En un vuelo de regreso de Miami conocí a un comerciante que
resultó ser paisano mío, de una respetable y añeja
familia de Tierra de Barros. El hombre acababa de firmar un acuerdo
de distribución con Chevrolet para Extremadura. Según
me dijo, ningún ejecutivo de la multinacional norteamericana
tenía ni las más remota idea de dónde se encontraba
esa región, por lo que no tuvieron ningún inconveniente
en cederle un contrato de distribución en exclusiva; era
como si hubiera pedido la distribución de Chevrolet para
el Hemisferio Sur de Marte. Por supuesto, a mi paisano se le veía
satisfecho por el negocio; las dehesas del Este de España
son una región en la que se venden muy bien esos cacharros
americanos que parecen pequeños camiones (Pic Up, los llaman).
“Yo, con quienes gano más dinero es con mis amigos”,
me confesó en un momento en que charlábamos sobre
los altibajos que tiene la economía y lo difícil que
resulta mantenerse muchos años en el candelero. Reconozco
que me sorprendió aquella afirmación. “De hecho,
gano más con mis amigos que con mis clientes me aseguraba-.
Cuando un amigo viene a mi concesionario, o me llama a mi casa,
que muchos lo hacen, para que le consiga un vehículo a precio
de amigo, me froto las manos; automóvil a precio de tarifa
y con todos los extras. Esto no lo puedo hacer con mis clientes,
porque ellos se han tomado la molestia de leer revistas, comparar
precios y conocen cuánto cuesta cada accesorio que les coloco.
Cuando llegan a la tienda saben lo que se quieren gastar y saben
que el precio que les daré es el más justo. Los amigos
no actúan así. Los amigos esperan que les vendas el
coche a precio de fábrica, que se lo entregues con el depósito
lleno y que, además, les regales las alfombrillas, los triángulos
de avería y el radio-CD. Los amigos esperan conseguir una
ventaja comercial de esa relación de amistad. Y como la amistad
es un concepto recíproco (dos no son amigos si uno no quiere),
yo también tengo derecho a esperar de mis amigos el mejor
trato y las ganancias más jugosas. Siempre he pensado que
los amigos son para ayudarte, no para hundirte. Pero algunos son
tan ingenuos, tan crédulos, que realmente piensan que les
estoy medio regalando el coche. ¡Como si yo estuviera aquí
puesto por el Ayuntamiento en virtud de tienda de beneficencia!
Por todas estas razones que le explico a usted, siempre que llaman
a mi puerta les hago un precio de amigo... Y cada día me
quieren más”.
El pájaro de la KLM Royal Dutch Airlines besó el suelo
de Madrid. Mi compañero de asiento comenzó a recoger
sus cosas, se ajusto el nudo de la corbata y me miró con
una sonrisa de complicidad. Espero, le rogué, que si algún
día caigo por su tienda me trate como a un cliente, ya que
usted y yo aún no somos amigos; como muchos somos unos recién
conocidos. Soltó una simpática carcajada, pero no
añadió nada más. Antes de despedirnos nos intercambiamos
las tarjetas y quedamos en llamarnos.
Varios meses después, cuando casi había olvidado aquel
encuentro, recibí una llamada de teléfono en la redacción
de mi revista. Un tipo con fuerte acento extremeño y trato
seco, pero amable, me pedía tarifas de publicidad y precio
para una campaña. Negociamos duro y llegamos a un acuerdo.
Sólo después, cuando el trato ya estaba cerrado, me
dijo; “Eh, amigo, ¿no te acuerdas ya de mi? Soy tu
paisano, el de Tierra de Barros”.