Cualquiera puede llegar un día tarde a su trabajo por causa
de alguna de esas contrariedades triviales con las que nos sorprende,
de ven en cuando, la vida: el metro que se estropea, el despertador
que se detiene a media noche, y, (¡cómo no!) el clásico
de las excusas matutinas, el coche que no arranca. Sin embargo,
esas impuntualidades no siempre tienen las mismas consecuencias;
en algunos individuos son más perdonables, menos trascendentes,
que en otros.
Cuando el novio, que se llamaba Tomás, llegó a la
puerta de la iglesia, con su madre colgada del brazo, ya contaba
con que la novia se haría esperar. Es normal y está
en su propia naturaleza de novia. Lo que Tomás no podía
imaginar es que el propio párroco designado para celebrar
las nupcias llegaría varias horas tarde.
¿Dónde está Don Severo? Preguntaban los familiares
e invitados.
Y Don severo que no aparecía.
Al cabo de largos minutos de tensa espera, un monaguillo atravesó
velozmente la nave central de la iglesia, barriendo con sus faldas
el ya de por sí pulido suelo del templo. El muchacho parecía
un tanto pálido. Le dieron un poco de agua y le conminaron
cortésmente a que se tranquilizara. Le dieron más
agua... Más tarde descubrirían que estaba tranquilo
y que la tartamudez era de nacimiento. Ahora se orinaba (demasiada
agua, tal vez).
- Don Severo no puede arrancar su coche - consiguió, por
fin, exclamar el muchacho.
- ¿Dónde está ese buen hombre? - Preguntó
Andrés, el padre de la novia, conocido en el barrio como
Andrés el del Taller.
- En su casa - contestó el monaguillo -. Tiene el coche aparcado
en la puerta de su casa.
Andrés, con la cara congestionada por el nudo que su mujer
le había echo en la corbata, y acompañado del novio,
que trabajaba con él en el taller, acudió inmediatamente
al rescate del cura. Tras ellos salieron varios coches más
ocupados por invitados a la ceremonia; todos mecánicos compañeros,
amigos o vecinos del resto de los talleres del pueblo. En otras
palabras, el padre Don Severo se encontró con la asistencia
técnica más amplia que jamás se ha conocido.
Unos minutos después, un grupo de veinte mecánicos
vestidos de domingo, todos ellos con la corbata en el bolsillo de
la chaqueta, llegaba hasta la puerta del domicilio de Don Severo.
El cura, recostado sobre el capó del coche, interrogaba al
cielo, como pidiendo a San Cristóbal explicaciones de lo
ocurrido.
En menos tiempo del que tarda un trueno en ponerle sonido a la noche
rasgada por un relámpago, el coche del cura quedó
completamente rodeado de profesionales de la mecánica. Había
mecánicos por todos sitios; por arriba, por dentro, por debajo,
en el capó, en el maletero. Incluso a la escasa sombra que,
a esas horas del mediodía estival, proyectaba el pequeño
vehículo, podía encontrarse a más de uno de
ellos macerando en su bodega los últimos chatos de vino servidos
en el bar.
La cuestión técnica era muy simple; la llave entraba
en el bombín del contacto, pero no giraba. El motor podía
ponerse en marcha puenteando los cables del arranque, pero eso obligaba
a romper el bloqueo de
la dirección. Tras varias asambleas profesionales, bien regadas
con vinillo de la pitarra y cerveza fresca, se optó por interrogar
al cura.
- ¿Está usted seguro, Don Severo, de que esta es la
llave del arranque de su coche y no otra?
- Pues hijo, no tengo otra que esta.
- Y este es su coche...
- Pues ahora que lo preguntas y me fijo, diría que no...
No, seguro que no; este no es mi coche. Mi coche es como este, pero
tiene una medallita de San Pancracio (patrón de la salud
y el trabajo) colgada del espejo retrovisor.
Hundido en la desesperación, el cura rompió a llorar.
Se había equivocado de automóvil. Abrir el coche erróneo
resultó relativamente sencillo, aunque notó, según
confesaría después, que la cerradura iba más
dura que de costumbre. Por suerte para él, y para el propietario
del vehículo víctima de la confusión, la llave
del contacto no cedió al engaño y el motor no pudo
ponerse en marcha. De otra forma, Don Severo se habría llevado
el coche. Y ya se imaginan ustedes el aspecto tan feo que tiene
un cura acusado de robar coches en la calle, como si fuera un pandillero
de dieciséis años.
Hubo que volver a montar todo lo que se había desarmado,
que era mucho (salpicadero, cuadro de instrumentos, asientos delanteros),
de forma que nadie pudiera notar ni sospechar la realidad de ocurrido.
De vuelta a la iglesia, los invitados se debatían entre la
risa y el llanto. Los muchachos, vestidos como hobrecitos, corrían
delante del coche del cura como si hubiera llegado el mismísimo
Papa en su Papamóvil. La ceremonia se celebró con
tres horas de retraso pero, como bien está lo que bien acaba,
y a las seis de la tarde todos estaban ya completamente beodos,
el optimismo de un día tan especial y alegre dejó
en simpática anécdota el imperdonable despiste.
Carcomido por el remordimiento, dos semanas después de ocurrido
el suceso, el cura intentó pintar, de color morado y oro,
la puerta del conductor de su Seat Ibiza Blanco, lo que evitaría,
según él, que volviera a equivocarse de nuevo (Don
Severo se quejaba de que había muchos coches “casi
iguales” que el suyo) . Finalmente, le convencieron para que
abandonara la idea de tomar una medida tan drástica y, en
su lugar, optara por adherir una estampita de la Virgen de la Macarena
en el interior de la ventanilla. Le aseguraron que con eso, y la
ayuda del Niño Jesús, sería suficiente para
distinguir su coche del resto de coches que también eran,
como el suyo, blancos, de la marca Seat y modelo Ibiza.