El gatito que nunca apareció


A lo largo de mi vida me tocó, en más de una ocasión, apechar con trabajos raros o poco agradables. Uno de los que recuerdo con mayor aprensión fue la búsqueda de un gatito de pocas semanas que se había perdido dentro del habitáculo de un coche. Por aquel entonces, yo trabajaba de aprendiz en un taller de los arrabales de Lisboa y el encargo me puso los pelos como escarpias.
Uno de los escasos clientes habituales que tenía aquella pseudoempresa (hablando claro; un taller pirata puro y duro) se había ido a pasar unos días de vacaciones a su pueblo, allá en los llanos del Alentejo; ya saben, a ver a la familia, a comerse las morcillas de la abuela y a traerse para casa alguna que otra cajita de perrunillas. Le contaron a este buen hombre que una gatita que tenían en el granero había parido recientemente y que los gatitos eran preciosos (como lo suelen ser todos). Fue a verlos con su hija (craso error) y la pequeña se enamoró de inmediato de ellos. De hecho, tanto le gustaron que si no se llevan uno para casa a la niña le da un ataque. Una vez decidida la adquisición (según me contaron después, elegir uno de los gatitos no fue tarea fácil, ya que los que quedaban tenían como destino el sacrifico), metieron al minino en una caja de zapatos y ésta en el maletero del coche, junto con las otras cosas que habían conseguido esquilmar a los familiares (sobretodo vinos y queso). El gatito desapareció misteriosamente durante el viaje de vuelta y, una vez superado el sofocón de la pequeña, no volvieron a acordarse de él. Sin embargo, días después comenzó a extenderse por el coche un olor desagradable que, a la semana, se había vuelto insoportable. Comprendieron entonces, con gran pena y también con algo de repugnancia, que el desdichado animalito no había escapado, como sospecharon en un principio, sino que estaba muerto en alguna parte del coche.
Cuando el cliente le comentó al dueño del taller que su automóvil olía muy mal y que tenía la corazonada de que un gato se había muerto dentro, mi jefe apenas pudo articular palabra. Pero no había duda, el gatito se había colado por los largueros huecos del chasis, a través de las protecciones de los pasos de rueda traseros, que estaban muy deteriorados, y había ido a morir a algún rincón de la estructura interna de la caja de la carrocería. El mochuelo le cayó al oficial con el que yo trabajaba. Al principio, nos pareció una tarea desagradable pero sencilla. Pronto descubrimos que sería más dificultoso de lo que habíamos previsto; el gato no estaba en el maletero, que era lo esperado, ni tan siquiera se había quedado dentro de los pasos de rueda, que era lo más lejos que habíamos presumido que llegaría. Comenzamos a desarmar la tapicería del habitáculo, hasta que terminamos por desarmarlo completamente; desmontamos los asientos, puertas, grupos ópticos, paragolpes, alfombras. Se desarmó el tapizado del techo por si el gato se había colado allí a través de los pilares traseros o alguno de los pilares centrales, que también son huecos. Recordemos que era un gato pequeño, capaz de meterse por cualquier sitio por el que quepa una pelota de ping pong. El gato no aparecía y el olor iba en aumento. Desarmamos el cuadro de mandos y sacamos entera la consola de abordo, con la guantera y el equipo del aire acondicionado incluido. Cuando todo el coche fue desarmado, concluimos que el gatito había quedado atrapado en algún travesaño hueco. ¿Pero qué hacer? No podíamos cortar la carrocería como si fuera una barra de mortadela.
Construimos sondas de alambre e incluso alquilamos un equipo de endoscopia. Nada, el gato no aparecía. El dueño del coche consultó a un veterinario y a un zoólogo del ayuntamiento. El zoólogo le aseguró que, un gato tan pequeño, no andaría hacia atrás (no recularía), por lo tanto, se quedaría agazapado en el último tubo al que pudiera llegar y que no tuviera salida. A pesar de todos los esfuerzos, no conseguimos encontrarlo. Los empleados del taller ya rezábamos para que el animal, que llevaba ya más de un mes muerto, no apareciera. El olor fue remitiendo poco a poco (o nos acostumbramos a él) y el dueño finalmente consiguió vender el vehículo a un vecino. A partir de entonces, ese automóvil siempre tuvo un olor extraño, sobretodo en verano, lo que empujó a sus sucesivos dueños a intentar desprenderse de él rápidamente.
La mayor ironía de todo esto es que, el resto de la camada a la que pertenecía aquel gatito, finalmente no fue sacrificada. La gracia partió de una plaga de ratones del cereal (uno ratoncitos pardos que, en determinados años, proliferan como un auténtico virus en los graneros). Los gatos crecieron fuertes y sanos. Muchos aseguran que aquella fue la camada de gatos más bonita que habían visto nunca. Ironías del destino; resulta que el único elegido de una camada maldita condenada al sacrificio, es el que sufre el fin más desgraciado, en tanto que los otros se salvan y viven libres entre las casas de adobe de un pueblo casi olvidado por el progreso.

Máximo Herrera