El sargento Benito



El sargento Benito se encontraba aquel invierno de maniobras en León instruyendo, en el noble arte de la guerra, a un pelotón de aburridos reclutas. Esa misma tarde, la tropa debería tomar un coqueto otero, en cuya cima se alzaba un roble, supuestamente en poder del enemigo. Como a media mañana se recibió una llamada en la tienda de campaña del estado mayor que coordinaba las maniobras. Era el cabo furrier Manolo, del cuartel de artillería de Segovia, y preguntaba por el Sargento Benito. Fue así como Benito se enteró que su coche había sufrido un accidente; “un golpe en una aleta”, según le indicó el cabo Manolo.
Nuestro chusquero y entrañable sargento conducía un 124 Sport 1.600 de un color naranja rabiosamente italiano y rabiosamente pasado de moda. De hecho, estaba tan pasado de moda que volvió a ponerse de moda al año siguiente.
Aquel deportivo de andar por casa era, para Benito, un objeto de adoración, un símbolo de la juventud de espíritu que aún creía tener. Todas las mañanas llegaba al cuartel con el coche brillando como un trozo de tocino de membrillo y los Panchos sonando en el radio-casette a todo volumen. Abría la puerta del vehículo, se estiraba los pantalones vaqueros recién planchados, guardaba las gafas de sol en la guantera, se atusaba el peluquín y se separaba del coche como quién se separa de una novia a la que envían a una
entrevista de trabajo en el Crazy Hourse.
Con cierta preocupación, que le hizo olvidarse por completo de la guerra que tenía entre manos, el sargento le indicó al cabo que cumplimentara el parte de siniestro y que mandara el coche a un taller oficial lo antes posible. Benito rezaba para no tener que ver su coche lastimado y contaba con que el golpe ya hubiera sido reparado antes de su regreso.
El cabo furrier Manolo redactó un parte de accidente tan confuso que, en la compañía aseguradora, tuvieron que leerlo ocho veces para enterarse de lo que había ocurrido. Resumiendo, el parte venía a decir: “golpe en aleta derecha que afecta al capó y al techo, y también, y no en menor medida, a otras partes del coche”. El jefe de siniestros llamó personalmente a Benito, a su casa, a fin de que éste le aclarara el incidente, pero no pudo hablar con él, ya que el sargento estaba en la guerra (finalmente el estado mayor había autorizado el uso de la fuerza y al batallón de reclutas se le ordenó poner sitio al otero para rendir por hambre al roble que se encontraba en su cima y que, supuestamente, era el enemigo).
Cuando el perito de la aseguradora regresó a su puesto de trabajo, después de visitar el taller donde estaba depositado el coche del sargento y tasar los daños del accidente, aseguró haber agotado tres veces las pilas de la calculadora. La tasación alcanzaba una cifra astronómica y el 124 Sport presentaba el aspecto de un montón de hierros retorcidos.
Benito regresó de las maniobras tras firmar, por fin, las condiciones de rendición del otero y un armisticio para el roble. Al entrar en el taller, donde supuestamente debería estar esperándolo flamante su amado deportivo de línea italiana, notó que una gran tensión flotaba en el ambiente. El dueño del taller salió corriendo a recibirle, obsequiándole con todo tipo de saludos, lisonjas y cumplidos. Pero Benito ya había descubierto el cuerpo de la víctima y dos densos lagrimones de aceite recorrían sus sonrosadas mejillas. El coche, completamente destrozado, yacía en un rincón del taller, tan cubierto de polvo y grasa que parecía de color pardo en vez de naranja. Benito intentó hablar, pedir explicaciones o, al menos, expresar su sorpresa, pero las palabras se le ahogaban en la garganta, entre pucheros y sollozos.

Ya hacía varias semanas que, a Benito, le venían avisando para que no dejara el coche aparcado en el patio del cuartel. Pero al sargento, que tenía allí su despacho, le resultaba más cómodo que irse a aparcar a la pista del frontón que había en la parte de atrás, junto al gimnasio, que es donde aparcaban sus vehículos la mayoría de los suboficiales. Pero Benito, que llevaba en el cuartel más años que la bandera, siempre pensó que aquellas advertencias estaban ideadas con el único objetivo de tocarle los huevos y
no hacía caso de ellas.
Así las cosas, aprovechando que la tropa estaba de maniobras, el comandante en jefe del cuartel ordenó sacar los viejos carros de combate (la mayoría de los nuevos, por llamarlos de alguna manera, estaban en León) y llevarlos a los talleres para una revisión general. A uno de estos tanques, un Sherman americano de la Segunda Guerra Mundial, donado al ejercito español por el gobierno de Chipre, se le rompió una cadena y su conductor perdió completamente el control precipitándose violentamente, con un estruendo de catástrofe metálica, contra el coche del sargento Benito, al tiempo que, con su cañón de 127 mm, taladraba la pared de su despacho. El blindado enfiló el Seat 124 Sport del sargento Benito desde la aleta delantera izquierda hasta el portón trasero, y pasó por encima de él, dejando la huella de la cadena troquelada a lo largo de todo el automóvil.
Yo no lo vi personalmente, y creo que siempre me lamentaré por esto: en aquellos días, yo estaba en León, intentando tomar un cerro defendido por un viejo y carcomido árbol. Varios años después, durante una visita de fin de semana a Segovia (montarse un weekend, que se dice ahora) aproveché la ocasión y pasé por el cuartel con la intención de saludar al sargento Benito, al que yo hacía ya de capitán, por lo menos. No estaba allí; se había pasado a la reserva. “Ya no conduce ni vive en Segovia -me aseguraron en el cuerpo de guardia-. Se ha retirado a Cartagena y tiene un negocio de alquiler de motos de agua”. Me contaron que, un par de semanas atrás, había estado en el cuartel a recoger unos papeles y que llevaba una pierna escayolada. Según parece, haciendo vela en un cuatro setenta, cerca de la isla de Cabrera, le abordó un destructor italiano que estaba de maniobras por el Mediterráneo.
Preocupado por lo que me habían contado, le pedí, al capitan de guardia, el número de telefono de Benito, alegando que era un antiguo amigo suyo. Me lo dio sin problemas. Esa misma mañana, llamé a casa del sargento para interesarme por él, pero su mujer me dijo que, el muy cabrón, se había ido a vivir a Maimi con una modelo mulata que media un metro con noventa centímetros y se expresaba con cierto acento frances. Según me enteré después, a través de un socio que Benito tenía en Cartagena, el ejécito italiano le había pagado dos millones de euros al sargento español en concepto de daños y perjuicios. Actualmente, el sargento Benito se encuentra en paredero desconocido.

 

 

 

Máximo Herrera