera. ¡Qué bien si nos lleva,
pensó Toñete; nos ahorrara todo el tramo final de la cuesta
de San Lorenzo!
El conductor del vehículo, una furgoneta blanca cuyo modelo Toñete
no supo distinguir, accionó la intermitencia de los pilotos y
ciñó el cacharro al arcén derecho de la carretera.
Los demás quintos, que jugaban tras los árboles a ver
quién mea más lejos, concluyeron precipitadamente sus
necesidades al notar la presencia del prometedor transporte. Abrochándose
aún las braguetas salieron de entre los matorrales justo a tiempo
para ver cómo Toñete se adelantaba hacia el vehículo,
que aún no se había detenido del todo, y accionaba la
manecilla de la puerta.
Nada más iniciar la subida hacia el pueblo, después de
haber abandonado a su izquierda el río, la luz de la reserva
de combustible se encendió en el cuadro de mandos de la furgoneta
de Durban. Menos mal que la gasolinera está aquí mismo,
pensó el fatigado anciano, porque no quiero ni pensar dónde
estará la siguiente. A Durban le gustaba conducir en relaciones
largas; decía que así ahorraba combustible y el motor
duraba más tiempo. Era una costumbre adquirida durante sus largos
años como taxita, lo mismo que vigilar constantemente la temperatura
del motor y mirar de vez en cuando por el espejo retrovisor interior
para comprobar que en lo asientos traseros todo marchaba bien.
Hacia mitad de la cuesta vio una figura humana recortada sobre el fondo
sin fisuras de la noche. Había un hombre joven junto al margen
derecho de la carretera. Le hacía señales con los brazos
y parecía gritar algo que se llevaba el viento. Durban accionó
el intermitente, levantó el pie del acelerador y se arrimó
a la derecha. Cuando ya estaba apenas a un metro del joven, vio surgir
de entre los matorrales un grupo de sombras que se movían raudas
hacia él. El primero de los muchachos ya estaba junto a la puerta.
Con los ojos muy abiertos y los mofletes rojos como un Muñeco
Pepón le gritaba: ¡Abre, abre! Durban redujo de golpe tres
marchas y pisó a fondo el acelerador, asustado por la repentina
aparición del resto del grupo. La cicatriz de su cuello parecía
cortarle la respiración. Desde el salpicadero, María le
gritaba: ¡Huye, huye! La furgoneta rugió, se encabritó.
Las ruedas delanteras patinaron sobre el helado asfalto durante un instante
casi imperceptible e impulsaron inmediatamente el vehículo con
decisión y brusquedad. Durban estuvo a punto de irse al fondo
del barranco, pero consiguió enderezar el rumbo. Desde el espejo
retrovisor vio al grupo dando saltos y haciendo aspavientos con los
brazos en mitad de la carretera. Indudablemente le estaban gritando.
Incluso podía oír su alaridos, aunque no distinguía
el contenido de lo que, seguramente, pensó Durban, era una interminable
letanía de insultos e improperios.
Las luces de la pequeña gasolinera ya se distinguían al
final de la pronunciada pendiente; mortecinas, dubitativas, medio escondidas
tras los grandes abetos centenarios, como avergonzadas de su artificialidad,
de su falta de integración con el medio, de su condición
de extranjeras. La furgoneta tomó el camino de entrada al recinto
y paró junto al ajado surtidor.
Bernardo se encontraba viendo la televisión y apurando los últimos
tragos de café de termo. Aunque sintió el traqueteo del
motor y el crujido de los neumáticos hiriendo la helada gravilla,
no se incorporó inmediatamente. Este maldito tiempo me está
matando, pensaba Bernardo mientras se colocaba su tres cuartos y maldecía
el día que aceptó el puesto de encargado de la gasolinera:
constantemente entrando y saliendo, pasando del frío al calor,
cualquier invierno de estos el reuma va a acabar conmigo, se decía.
Durban descendió de su vehículo. Vio salir de la caseta
a Bernardo, maldiciendo y farfullando mientras se ajustaba el cinturón
del pesado chapetón de cuero.
Lo vio acercarse por su derecha y detenerse bruscamente a un par de
metros de la furgoneta. Durban lo saludó, pero Bernardo se había
quedado mudo e inmóvil. Parecía congelado, horrorizado,
fosilizado con la mirada fija en algún punto que Durban no podía
distinguir desde su posición. Éste rodeó el vehículo
por la parte delantera y se acercó al gasolinero. Siguió
con su propia mirada, la mirada de Bernardo y descubrió, enganchada
en la manecilla de la puerta, una mano que colgaba con los tendones
y las venas desgajadas, como arrancada de un salvaje tirón. Uno
de los dedos lucía un sencillo anillo de plata y, por un instante
extremadamente corto, a Durban le pareció ver que aquel dedo
se movía.
Toñete murió desangrado pocos minutos después del
accidente, antes incluso de llegar al pueblo. La mano desapareció
misteriosamente en medio de la confusión.
Si algún día pasáis cerca del Pedrón de
San Lorenzo, visitad la caseta de información que hay en el Parque
Natural del Río Pedrón. El vigilante del parque os indicará
cómo llegar hasta el pueblo, hoy completamente abandonado. Nada
más coronar la cuesta del puerto veréis unas modestas
ruinas. Eso es lo que queda de la gasolinera. Si tenéis suerte,
encontraréis a un hombre muy anciano que merodea por allí,
aunque vive en una cueva cercana, abajo en el valle: es Bernardo. Invitarle
a un par de cigarrillos y un trago de coñac y os contará
que Durban fue encontrado muerto una semana después del accidente
en una pensión de una aldea cercana. También os explicará
que le diagnosticaron muerte por asfixia y que el caso fue abandonado
por falta de interés de las autoridades. Sin embargo, Bernardo
sabe que el forense insistió en que se habían encontrado
indicios claros de estrangulamiento, huellas de dedos e incluso una
marca profunda dejada en la garganta por un pequeño objeto metálico,
tal vez un anillo. Alguien lo contó una vez en el carasol del
mentidero del pueblo, me confesó Bernardo tras casi media botella
de ponche y añadió después: son viejas historias
que ya nadie quiere oír.
FIN
Máximo
Herrera